¡No es el momento de desesperarse!

Sábado 6 de noviembre de 2010, por Bance Pierre

¡No es el momento de desesperarse!

El movimiento obrero conoció demasiadas victorias convertidas en derrotas como para no celebrar una derrota que tiene todos los aspectos de una victoria.

La ley sobre las jubilaciones fue por cierto votada, se promulgará bajo reserva de su aprobación por el Consejo Constitucional, luego inscripta en el código de la Seguridad Social y en las circulares remitidas a la administración; pero una ley no es inmutable y la reglamentación de las pensiones de vejez está en perpetua mutación desde hace un siglo. Antes de lamentarse de lo que sería un nuevo fracaso, conviene sacar las enseñanzas de lo que es una etapa marcada por el renacer de las condiciones de un sindicalismo de conquista. "Octubre de 2010" señala un nuevo paso adelante del progreso social.

Primera satisfacción, los asalariados están convencidos de su fuerza al poner en el primer plano la lucha económica, descartando las groseras tentativas de recuperación política. Saben que pueden bloquear el país cuando lo decidan, actuando juntos más allá de los corporativismos, sin que ninguna fuerza se les pueda resistir. ¿Por qué no fueron los protestatarios hasta el final? "Hasta el borde del abismo", como lo escribió el sociólogo Raymond Boudon en Le Figaro del 29 de octubre.

¿Para qué derrocar el gobierno o hasta al presidente de la República sabiendo que la alternativa política no será mejor? La izquierda, empantanada en el electoralismo, está sin proyecto, sin ambición excepto sus líderes, políticamente inseguros y por supuesto dispuestos a rehacer el mamarracho socialista de 1981. Es probablemente más eficaz actuar antes que votar para reconquistar los derechos perdidos, y ganar otros más.

Segunda razón para creerlo, los asalariados con consciencia de su capacidad, midieron que el límite de su intervención estaba en su insuficiente preparación para tomar en sus manos su destino. Las direcciones sindicales aprovecharon eso para hundir el movimiento cuando era preciso relanzarlo, endurecerlo. La molicie de los secretarios confederales de CGT y de CFDT puede encontrar una explicación en la ley del 20 de agosto de 2008 que, en materia de representatividad sindical, da una fuerte ventaja a sus organizaciones. Dicho privilegio de representación consentido por la patronal y el gobierno, ¿acaso no tiene el precio del realismo que ostentan recalcando "la democracia social" a expensas de la relación de fuerza?

Esto no se les escapó a los afiliados y a los asalariados que intentaron que volvieran a su lugar estatutario: el de coordinadores de las luchas y de representantes del movimiento, pero de ninguna manera sus dirigentes, sus negociadores sin mandato. La acción directa, tal como la entendían los fundadores de CGT, que es actuar sin intermediarios sobre sus propias decisiones, cobra todo su sentido en esta intención de la base de los trabajadores. De ahí que se inquieten el Estado, la patronal y las burocracias sindicales.

Esta vuelta del sindicalismo revolucionario, patrimonio del sindicalismo francés mucho más valioso y más seguro que una cuenta de capitalización ahorro-jubilación, no es nada al lado de la determinación, de la imaginación, de la solidaridad, de la responsabilidad de los huelguistas y manifestantes, de sus capacidades autogestionarias. Si "octubre de 2010" permite, además, una vertebración de los sindicatos y su unidad, podemos celebrarlo para el porvenir social. Pero no bastará si no desarrollan, bajo el impulso de sus afiliados, una labor de reflexión, de formación, de organización y expansión del federalismo sindical.

Los detentadores del poder y del capital pusieron los medios financieros, judiciales, policiales y desplegaron una propaganda partidaria para restablecer el orden necesario a sus grandes y pequeños negocios, al confort ciego de los más egoístas entre su electorado. Unos y otros están equivocados en regocijarse como lo hacen por lo que creen ser un enésimo paso atrás del movimiento obrero. Mientras están durmiendo, un campesino de Amazonia, una costurera de Bengladesh, un pastor del Sahel, una empleado de comedores en Marsella tienen el sueño general de otro futuro
[en francés “huelga general” se acerca mucho a “sueño general” -grève générale-rêve général- de ahí la asociación huelga-sueño-de-construir-otra-cosa-que-la-ilusión-y-la-mierda-que-vivimos].

Pierre Bance, sindicalista, periodista independiente [organizador, con Étienne Deschamps, del renacer de la CNT-f en los 1970]. Le Monde, (05.11.10)