Petróleo y Protesta Obrera

Viernes 21 de enero de 2011, por Gutiérrez D. José Antonio

Petróleo y Protesta Obrera

La USO y los trabajadores petroleros de Colombia
Vol. 1: En Tiempos de la Tropical
Vol. 2: En Tiempos de ECOPETROL

Renán Vega Cantor, Luz Ángela Núñez Espinel, Alexander Pereira Fernández
Bogotá, Corporación Aury Sara Marrugo, 2009

Hay poder, hay poder/ en las manos de los obreros/ cuando se levantan codo a codo
(El Poder del Sindicato -There is Power in a Union- canción de los IWW, EEUU, 1913)

Colombia es un país en el cual cualquier forma de protesta social, particularmente si es de carácter obrera-sindical, ha sido criminalizada, estigmatizada, perseguida. Es un país en el cual el sindicalismo ha sido prácticamente aniquilado, fundamentalmente mediante el terrorismo de Estado, asesinando a dirigentes y base social, a la vez que el terror ha tenido el efecto perverso de aislar al pez del agua. Esta es la lógica contrainsurgente que en Colombia se aplica para golpear al movimiento popular, el cual es visto como un enemigo interno. Es por ello que un libro como este es tan urgente: por una parte, porque nos ayuda a preservar una memoria popular que se quiere erradicar a punta de falsedades, distorsiones y mediante la eliminación física de los depositarios de esa memoria de luchas. Por otra parte, porque es un libro que desnuda, desde el caso concreto de los trabajadores petroleros, cómo se construyó la sociedad colombiana en el siglo XX, mediante la represión y la (para)militarización generalizada de la sociedad.

Los trabajadores petroleros son, en efecto, un caso de estudio de un problema mucho más amplio. Entregan una ventana desde la cual entender la Colombia del siglo XX y la que ha heredado el siglo XXI. Pero no son una ventana más entre tantas otras. La historia colombiana está indisolublemente ligada a la historia del petróleo, uno de los recursos que excitó el apetito imperial de los EEUU, y a su vez la historia del “oro negro” está indisolublemente ligada a la historia de esos trabajadores que lo han sacado de la tierra y que han sido la columna vertebral de una historia rica de resistencias y proyectos de transformación social enfrentados frontalmente por el Estado y el imperialismo. Ello hace que la aparición de este libro sea asaz oportuna, más aún cuando Colombia se hunde en un marasmo entreguista, que pese a su retórica patriotera, ha entregado al país en bandeja de plata al imperialismo, convirtiéndose en una plataforma militar y económica de Washington en el sub-continente. Sus autores, Renán Vega, Luz Ángela Núñez y Alexander Pereira han hecho un gran favor a la memoria histórica del pueblo colombiano en tiempos de amnesia; el relato épico que se cuenta en este libro, nos abre las puertas a todo un mundo de oprobio y dignidad, de atropellos y de lucha, que no se conoce en las escuelas, pero que está grabado en la conciencia colectiva de un pueblo que se niega a doblegarse. El libro no está escrito con la cursi pretensión de objetividad que se ponen como mascarada los intelectuales zalameros de la burguesía. Este libro está escrito con una clara toma de partido por los trabajadores y contra el imperialismo y sus agentes locales. Es un libro escrito con rigor académico, pero con capacidad de indignación ante las injusticias de la historia.

El libro en cuestión está escrito de una manera didáctica, libre de un lenguaje deliberadamente pesado y academicista -los conceptos que se manejan en el debate son todos explicados y discutidos para facilitar la lectura de quien no esté necesariamente familiarizado con los términos de la academia. Se combina así el rigor con un estilo pedagógico, otro gran mérito de este esfuerzo.

Además, el libro se encuentra hermosamente ilustrado, lo cual da al lector la idea de estar inmerso en esa historia, mientras cada capítulo concluye con una biografía de algún personaje vinculado a esta historia, que aterriza el relato histórico a un espacio íntimo en el cual uno aprende a entender por qué del afecto que los investigadores sienten por las personas que fueron tejiendo esta historia.

En él, se nos relata paso a paso, cómo la industria petrolera fue forjando el paisaje humano y ambiental de amplias zonas del Catatumbo, del Magdalena Medio y de las regiones petroleras colombianas; cómo el entorno se fue adaptando a las necesidades de la industria petrolera, aunque en el camino hubiera que producir el genocidio sistemático de pueblos indígenas como los Barí y dejar una estela de ríos envenenados y paisajes deforestados. Así se constituyeron los enclaves petroleros en Colombia: los de la Tropical Oil Company, en la concesión de Mares en el Magdalena Medio (Barrancabermeja, El Centro); los de Shell, en la concesión de Casabe, de El Difícil, de Yondó; los de la Andian National Corporation (parte del imperio de la Standard Oil de Rockefeller, al igual que la Tropical), que operaba los oleoductos desde Barrancabermeja; los de la Colombian Petroleum Company, en la concesión Barco en el Catatumbo y los de la South American Gulf Oil Company (ambas propiedad de la Texas Petroleum Co.) que administraba el oledocuto de este enclave; los de la Texas Petroleum y la Richmond Petroleum en Puerto Boyacá y el Caribe; y por último, los de la Socony Vaccum, que manejaba las áreas de exploración de Puerto Wilches y Cantagallo, por mencionar los más importantes.

Doble conciencia del obrero petrolero

En esos enclaves, no solamente hubo genocidio indígena y despojo, sino que también se forjó desde muy temprano una cultura de la resistencia. Primero, una cultura de la resistencia a la proletarización forzada por parte de los colonos, quienes habían sido alguna vez dueños de su tiempo. Ellos fueron el crisol donde se forjó una cultura rebelde, semejante a la que, en otras latitudes, pero en momentos históricos paralelos de proletarización acelerada, se dio entre el naciente proletariado de Barcelona, de San Petersburgo y Moscú. Entre estos proletarios de raigambre campesina se dieron con frecuencia y de manera espontánea prácticas como el sabotaje a la producción, una de las armas tradicionales del sindicalismo revolucionario, practicados extensamente por la CGT francesa de comienzos del siglo XX y por los IWW en EEUU. La resistencia de estos trabajadores a su explotación era absoluta y constante, implicando las grandes acciones colectivas, y los pequeños gestos de rebeldía de todos los días.

Esta conciencia primitiva, intuitiva, madura rápidamente con el temprano nacimiento de la primera organización obrera de los trabajadores petroleros en Barrancabermeja: la Unión Obreros, más conocida como Unión Obrera, fundada en 1923, la cual sería el comienzo de una largo ciclo de huelgas (1924, 1927, 1934, 1938, 1946,1948), de derrotas y de triunfos proletarios. Será esta organización la cual antecederá al nacimiento de la Unión Sindical Obrera (USO) a comienzos de los ‘30, organización emblemática de la clase obrera colombiana.

Esta confrontación directa con el imperio en los enclaves, genera un proceso agudo de maduración de una doble conciencia. A la vez que los obreros asumen la conciencia de clase, asumen una conciencia nacional-popular por las humillaciones y vejaciones que conlleva el imperialismo: los salarios diferenciales, la división del espacio mediante alambradas, al más puro estilo de las bananeras de Macondo según las describe la pluma de García Márquez, que separan un mundo de miseria de un mundo de privilegios. Esta conciencia nacional-popular, no era una conciencia patriotera o chovinista como lo demuestra la interpelación de Raúl Eduardo Mahecha, el fundador del movimiento obrero petrolero y figura clave del sindicalismo revolucionario colombiano, a los obreros gringos durante la huelga de 1927:

obreros norteamericanos: es el momento preciso de que unidos a nuestros hermanos los obreros colombianos, declaréis la huelga a fin de que vuestros derechos sean reconocidos en todas las formas de equidad (...) vuestra suerte es la nuestra, porque, como nosotros, estáis esclavizados al salario y los mismos patrones. Obreros: rebeláos que en cada obrero colombiano tenéis un hermano en la lucha por las reivindicaciones del proletariado del mundo.” (p.150, vol.1)

Es de destacar que efectivamente algunos obreros norteamericanos, pese a su privilegio relativo ante los obreros colombianos, se unieron a esta huelga y después de que fuera aplastada mediante una feroz represión y los líderes obreros sometidos a tormentos medievales (como el cepo), se regresarían a los EEUU.

En este libro se demuestra cómo los obreros petroleros jugaron un rol fundamental en la reversión de las concesiones petroleras de comienzos del siglo XX mediante las huelgas de la década de 1940 hasta las de 1970: emblemática fue la reversión de la Concesión de Mares en 1951, que llevó a la creación de ECOPETROL como resultado en gran medida de las presiones obreras que, desde 1930 venían incluyendo entre sus demandas la nacionalización del petróleo. Luego de la creación de ECOPETROL, los obreros tuvieron un gran rol en la reversión de otras concesiones (como la de Barco en 1975) y en las luchas por evitar la progresiva privatización y desmantelamiento de ECOPETROL para satisfacer intereses tanto locales como imperiales.

La mujer y el petróleo

Otro aspecto importante del libro es el lugar que ocupa en él la mujer, pues aunque la cultura del trabajador petrolero tenga una tendencia a ser machista, y aunque la vasta mayoría de obreros petroleros hayan sido efectivamente hombres, la contribución de las mujeres a esta historia no fue menor. En un comienzo, estos enclaves petroleros que requerían mano de obra fundamentalmente masculina, produjeron una demografía en la cual los hombres eran la mayoría absoluta de la población, lo cual fue caldo de cultivo para el negocio de la prostitución -mujeres muy ligadas la cultura petrolera y que tuvieron un rol importante en el apoyo a las huelgas de los obreros, construyendo barricadas, apoyando las labores de la huelga, prestando sus manos para apoyar la comuna revolucionaria de 1948 en Barrancabermeja; a tal grado llegó la compenetración de las prostitutas con la lucha obrera, que en 1958 se discutía en Barrancabermeja sobre formar un sindicato de trabajadoras sexuales, un hecho excepcionalmente de vanguardia para la época, sobre todo si se considera el conservadurismo recalcitrante de la sociedad colombiana en general. Pero con el tiempo, los trabajadores forman familias o las traen a vivir al enclave y en ese momento, como trabajadoras petroleras, como esposas, como madres o como hijas, las mujeres se vuelven a convertir en protagonistas de la lucha, participando en comités de apoyo a las huelgas de los ’60 y ’70, y conformándose en 1972, fruto de estas luchas, la Organización Femenina Popular en Barrancabermeja, organización que subsiste hasta el día de hoy jugando un importante rol en las luchas y el imaginario popular de esa ciudad.

Esta cultura sindical y de lucha popular que se coló por todos los poros de los enclaves petroleros, pero muy especialmente de Barrancabermeja, la capital petrolera de Colombia (en esta ciudad a en la década de los ’60 el 80% de la población estaba sindicalizada -90% de los obreros petroleros), llegaba hasta los espacios más insospechados, como los concursos de belleza, los cuales pese a su indudable carga machista, se convertían en un espacio en el cual era evidente que las candidatas reflejaban una sociedad con gran conciencia de clase. Por ejemplo, en 1977, durante el concurso de Miss Santander, tres candidatas se retiraron en solidaridad con los obreros petroleros en huelga, denunciando que en el jurado se sentaba el alcalde militar de Barrancabermeja.

Leonor Primera, ganadora del concurso Reina de los Trabajadores (de hijas de obreros petroleros) en 1960 celebró su coronación con un casco petrolero mientras arengaba al público:

Formulo (...) un llamamiento a todos los trabajadores para que se acerquen a la organización sindical. En especial hago un llamamiento a la mujer trabajadora para que se organice, para que aprenda a defender sus derechos, para que pueda desempeñar la labor a que está llamada, como ciudadana y como productora de riqueza en la fábrica, en el taller, en la oficina.
Y a los trabajadores organizados, los invito a que hagamos todos los esfuerzos posibles en busca de la unidad sindical (...) Tenemos que luchar intensamente por la unidad obrera, haciendo a un lado todos los resquemores, los pretextos partidistas y las cuestiones personales, para que prime sólo un interés: el interés de la colectividad.
¡Viva la organización sindical!
¡Viva la unidad obrera!
¡Viva el 1º de Mayo!
” (pp. 268-269 vol.2)

La organización obrera: entre la autonomía y la dependencia

El libro entrega otros elementos que permiten reflexiones muy importantes no solamente para el sindicalismo colombiano, sino que para el conjunto del movimiento popular. Es más, creo que estas reflexiones tienen un carácter universal, pues la crisis del movimiento obrero es una crisis de carácter internacional y los factores de fondo suelen ser equivalentes. Uno de esos aspectos es relativo a la autonomía del movimiento obrero y cómo éste se posiciona en su interacción con fuerzas externas a los trabajadores (tanto como gremio, así como clase).

Es particularmente interesante el debate que se hace sobre la pérdida de autonomía del movimiento sindical petrolero ante la experiencia liberal inaugurada por López Pumarejo en la década del ’30, la cual fue tremendamente perjudicial para los intereses de los obreros. El Estado (liberal), aún cuando pretendía ser árbitro, terminó fallando fundamentalmente a favor de los intereses de la patronal, y aún cuando ciertas medidas pudieron redundar en beneficios, los obreros perdieron en iniciativa y capacidad de lucha, en claridad política y conciencia de clase, lo cual tuvo un impacto a largo plazo negativo. Otra serie de dependencias se impusieron después: en la época del obscurantismo laureanista y después durante la dictadura de Rojas Pinilla en los ’50, la dependencia de la Iglesia mediante la imposición (por la represión y la violencia) del sindicalismo clerical. Tras la caída de Rojas Pinilla y con la instauración del Frente Nacional, se asumen una serie de nuevas dependencias gracias a las ilusiones con el sistema bipartidista que son dispersadas por la represión del Estado de cara a las demandas obreras.

Este no es un debate ocioso ante el espejismo santista de “Unidad Nacional” que está mareando a no pocos sectores de la izquierda socialdemócrata y que está cooptando a no pocos dirigentes sindicales y de otras organizaciones populares (indígenas por ejemplo).

Además, en el contexto de la huelga política de la USO el 2004, se analiza un desarrollo peligroso que hoy enfrenta el sindicalismo y el conjunto del movimiento popular en Colombia, y que consiste en su progresiva “oenegización”, en parte por las mismas dinámicas impuestas por el terrorismo de Estado, en parte por problemas políticos de fondo, en parte por la dependencia de los financiamientos externos (“cooperación internacional”), en parte por la familiarización y contacto de las cúpulas con las organizaciones burocratizadas norteamericanas y europeas. La tendencia a la oenegización es peligrosa en dos sentidos: primero, porque reemplaza al pueblo por el “profesional”, con la consecuente desmovilización, desmoralización y distanciamiento de la dirigencia con la base. Por otra parte, porque, en consecuencia, la confrontación y movilización directa es reemplazada por el lobby y el cabildeo que se convierten no sólo en métodos privilegiados de “lucha” sino que en métodos exclusivos de “lucha”. Esto, sin mencionar la larga lista de odiosos vicios que van de la mano con la “oenegización” de los movimientos populares.

Es interesante destacar que algunos de los momentos en los cuales los obreros efectivamente ganan en independencia de clase, durante 1948 y durante las décadas del ’60 y ’70, coincide con el momento de mayor radicalidad de la protesta obrera y con algunas importantes victorias políticas del movimiento petrolero. Estos momentos también coinciden con una feroz represión del Estado en contra del movimiento obrero y la criminalización de sus sindicatos y federaciones. Es necesario destacar que esta autonomía jamás debe ser confundida con gremialismo -pues en todo momento, el sindicalismo petrolero estuvo indisociablemente ligado a la comunidad de la cual hacía parte, consistiendo en una auténtica vanguardia para el conjunto del pueblo, como pudo apreciarse con toda claridad en los sucesos de Abril de 1948: tras el asesinato de Gaitán, se funda la Comuna Revolucionaria de Barrancabermeja, donde participaron, codo a codo, comunistas, liberales y hasta un anarquista (Hernando Soto Crespo, médico de los obreros). Durante diez días de poder popular, se desplegaron al máximo las capacidades organizativas del pueblo colombiano el cual se empoderó de la ciudad y de las instalaciones petroleras. Esta huelga, no debe ser pasado por alto, ocurrió tan sólo unos meses después de una importante huelga de la USO en la cual los obreros petroleros se perfilaron como el sector popular de avanzada. En Yondó, también se formó un Comando Revolucionario que se hizo cargo momentáneamente de las cosas. Este rol de los obreros petroleros no era casual, sino que respondía a los niveles de organización y a la madurez política alcanzada durante su lucha.

Que los petroleros, y particularmente sus luchas, fueron un punto de convergencia importante para el conjunto del pueblo lo demuestra el hecho de que una y otra vez en innumerables huelgas vemos al comercio local cerrando, a las mujeres y los niños tomando parte en las barricadas, enfrentando la represión, impidiendo las faenas de trabajo, colocando tachuelas en las vías de transporte para evitar el desplazamiento de los esquiroles. Tales imágenes de unidad popular fueron vistas en Yondó y Cantagallo durante la huelga de 89 días de 1964 que terminó en una gran victoria obrera sin derramamiento de sangre, pero también se vieron en Barrancabermeja en las huelgas de 1963, 1971 y 1977.

Un último punto importante sobre el debate de la autonomía obrera, es qué tipo de relación instauran con los intelectuales orgánicos y con el resto de la izquierda: al discutir la experiencia de uno de estos intelectuales profundamente arraigado en el mundo de los obreros petroleros, como lo fue el abogado Montaña Cuellar, militante comunista, el cual aportó al proceso de maduración política de los obreros sin asumir una posición encuadramiento ideológico. Los autores de este libro trabajan desde el modelo de la “circulación de ideas” para expresar esta relación dialéctica entre la intelectualidad orgánica y los obreros, planteando que la conciencia social y el ser social están mediatizados por la experiencia, directa e histórica. En este modelo van más allá de las nociones crudas y burdas según las cuales las clases populares por el sólo hecho de serlo desarrollan su conciencia social de manera mecánica, o, por el contrario, que la conciencia socialista se implanta como un elemento exógeno a la clase obrera. Creo que este debate tiene muchísima importancia a la luz del renacimiento de los movimientos populares en el continente.

Violencia de clase y radicalidad obrera

En el caso concreto de Colombia es necesario mencionar que ciertos personajes que fungen de “violentólogos” han estado interesados en dar la imagen de que la “violencia” en Colombia es algo como un virus que existe en el aire, sin contextos de clase, sin una estructura estatal que la reproduce, sin inequidades estructurales que la amplifican. Esta visión ha sido llevada al paroxismo por las “reflexiones” (si pudiéramos llamarlas de esta manera) de José Obdulio Gaviria según el cual el país ha vivido una “locura colectiva” fundamentalmente “marxista”.

En realidad, la violencia de clase fue el signo bajo el cual comenzó tempranamente la explotación petrolera en Colombia (y la explotación en general, el caso de los bananeros es otro caso emblemático entre muchos). El libro recuerda los crímenes contra los pueblos originarios, los cuales sufrieron un violento desplazamiento, aculturación y genocidio. La prensa de los años ’40 podía publicar una nota indignada excepcional de un periodista denunciando como los “gringos se entretenían asesinando indios motilones” sin que eso tuviera absolutamente ninguna repercusión política. Los obreros desde el primer momento en que apareció su organización, la vieron perseguida, criminalizada, estigmatizada y prohibida. Desde la huelga de 1924 todos los movimientos obreros de los petroleros enfrentaron la violencia, la militarización y desde épocas muy tempranas, desde la huelga de 1934 ya aparecen actores que podríamos identificar con el paramilitarismo en su fase primitiva (pájaros) que armados hasta los dientes iban sembrando el terror entre los obreros huelguistas.

Por ejemplo, la huelga de 1971 enfrentó un nivel de militarización demencial: 12.000 soldados ocuparon Barrancabermeja -un soldado por cada diez habitantes, y un soldado y medio por cada trabajador en huelga (había tan sólo 8.000 obreros huelguistas). Pero la militarización no fue suficiente para doblegar el espíritu de combate de los obreros. Se formaron también redes de sapos y cuadrillas paramilitares y parapoliciales, una de ellas, con el revelador nombre de “Escuadrón de Esquiroles Vengadores”, en clara referencia al acoso y a la humillación pública a que eran sometidos los esquiroles o “patevacas”.

Con la expansión del paramilitarismo desde mediados de los ’80 y con su mutación en una verdadera máquina de muerte, la violencia que sufrieron los obreros fue en sostenido aumento. En 1992, por ejemplo, cien personas fueron asesinadas por la Red de Inteligencia Militar, la cual era asesorada por el Comando Sur de los EEUU. Esta Red contrató sicarios para realizar estas labores de “limpieza social”, revelando la alianza estructural entre el paramilitarismo y el Estado, según confiesa Carlos Alberto Vergara, uno de estos asesinos a sueldo: “casa asesinato oscilaba entre 100.000 y 200.000 pesos “de acuerdo a la víctima, cada miembro de la USO era pagado con doscientos mil pesos, cada guerrillero a cien mil pesos”. (p.397) ¡Pese a toda la verborrea contrainsurgente, estas redes y esta estrategia de Estado fue dirigida fundamentalmente hacia el pueblo organizado como se desprende de las cuotas pagadas por cabeza!

El año 2000, con plena connivencia de las autoridades locales y estatales, con total colaboración del ejército, las AUC se toman Barrancabermeja y comienzan su orgía de sangre: ese año se asesinó a una persona cada 17 horas, sumando un total de 400 asesinatos anuales para una ciudad de menos de 300.000 habitantes.

No es casual que en este proceso de profunda represión ante la demanda obrera, se haya desarrollado un gran espíritu radical entre los obreros. La relación entre represión y pensamiento y práctica revolucionarios queda claro cuando se estudia cómo la brutal represión a la huelga de 1963 llevó a que muchos obreros petroleros, particularmente obreros despedidos u obreros que habían sido maltratados, se comprometieran desde el inicio con el proyecto del Ejército de Liberación Nacional de Colombia y que no pocos se fueran para “el monte”. Este proceso no es tratado en el libro de manera moralista, sino que entendiendo la relación entre esta radicalidad y la violencia de clase que los trabajadores tuvieron que aguantar.

Esa radicalidad también se expresó en el período comprendido entre las huelgas de 1971 y 1977: éstas se desarrollaron en un ánimo igualitario que expresaba las profundas aspiraciones de transformación social que los obreros fueron desarrollando en su experiencia histórica. Es interesante señalar acá cómo los obreros de la USO fueron acusados por la prensa burguesa (El Tiempo, 13 de Agosto, 1971) de “anarquistas”:
Lo ocurrido en Barranca fue sencillamente un acto de terrorismo con las demás censurables características. Lisa y llanamente un atentado contra la economía del país, la integridad de las personas y la seguridad de los bienes del Estado. Que de ninguna manera puede quedar impune. Sería un gravísimo antecedente para el orden y el imperio de las leyes. El principio de la anarquía”. (p.301, vol.2)

En esa misma huelga, dirigentes del Partido Comunista acusaron a la USO y la dirigencia de Fedepetrol de aventurerismo, de abandonar la lucha reivindicativa por la lucha armada (ie, revolucionaria) y de anarcosindicalismo (ver esta discusión en la p.307).

Estas acusaciones resultan interesantes, pues no son del todo gratuitas -aún cuando lo que se busca con ellas es la satanización de la dirigencia sindical utilizando un epíteto (ie, anarquista) que los estalinistas y la burguesía difícilmente comprendían. No es que los obreros hayan sido “anarquistas”, pero creo que los paralelos con las tácticas y los fines del movimiento sindicalista revolucionario (libertario o anarco-sindicalista, términos que en este contexto podemos utilizar indistintamente aún cuando haya matices) son importantes. Personalmente siempre he sostenido que el anarquismo, al igual que el resto del movimiento revolucionario, no puede ser entendido de la manera típicamente idealista de que son buenas ideas que bajan del cielo y que eventualmente el pueblo las entiende y las aplica. Las ideas y las prácticas revolucionarias son fruto sobre todo de la experiencia de la lucha de clases -lo cual no resta importancia al trabajo de sistematización de los teóricos y los intelectuales orgánicos, que facilitan y promueven la circulación de ideas que mediatizan conciencia y ser social. Pero creo que siendo un producto de la lucha y de la conciencia, trabajadores en distintos rincones del planeta pueden arribar a consecuencias y prácticas semejantes. En el ciclo huelguístico de 1971-1977, pero principalmente en la huelga de 1971, el ánimo igualitario y libertario, ese deseo de empoderarse de manera directa de un mundo que el obrero SABE es fruto de su propio esfuerzo, floreció como en tantas otras experiencias revolucionarias globales. La constitución de comités populares que se convirtieron, incluso en situaciones de clandestinidad de la USO, en un doble poder, en un poder popular opuesto al Estado, la ocupación de las instalaciones petroleras y el deseo de los obreros de tomar en sus manos la producción son clara prueba de que estábamos ante una clase obrera madura capaz de imponer a nivel local (más no nacional) su “orden”, es decir, capaz de poner la sociedad burguesa patas p’arriba. La pesadilla última de la burguesía.

Ese ánimo igualitario llegó a tanto que los obreros en un momento durante 1971 amenazaron a los directivos de ECOPETROL que habían retenido de que por cada obrero asesinado, matarían a un directivo. Prepararon para ese efecto una horca y todo. Claro, habrá quienes piensen que esto es una salvajada, pues lo normal es que los directivos de la empresa manden asesinar cuantos trabajadores se les venga en capricho y estos se dejen masacrar cruzados de brazos. La sangre obrera nunca horroriza de igual manera a estos “humanistas” como lo hace la sangre de la élite dorada. Esto demuestra que los trabajadores ya no estaban dispuestos a ser ni humillados ni masacrados y que se enfrentarían en igualdad de términos, clase contra clase. Y aún así sorprende que en sus momentos de mayor radicalidad, los obreros siempre hayan sido infinitas veces más humanos que sus verdugos.

Rescatando al ser humano

Por último, el libro es un brillante homenaje a la humanidad de los obreros petroleros. No los presenta de manera unidimensional como luchadores inmaculados, sino que los analiza en su compleja constitución social y cultural. La influencia de la prostitución y del machismo, la religiosidad del obrero petrolero, su carácter cosmopolita heredado de las múltiples culturas que convergieron en torno al petróleo, la influencia decisiva de la cultura afro-ribereña en los centros petroleros del Magdalena Medio. Aparece el obrero con sus luces y sus sombras, la persona real que podría ser nuestro vecino, que podríamos ser cualquiera, demostrando que ese heroísmo del luchador social no nace de una naturaleza superior sino que es dado por la mezcla de la convicción, de la organización y del momento histórico.

Me gusta sobre todo el énfasis que se da a la cultura de los obreros. Esta cultura, en una comunidad fuertemente organizada, puso gran cantidad de ingenio al servicio de la lucha como lo demuestra con ironía la oración de un “patevaca” a su Santo patrón, escrita durante la huelga de 1977:
¡Oh Señor! Tú que eres mi patrón,
De rodillas te pido en mi oración
Que te acuerdes de darme un aumentico
¡Por favor!
Y yo que estoy a punto de ser supervisor
Que cada temporal lo espero con temblor
¡No me dejes baypasiado!
Mi señor...
Ya mis espaldas están cansadas de aguantar
Y mis manos de escribir
Más no importa trabajar y palanquiar
¡Con tal de verte sonreír!
¡Oh patrón!
Como te admiro,
Cuando reprende a los demás
De rodillas yo te pido,
Porque ya no aguanto más
El plan setenta te regalo
El sirviente más fiel yo te seré
Pero déjame ser “súper” yo te lo ruego
Y feliz la pata estiraré
Por los siglos de los siglos
Amén”
(p.338, vol.2)

Acá se expresa una fuerte conciencia de clase, desprecio por el esquirol y desprecio por el arribista, a la vez que la ironía revela la religiosidad del obrero a la vez que su ausencia de fanatismo. Tal expresión de ingenio popular me recuerda a una famosa oración (de muchas) que escribieron los IWW (Industrial Workers of the World, organización sindicalista revolucionaria formada en 1905 en Chicago y prácticamente aniquilada mediante una aguda violencia durante sus dos primeras décadas de vida) en los Estados Unidos a comienzos de siglo:
Alabemos al patrón cuando suena la campana para trabajar en la mañana
Alabémoslo por el poco de horas extras
Alabémoslo por sus guerras, las cuales nos encanta pelear
Alabemos a esta sanguijuela gorda y parásita

Así obtenemos una visión global de un obrero creador, de un obrero que no es perfecto, pero que se fue mejorando con su propia práctica de lucha. Un obrero con innumerables virtudes, pero con defectos.

Es precisamente la no idealización del obrero lo cual permite analizar algunas de las limitaciones, problemas y errores que enfrenta la USO como parte de la crisis general del sindicalismo en Colombia y en el mundo. Con esta crítica constructiva con la que termina el libro, se demuestra que estamos ante una historia puesta al servicio del futuro, al servicio de la construcción de una sociedad mejor, libre, igualitaria, no solamente para los petroleros sino para todos y todas. Por eso es muy acertada la cita de Alessandro Portelli con la que se encabeza el primer volumen: “Hemos conseguido seguir enfureciéndonos con la injusticia y la opresión sin tener que atribuirle al oprimido virtudes que nosotros no tenemos: al contrario, pudimos reconocer que sus debilidades eran muchas veces, consecuencia de la opresión misma”.

¿Mi recomendación? Trate de comprar este libro apenas pueda, léalo completo, subráyelo, escriba notas al borde de la página, discútalo con sus amigos y compañeros, porque es sin lugar a dudas una gran contribución al presente de la clase trabajadora y de los sectores populares, en la cual se encuentran algunas claves para entender la manera de torcer el curso a una historia, hasta ahora, amarga. Pero que no tiene por qué seguir siéndolo. Y que no podemos permitir que lo siga siendo.

José Antonio Gutiérrez D. 16 de Septiembre, 2010