Salta en el manual

Miércoles 2 de marzo de 2011, por Melo Silvana

Datos que la explotación y la miseria en el norte argentino son tan (o más) fuertes y persistentes que en Túnez y en Egipto.

Ojalá se enteren los argentinos y congelen los bienes de sus dominadores antes de que tomen el helicótero.

Frank,02.03.2011

Salta en el manual

Silvana Melo (Pelota de Trapo, 28.02.11)

Salta está demasiado lejos del centro umbilical del país. Mil seiscientos kilómetros del Obelisco equivale poco menos que a la China, a la que se llegaba, según los mitos de la infancia en los que uno cree, cavando y cavando hasta encontrar las raíces de los chinos cabeza arriba. Tanta distancia invisibiliza a tierras y gentes que suelen ser percibidas como extraños o extranjeros, como otros, distintos, que de vez en cuando vienen de visita: golpean inoportunamente la puerta cuando hace frío, aparecen en el vidrio de las ventanas con rostros demudados y se mueren de repente e inexplicablemente en las primeras planas de los diarios. Cuando su costumbre es morirse anónimos, en quebrachales desmontados, en bosques que languidecen, en calles de tierra en la siesta canicular, en sus casas de tres paredes sin agua y techo de polietileno negro.

Pero eso siempre sucede lejos, tan lejos que nadie lo anota. Nadie se avisa en su agenda que se muere gente de hambre en Salta. Nadie lo toma como bandera en el año eleccionario. Nadie lo trae brutalmente a la capital ni lo deposita en las puertas de los despachos. Siempre es mejor que los abandonados de la historia queden fuera de todos los programas, de todas las rutas, de todos los discursos. Sin verlos, sin nombrarlos, no están. No existen. Como los qom en Formosa. Como los bebés muertos en Misiones. Como los wichis hambrientos de Salta. Si se los agrega a las plataformas, si se los jerarquiza en la indignación, si se los sienta en el estrado de la arenga, son capaces de aparecer como manadas de fantasmas y reclamar su parte histórica en el plato diario donde comen pocos.

Entonces es mejor que se vea en la foto al joven y bello gobernador Juan Manuel Urtubey, merecedor de la imagen en el Salón Dorado y en las plateas de la fiesta. Que en la postal, junto a la Virgen de los Tres Cerritos, esté la foto que será tapa -según El Tribuno- del manual de Cuarto Año en las escuelitas de Salta: el Gobernador, sonriente y trajeado, entregando un diploma a una niña de guardapolvos blanquísimo, sin una pizca de tierra ni salpique de barro ni vacío en la panza ni huesos endebles por la ausencia de calcio.

Y que el candidaterío -los que quieren ser presidentes, gobernadores, diputados, senadores o concejales en Pichanal- tenga en sus manos el apunte de los 206 millones de dólares que la exportación de soja generó en Salta en los primeros diez meses de 2010.

El problema es si, en una repentización que nadie explica, los muertitos wichis, enfermos de historia y hambrientos estructurales, llegan a los grandes medios y se instalan en Buenos Aires. Se hacen visibles de pronto, entonces. Nadie sabe por qué ni por cuánto tiempo. Pero se ven los niños morenos y de costillas al aire, secos y con el futuro mutilado, en brazos de madres de tetas agotadas y piel de cartón quebradizo. Entonces las tías mediáticas y políticas, escandalizadas, ponen el grito en el cielo y la barba en remojo. Hasta un par de semanas, cuando todo se olvida y vuelve la normalidad: es decir, se discuten otra vez las colectoras en la Provincia de Buenos Aires, que es donde vive el 35% de la gente del país y donde se decide el futuro que importa y donde están los votos para bajar o subir a los protagonistas, con lógica llana de ascensor, a la gloria o al fracaso.

A pocos los inquieta que entre casi 300 mil hogares salteños el 32% tiene necesidades básicas insatisfechas. A pocos estremece que un tercio de la población viva en la pobreza, la mitad no tenga agua corriente ni cloacas y transcurra en casas con pisos de tierra. A pocos desasosiega que el analfabetismo trepe al 5 por ciento entre la población de más de 10 años.

Dice el médico sanitarista Edgardo Trivisonno que más del 60 por ciento de los salteños no tiene cobertura médica. Y si son chicos menores de 5, la cifra sube al 70 por ciento. Pero a pocos les impide dormir que en Salta mueren 500 niños por año por enfermedades evitables, que a los bebés no les dan los brazos ni el corazón para pelear contra las embestidas bélicas de la neumonía, la influenza, la diarrea, la sepsis, la desnutrición, la meningitis, el dengue, la tuberculosis. Con socios y secuaces como el paludismo, el hantavirus, la leptospirosis. Y el sida y la sífilis congénita. Más los pequeños wichis desnutridos encerrados en las tierras que son de ellos pero no son. Que se van yendo como angelitos patizambos, mocosos y tristones, por el patio de atrás. Por la puerta de la muerte donde nadie los ve. Para no estropear la postal luminosa de Salta, la de la soja exportada por millones y el manual de Cuarto Año blanquísimo y brillante