La Boétie (Étienne de) PDF Discurso sobre la servidumbre voluntaria

Martes 19 de julio de 2011, por La Boétie (Étienne de la)

La Boétie (Étienne de) Discurso sobre la servidumbre voluntaria

Desconfianza para con cualquier régimen político de delegación, denuncia del consumismo para tapar la explotación y constatación que el ser humano puede olvidar que debe ser libre. Una referencia teórica clásica que pertenece a cuantos no quieren ya embrutecerse ante las jerarquías de hoy en día.

El cuestionamiento y el análisis del poder surgen en Francia, hacia 1550 (en una época de rebelión campesina y casi guerra civil entre católicos y protestantes). En vida del autor, 1530-1563, magistrado de origen noble en la región de Burdeos, circularon copias manuscritas entre los protestantes pero el texto sólo fue publicado y comentado a partir del siglo XIX.

De momento sólo quisiera comprender cómo es posible que tantos hombres, tantos villorrios, tantas ciudades, tantas naciones soportan algunas veces un tirano único que no tiene más potencia que la que le otorgan, que no tiene poder de perjudicarles sino mientras quieran tolerarle, y que no podría hacerles daño si no quisieran antes padecerlo que contradecirle. Es una cosa sorprendente - y no obstante tan común que más vale lamentarlo que asombrarse -, ver un millón de hombres miserablemente supeditados, con la cabeza bajo el yugo, no por estar obligados por una fuerza superior, sino porque están fascinados y por así decirlo embrujados por el único nombre de Uno, que no deberían temer, porque está sólo, ni amar, porque inhumano y cruel es para con todos ellos. [...]

¿Qué es ese vicio, ese vicio horrible, el ver cómo un número infinito de hombres, no sólo obedece, sino que sirve, no ser gobernados, sino ser tiranizados, no teniendo ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su vida que sean de ellos ? [...]

Resuélvanse a no servir ya más, y ya quedan libres. No les pido que le empujen [al tirano], que le derriben, sino solamente que ya no le sostengan, y le verán, tal como un coloso cuya base se quebrantó, deshacerse bajo su propio peso y romperse. [...]

Lo que está claro y evidente, que nadie puede ignorar, es que la naturaleza, ministra de Dios, gobernante de los hombres, nos creó a todos y nos vertió de cierto modo en el mismo molde, para enseñarnos que somos todos iguales, o mejor hermanos. Y si, en el reparto que hizo de sus donativos, prodigó unas ventajas de cuerpo y de ingenio a unos más que a otros, no quiso no obstante ponernos en el mundo como en un campo de batalla, ni mandó acá a los más fuertes y diestros como bandoleros en un bosque para maltratar a los más débiles. [...]

La verdad sea dicha, es muy inútil preguntarse si la Libertad es natural, puesto que no se puede mantener a una persona en la servidumbre sin vulnerarle: no hay nada en el mundo más contrario a la muy razonable naturaleza, que la injusticia. La libertad es por lo tanto natural; por eso, a mi parecer, no sólo nacimos con ella, sino también con la pasión de defenderla. [...]

Existen tres suertes de tiranos. Unos reinan por elección del pueblo, otros por la fuerza de las armas, los últimos por sucesión de raza. [...]

Para decir la verdad, veo bien entre estos tiranos algunas diferencias, pero en la elección, no la veo: en efecto si alcanzan el trono por distintos medios, su manera de reinar es casi siempre la misma. Quienes están elegidos por el pueblo lo tratan como un toro que domar, los conquistadores como su presa, los sucesores como un ganado de esclavos que les pertenece por naturaleza. Haría yo esta pregunta: si por azar naciera hoy día alguna gente nueva, no habituada a la dominación, ni atraída por la libertad, ignorante hasta del nombre de una y otra, y si se le propusiera ser súbdito o vivir libre, ¿qué sería su elección? Sin duda alguna, preferirían con mucho acatar a la sola razón antes que servir a un hombre, a no ser que sean como esa gente de Israel que, sin necesidad ni obligación, se dieron un tirano.
[...]

Pero la habitud, que ejerce en todos los campos tan gran poder sobre nosotros, tiene sobre todo el de enseñarnos a servir y, como se cuenta de Mitridates, que terminó por acostumbrarse a la ponzoña, el de enseñarnos a tragar el veneno de la servidumbre sin encontrarlo amargo. No hay duda de que la naturaleza nos dirige hacia donde ella quiere, bien o mal colocados, mas se debe confesar que tiene menos poder sobre nosotros que la habitud. Por bueno que sea lo natural, se pierde si no se lo mantiene, y la habitud nos forma siempre a su modo, a pesar de la naturaleza. [...]

Así la primera razón de la servidumbre voluntaria, es la habitud. [...]

Siempre se encuentran algunos, mejor nacidos que los demás, que sienten el peso del yugo y no pueden retenerse sin sacudirlo, porque no se acostumbran nunca a la dominación y que, como Ulises buscaba por tierra y por mar cómo volver a ver el humo de su morada, se esfuerzan por no olvidar sus derechos naturales, sus orígenes, su estado primero, apresurándose a demandarlos en cualquier oportunidad.[...]

Y les repugna la servidumbre, por mucho que se la disfrace. [...]

El teatro, los juegos, las chanzas, los espectáculos, los gladiadores, los animales extraños, las medallas, los cuadros y otras drogas de esa calaña eran para los pueblos antiguos los señuelos de la servidumbre, el precio de su libertad raptada, las herramientas de la tiranía. Aquel medio, aquella práctica, aquellos halagos eran los que empleaban los antiguos tiranos para adormecer a sus súbditos bajo el yugo. Así los pueblos embrutecidos, por parecérseles bellos todos esos pasatiempos, divertidos por un vano placer que les deslumbraba, se acostumbraban a servir tan neciamente y peor que los nenes que no aprenden a leer sino con imágenes brillantes. [...]

Siempre fue así: cinco o seis se atrajeron la vista del tirano y se acercaron a él por voluntad propia, o fueron llamados por él para ser cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, proxenetas de sus voluptuosidades y beneficiarios de sus latrocinios. Estos seis halagan tan bien a su jefe que se vuelve malo para con la sociedad, no únicamente por su propia maldad sino además por la de ellos. Estos seis tienen bajo sus órdenes a otros seiscientos, que corrompen tanto como ya corrompieron al tirano. Esos seiscientos tienen a menudo bajo su dependencia a otros seis mil, que elevan en dignidad. Les consiguen el gobierno de provincias o el uso del erario para dominarles por la codicia o la crueldad, de modo a que los ejerzan cuando convenga y hagan tanto daño que únicamente se puedan mantener allá gracias a la sombra que les dan, que no puedan escapar a las leyes y las penas sino gracias a la protección otorgada. Grande es la serie de quienes les siguen. Y quien quiera sacar el hilo verá que, no seis mil, sino cien mil y millones están atados al tirano por esta cadena ininterrumpida que les salda y les ata a él [...]

Así es cómo obra el tirano haciendo que sus súbditos se dominen unos a otros. Y está guardado por quienes él debería guardarse, si algo de valor tuvieran. [...]

Estos favoritos deberían acordarse menos de quienes ganaron mucho cerca de los tiranos y más de quienes, tras beneficiarse algún tiempo, perdieron poco después y los bienes y la vida. [...]

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