Prólogo a la edición del Proletariado Militante de Anselmo Lorenzo, edición del sindicato Solidaridad Obrera, Madrid, 2005.

Prólogo a la edición del Proletariado Militante de Anselmo Lorenzo, edición del sindicato Solidaridad Obrera, Madrid, 2005.

Martes 17 de mayo de 2005, por frank

Prólogo a la edición del Proletariado Militante de Anselmo Lorenzo, edición del sindicato Solidaridad Obrera, Madrid, 2005.

Nos sobran verdades infalibles : papal y romana, islamista, neoliberal con el mercado (futura clave de la abundancia para todos), socialista y ecologista (una sana administración del capitalismo es la futura solución), marxista (se leyeron mal los textos pero el futuro es impecable). Y la republicación de los textos clásicos casi corresponde a la redención.

No tenemos nada que ver con esa manipulación anunciada. Las profecías fracasaron, las nuestras primero con la revolución para fines del siglo XIX, el sueño compartido de Marx y Engels a Bakunin y Kropotkin. Tampoco funcionó para el siglo XX ni en la URSS y China del sol luminoso de Lenin, Stalin y Mao, ni en la España de 1936-1939 de las colectividades de la CNT y del empuje de Durruti. Las panaceas ajenas tropezaron - y siguen tropezando con terquedad - con la permanencia de las guerras, el desfase entre países ricos y pobres, no, la ridiculez del progreso limitado a un escaso 20 % de la población del planeta (con paradojas como música clásica y cámaras de gas, logros de la cirugía y extensión del sida y un interminable etcétera).
El enfoque nuestro es suministrar un balance sindical de experiencias, dentro de la tradición bakuninista y anarcosindicalista, para escarmentar, aprovechar, adaptar, recoger lo esencial, para la labor diaria contra los despidos, la precariedad y las promesas sindicales y políticas de oropel.

Para nosotros el capitalismo sigue el mismo rumbo de saqueo y expolio desde hace siglos. Las clases dirigentes no tienen otro ideal que mantener sus privilegios, siendo en buena parte una aristocracia hereditaria sin otra nobleza que el capital y la especulación, por las buenas (la seudo democracia burguesa) o por las malas (la extrema derecha entre bastidores).

¿Por qué acudir a Anselmo Lorenzo y no a otros sindicalistas tan conocidos (o más) y menos alejados de nosotros?

Juan Peiró conoció a fondo un periodo denso e intensivo, pero no tuvo tiempo de escribir sobre su vida. Entregado por el mariscal Pétain a Franco, se le propuso elegir entre ser dirigente sindical en falange o ser fusilado como cenetista. Fiel a sí mismo, terminó en el paredón de Franco por la gracia de Dios. Ángel Pestaña tuvo una vida tan llena como la de Peiró, pero la tuberculosis no le permitió meditar sobre un militantismo variopinto y contradictorio. Federica Montseny, García Oliver y Sinesio García Fernández (Diego Abad de Santillán), Horacio Prieto, cuatro pilares de la CNT y directa o indirectamente de la FAI en 1936-39, escribieron mucho, casi siempre para justificarse, con saña y poca documentación seria. Cipriano Mera, García Pradas, del Val, Ortiz, no quisieron dejar sus conclusiones por escrito.

La guadaña de las muertes tempranas en la lucha truncó vidas como joyas: Salvador Seguí (ejecutado por matones de la patronal catalana), Ramón Acín e Isaac Puente (fusilados por franquistas en julio y agosto de 1936), Ascaso, (muerto en combate en julio de 1636 en Barcelona), Durruti (muerto por accidente el 20 de noviembre de 1936), Viñuales (se suicidó en Alicante en marzo de 1939, antes que ser fusilado), Ponzán (ejecutado en Toulouse por la gestapo en 1944 por su actividad antinazi y antifranquista) y muchos otros.

El distanciamiento y la objetividad son perlas raras.

Anselmo Lorenzo creó y acompañó el desarrollo del sindicalismo peninsular en España y en parte en Portugal desde 1868 hasta la formación de la CNT. Sus memorias constituyen un testamento evidente para las generaciones posteriores.

Se notará su severidad, pero al mismo tiempo su maravillosa franqueza, su inmensa preocupación por la verdad, la probidad que le autoriza a criticar y construir a la par. El único reproche que se le puede dirigir es ser demasiado severo, pero Lorenzo escribía tras su salida de la cárcel, entre las huelgas de 1902 y las de 1909 en Barcelona. Era viejo y sentía que su juventud fue malograda por errores organizacionales y no lo podía perdonar. Escrito en 1900 y publicado al año siguiente para el tomo primero, y 1910 para el segundo y desgraciadamente editado sólo en 1923 (año del golpe de Primo de Rivera.

Ambos tomos no fueron conocidos y meditados en momentos bisagras como los primeros años de la Confederación Nacional del Trabajo, ni bastante ahondados en los años 30 y los 70.

La primera aportación es histórica, para comprender cómo las ideas anarquistas, que brotan en 1868 en España, sólo se plasman aparentemente en 1910 con la formación de la CNT.

El movimiento obrero, muy débil en toda España, estaba principalmente concentrado en Cataluña y Euskadi. Ya había una huelga general en 1855 para pedir Pan y Trabajo (casi como hoy), Asociación o muerte (evidente testimonio que se deseaba el cambio social y no sindicatos fofos). Hacia 1862 se formaron los primeros sindicatos en Barcelona, y en 1864 tuvo lugar el primer congreso sindical en Barcelona. En 1868, unos generales más tolerantes tomaron el poder, de ahí que los liberales y los republicanos estuvieron menos vigilados.

El movimiento obrero español de aquel entonces no tenía ideología alguna, tendía hacia un reformismo a base de asociaciones, de cooperativas, de unión del Capital y del Trabajo. Los conceptos socialistas eran casi desconocidos. El movimiento obrero solía defender las ideas republicanas en política, y pretendía arreglar los problemas laborales por las cooperativas (en asociación con los patronos).
Bakunin, miembro de la Internacional, intuyó que la situación estaba madura en España y mandó a un amigo suyo, Fanelli, parlamentario italiano que tenía el derecho a la gratuidad del desplazamiento en ferrocarriles -la falta de medios económicos ya existía-, con el encargo de propagar las ideas de la Internacional y la visión bakuninistas (principalmente la revolución mediante una sociedad secreta, la Alianza). Fanelli sólo explicó a los españoles una mezcla de dos conceptos: el de la Alianza y el de la Internacional.

En septiembre de 1869, Sentiñón y Farga Pellicer de Barcelona fueron al congreso de Basilea donde encontraron a Bakunin y entendieron en aquel entonces las ideas suyas. En cuanto regresaron, las propagaron : el cooperativismo no puede resolverlo todo; el cooperativismo es bueno en tanto que permite la solidaridad, malo porque obliga a aliarse a la burguesía. Hace falta enfocar el problema de otro modo: no hay mejoras sociales fundamentales posibles, se tiene que construir el régimen social del porvenir mediante el colectivismo revolucionario.

Los miembros de la Alianza española militaban ardientemente en Barcelona, luego en Reus y Tarragona. Se preparó un congreso obrero que tuvo lugar en Barcelona en 1870. Los aliancistas presentaron su programa : organización de los sindicatos según el esquema de secciones de oficio, federación de oficio, unión de federaciones de oficios en la Federación Regional Española, y al final unión internacional. También se preveían cajas de resistencia, organización de cooperativas en un sentido revolucionario. En política se predicaba la abstención.

Ratificó el congreso la entrada del movimiento obrero español en la Internacional. Pero el nivel de comprensión de los delegados era muy débil a causa de la falta de explicaciones. La abstención política fue adoptada por los organismos sindicales, quedando libres los militantes de votar o no. Los sindicatos abarcaban escasamente un 10% de los obreros barceloneses. Una epidemia de fiebre amarilla redujo la afiliación a la Internacional de 10.000 en julio de 1870 a 2.000 en septiembre.

Los eventos de la Comuna de París asustaron al Gobierno español, se iniciaron represiones contra la Internacional. En el movimiento obrero toda la acción y los eslóganes estaban en manos de los aliancistas, que habían sido elegidos en el Consejo federal del sindicato. En 1871, en el congreso de Valencia, fueron nombrados nuevos miembros, que los aliancistas integraron en la Alianza sin precisarles nada de las diferencias entre la Internacional y la Alianza.

No podía seguir así la situación, y con la llegada fortuita del yerno de Carlos Marx, Paul Lafargue, hispanohablante, exiliado de la Comuna, explotó el polvorín. En julio de 1872, se publicó un manifiesto contra la Alianza, que la denunciaba como sociedad secreta, así como a sus miembros. Se escindía en dos ramas el movimiento obrero: la que se convertiría en socialista, con Pablo Iglesias, y la que iba a ser anarquista con Anselmo Lorenzo.

Lorenzo fue el único internacionalista que se negó a tomar partido. Asqueado, dimitió en 1872 tras haber participado en una ponencia notable sobre la economía en la futura sociedad revolucionaria, saliendo para Francia y volvió en 1874. Tomó contacto con sus amigos, pero en 1881 quedó expulsado de la Federación Regional Española, víctima de la animadversión de sus ex compañeros. Se llegó a tratar de que le despidieran de su trabajo (tipógrafo), sin contar otros episodios, como el del antiguo compañero escupiendo al cruzarse con él por la calle.

Anselmo Lorenzo volvió a la labor sindical en Barcelona como tipógrafo y trabajó con Francisco Ferrer Guardia y siguió atento a la evolución sindical. Esta postura de observador comprometido explica su estilo distanciado, a lo que hay que agregar la enorme separación cultural entre el grueso de los trabajadores y el tipógrafo que era Anselmo Lorenzo. Por fin Lorenzo siempre guarda en la mente la lógica de los principios y la de los hechos, que no tienen que desmentirse.

¿Qué valor histórico tiene el testimonio de Anselmo Lorenzo que escribe en su introducción “que no se ajusta a método alguno [...] una colección de datos interesantes, ligados por una pasión y por un recuerdo personales”, que evoca “un conjunto de 57.900 trabajadores [que] se declararon lisa y llanamente anarquistas”, “el Proletariado Militante, a quien la Revolución Social dará el triunfo, no en beneficio de su clase, sino para la refundición de todas las clases, en beneficio universal de la humanidad”?

Es el único relato de la época de un actor que recoge documentos, algunos pocos conocidos, y que tiene capacidad de análisis. Es una fuente para todos los historiadores que, por tener poco que agregar, se plantean el problema del desarrollo del anarquismo en España (de Casimiro Martí a Álvarez Junco). Mucho menos pertubador resulta el problema cuando se observa que el movimiento obrero de la misma época en EE UU es también anarquista, con los mártires de Chicago, y lo seguirá siendo de hecho con los IWW, que no se reivindican de ninguna ideología y de ningún partido político sino de la acción directa y de la solidaridad de la clase obrera (“un ataque contra uno de nosotros es un ataque contra todos”).

Ahora bien, en la práctica en España hay un anarquismo obrero, social, como en EE UU. No es el anarquismo de los intelectuales bohemios, de los individualistas del culto del ombligo. A fines del siglo XIX y a principios del XX, primero en Francia y luego en Rusia con los soviets en 1905, las tácticas obreras son la acción directa y la desconfianza para con los partidos de izquierda. Tal es el rechazo que en 1917 Lenin tuvo que oponerse al comité central de su partido e imponer el eslogan anarquista de “Todo el poder a los soviets” para hacerse con el poder, a base de manipulaciones (los liberados y sedicentes dirigentes obreros como Trotsky) y la creación de la Tcheka en 1917 para acabar con la idea de la revolución horizontal y de los mismos trabajadores en beneficio de los trabajadores y establecer una nomenklatura con la NEP y los privilegios de la nueva clase roja.

Y si el anarquismo social desapareció, o casi, del movimiento obrero en muchos países como EE UU, Francia y la URSS fue gracias a los asesinatos, las condenas y las multas enormes, de los jueces y de los patrones, la corrupción y las presiones mafiosas de los sindicatos reformistas y los gulags del socialismo real.
La mejor explicación del éxito del anarquismo social español, luego el anarcosindicalismo, viene de dos marxistas (que confunden el anarquismo de salón con el anarquismo social y el anarcosindicalismo).

En los cuarenta y un años que median entre la escisión socialista-anarquista en el congreso de La Haya y la revolución rusa, el movimiento anarquista fue batiéndose en retirada ante el avance socialista en todas partes, menos en España (y Portugal), en donde el anarquismo, en el siglo XIX, y el anarcosindicalismo, en los comienzos del siglo actual, fue siempre más numeroso y fuerte que el movimiento socialista. Las razones para que el proceso fuese en España distinto que en los otros países son varias :
Primera. Los anarquistas españoles comprendieron el problema campesino mucho antes que los socialistas, y arraigaron, desde los primeros tiempos, en Andalucía, que es el crisol de la cuestión agraria española.
Segunda. Los anarquistas establecieron su base principal en Barcelona, que era el centro industrial del país, mientras que los socialistas lo asentaron en Madrid, capital burocrática de la nación, en donde el proletariado propiamente dicho apenas existía.
Tercera. Los anarquistas eran propagandistas formidables e incansables. [...]
Cuarta. Los anarquistas, aunque el número de intelectuales que formaron parte de sus organizaciones fue muy reducido, hicieron una inteligente política de atracción de ellos, invitándolos a colaborar en sus revistas y periódicos. La llamada generación del 98, que inició una nueva fase en la vida intelectual de España a comienzos de siglo, era intuitivamente anarquista. Los socialistas, en cambio, hasta la segunda década del siglo, desconfiaron de los intelectuales, rechazándolos.
Quinta. Los anarquistas eran más combativos que los socialistas. Las insurrecciones campesinas en Andalucía, en el último cuarto del siglo pasado, aunque elementales y equivocadas las más de las veces, encendían la llama de una ansiada liberación, cuyo rescoldo, después del fracaso, no se extinguía nunca. Al calor de ese rescoldo se agrupaban los humildes campesinos y escuchaban la lectura de los folletos de Malatesta y La Conquista del Pan de Kropotkin.
Sexta. Los anarquistas comprendieron la importancia que tiene la educación de la juventud para formar los luchadores de mañana, y crearon las escuelas racionalistas, cuyo principal propulsor, Francisco Ferrer, al ser fusilado, en 1909, dio al santoral anarquista un mártir con aureola internacional.
Séptima. Los anarquistas practicaron el terrorismo como arma política, y si en algunos casos los resultados fueron negativos, en otros fueron positivos, siendo siempre terribles.
Octava. Los anarquistas, perseguidos sin parar, adquirieron la práctica de actuar a la sombra, en la clandestinidad, mientras que los socialistas procuraban no infringir las leyes establecidas.
Décima. El anarquismo, un poco místico, quijotesco, aventurero, individualista, estaba mucho más cerca de las características psicológicas del pueblo español, que no el socialismo: frío, esquemático, formulista, disciplinado, reglamentario.
Undécima. La primera guerra mundial determinó un rápido desarrollo industrial en Cataluña, con el consiguiente crecimiento del movimiento obrero, encuadrado y dirigido por el anarcosindicalismo .
Duodécima. Los anarcosindicalistas comprendieron antes que los socialistas la conveniencia de transformar las sociedades de oficio en sindicatos de industria. La aparición del Sindicato Único (sindicato de industria) fue revolucionaria y dio a los anarcosindicalistas un tal impulso que alrededor de la Confederación Nacional del Trabajo gravitó la mayoría de la clase trabajadora española.
Décima tercera. Y, último pero no lo último, los anarquistas dieron pruebas de una imaginación de la que carecían los socialistas..

Un historiador soviético escribió, cometiendo el mismo error que Maurín de confundir anarquismo y anarcosindicalismo: “De este modo, en España, el anarquismo no se limitó a la propaganda de las utopías sociales y de los actos terroristas. Propagó las acciones de masas y obtuvo algunos éxitos prácticos. Después de un desarrollo de medio siglo, esta misma tradición del movimiento anarquista se convirtió en una fuerza material seria, factor del robustecimiento posterior de su influencia.

El primer tomo del Proletariado Militante se publica en 1901, el segundo después de la muerte de Anselmo Lorenzo en 1914, en folletines en Tierra y Libertad de Barcelona en 1916, y en libro en 1923.

Para mí el texto de Anselmo Lorenzo tiene tres aportaciones fundamentales: la capacidad organizacional que demuestran los compañeros del siglo XIX (o sea todo el libro), el análisis sindical de la futura sociedad revolucionaria y la lucidez de los juicios ajenos al triunfalismo sedientos de que el militantismo obrero sea profundo, tenaz para hoy día y duradero para el futuro (con ejemplos a continuación).

Medidas prácticas que han de tomarse después de destruido el estado actual (1875)
8. Los consejos locales se subdividirán en las comisiones que juzguen necesarias, como defensa, subsistencia, administración, trabajo, instrucción, relaciones comarcales y federales, etc. [...]
11.Los Congresos comarcales y el regional asumirá en sí, por medio de comisiones especiales, la gestión de todos los asuntos que no puedan ser tratados por las localidades, como la defensa comarcal y regional, la organización de los servicios públicos; tales como marina, ferrocarriles, correos, telégrafos, etc
.”

Esta cita, con otras del Proletariado militante, la relacionaba el anarcosindicalista Pano Vasílev (en parte formado en la FORA argentina) con el desarrollo de la idea revolucionaria de los soviets - consejos - en Rusia, en su folleto en búlgaro Ideata na sovetite, izvod y razvitie [la idea de los soviets, origen y desarrollo] 1933, el mismo año que fue asesinado a tiros por sicarios de la patronal.

Todos los grandes instrumentos de trabajo reunidos hoy en unas cuantas manos ociosas, podrían ser de la noche a la mañana transformados por una fuerza revolucionaria y puestos inmediatamente en usufructo a disposición de los trabajadores que hoy los hacen producir. Estos obreros con sólo organizarse en Asociación, si no estaban ya, y ofreciendo las garantías necesarias a los Consejos locales, entrarían en el pleno goce de los instrumentos del trabajo. [...] Nuestros Consejos locales, que serían ya la legítima representación de todos los productores, transformados en Consejos de administración, serían responsables ante los Consejos comarcales de todo lo que pertenece a la colectividad; éstos ante los regionales, y éstos ante el internacional,”

“[...] Hay pequeños talleres de costura, zapatería [....] donde el trabajo se halla diseminado y los obreros se ven obligados a pasar la mayor parte de su tiempo sin luz ni ventilación y en las peores condiciones higiénicas, que podrían muy bien inventariarse y trasladarse interinamente a las iglesias y a los palacios de los príncipes “ (congreso de Zaragoza de 1872).

Me parece la fuente de inspiración del Comunismo Libertario de Isaac Puente en 1933: “El Comunismo Libertario es la organización de la sociedad sin Estado y sin propiedad particular. Para esto no hay necesidad de inventar nada ni de crear ningún organismo nuevo. Los núcleos de organización, alrededor de los cuales se organizará la vida económica futura, están ya presentes en la sociedad actual: son el sindicato y el municipio.”

Sabemos que durante la guerra civil de 1936-1939 ese traslado de los talleres de mala muerte (que siguen hoy por hoy en todo el planeta con el aval capitalista neoliberal, el visto bueno marxista leninista chino) se hizo en Barcelona con CNT y en parte UGT.

El último capítulo del libro está cargado de amargura con denuncias de ”nombramientos en blanco [...] farsa [...] cacicato dictatorial y electorero [...] irracionales apasionamientos ”. Es un hecho repetitivo de los grupos humanos valerse de sofismas para hacerse con el poder y agarrarse a él como si fuera un salvavidas, acto suficientemente ilustrado por la historia de la Iª Internacional, y un largo etcétera de ismos.

Si hay un diablo en toda la historia humana, es este principio del mando. Sólo él, con la estupidez y la ignorancia de las masas, sobre las que por lo demás se funda siempre y sin las cuales no podría existir por sí solo, produjo todas las desgracias, todos los crímenes y todas las vergüenzas de la historia. Y fatalmente ese principio maldito se encuentra como instinto natural en cada hombre, sin exceptuar los mejores. ”.

Únicamente una fuerte dosis de odio del autoritarismo y de control de sí mismo permiten vacunarse contra esa lacra del sectarismo, que vemos cada día.

Así se entienden los juicios sobre las secuelas en España de la polémica entre Marx y Bakunin.
Los que siguieron a Bakunin, distaban mucho por lo general de elevarse a su concepto de la libertad. Bien pude observarlo en las reuniones de las secciones de la Alianza Socialista en Madrid, Valencia y Barcelona, donde los aliancistas practicaban la propaganda por la imposición hábil más que por la persuasión y la convicción ilustrada.
Ante unos y otros, los trabajadores, con su ignorancia sistemática y con su consiguiente falta de voluntad y energía, permanecían nuestros en constante atonía o se apasionaban por el sugestionador que tenían más a mano, y pocos eran los que podían contarse en el número de aquellos trabajadores mismos de quienes el programa de principios sustentado por La Internacional, hacía depender la emancipación del proletariado.” (p.312 )

El asunto del Consejo general [encabezado por Marx] había llegado a obsesionar a mis compañeros: constantemente se hablaba de ello, y sospechando que yo era en el Consejo una especie de espía al servicio de Lafargue, me proponían problemas y me preparaban el tema de manera que me viera obligado a hacer declaraciones que me comprometieran .
Lo notable del caso era que en la guerra emprendida contra el Consejo general no se seguían las reglas de la más severa lógica, porque si autoritario era aquel Consejo, excesivamente reglamentario era el Consejo español, lo que venía a ser un autoritario de distinta forma.”
(p. 317)

No éramos mandatarios de una organización obrera que procediera verdadera y rigurosamente de abajo arriba, sino de unos teóricos de entendimiento superior que imponían sus teorías desde la cúspide de su superioridad, de origen privilegiado, y que era seguida por acatamiento a una moda radical. Marx y sus sectarios, Bakunin y los suyos, los de La Emancipación, por una parte, y los de la Alianza y el Consejo federal por otra, no reconocían, por más que lo proclamaran constantemente, que la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos, sino que obraban como si los trabajadores, como menores incapacitados, hubieran de ser emancipados involuntariamente, sin sentir previo deseo. “ (pp. 334-335)

No menos lúcido es Anselmo Lorenzo sobre la organización de la Federación Regional Española, con opiniones que, sí, fueron tenidas en cuenta en la CNT.

Si la ingenua franqueza hubiera sido posible; si mis compañeros hubieran dicho lo que pensaban de mí y yo lo que pensaba de ellos, hubiera sido tanto como declarar que la Asociación Internacional de los Trabajadores no existía aún, y que aquella agrupación obrera tan esplendorosa y potente al parecer, en aquellos momentos, que alentaba las esperanzas de los desheredados y suscitaba el miedo de los privilegiados, carecía de existencia, era una ficción sin base positiva. Los compañeros de quienes me separaba, jóvenes entusiastas, tenían fe en las teorías que aceptaban; también yo tenía esa fe, pero necesitaba que de la misma participaran los trabajadores que entraban a formar parte de la organización y que se extendiera al proletariado en general. No me bastaba un credo; necesitaba un programa en cuya realización concordara la totalidad del conocimiento, de la energía y de la voluntad de cada uno de los individuos que integraban la totalidad del pueblo trabajador. “ (p. 335)

La Federación Regional Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores constituía un organismo asombroso en teoría; pero en la práctica dio escasos resultados. Obra en su mayor parte de estudiantes jóvenes burgueses relacionados con los trabajadores asociados de Barcelona y miembros activos de la Alianza de la Democracia Socialista, forjaron una organización que era como un mecanismo perfecto al que no llegaba la mentalidad ni las costumbres de los trabajadores españoles en general.”

Aquella organización tenía pretensiones de científica, pero en realidad era artificial, sólo practicable y útil a condición de llenar cumplidamente cada una de sus condiciones de existencia; pero como esas condiciones no podían cumplirlas el gran número de obreros que habían de trabajar en sus comisiones técnicas y revolucionarias, de administración, de correspondencia de estadística, de propaganda en las federaciones, uniones de oficios y uniones de oficios símiles, locales, comarcales y regionales: como además se sometían las huelgas al cálculo y al expediente de aprobación de entidades de orden superior, resultando excluido todo movimiento rápido y espontáneo cuya necesidad se ofrece frecuentemente, y como además era necesario acumular los céntimos de las cuotas hasta constituir capitales que permitieran luchar contra los capitalistas, llegó a faltar siempre alguna pieza al engranaje del mecanismo y jamás pudo funcionar con la regularidad que concibieron sus autores, “ (p. 318 )

Al leer dichas críticas parece que la principal tarea era la organización de huelgas. Pero como se quería, para reunir las máximas condiciones de éxito, organizar movimientos a escala nacional con cajas de resistencia bastante llenas, se llegó a montar un sistema selectivo de las huelgas. Lorenzo explica que una solicitud de huelga dentro de la Federación pasaba por cinco trámites que empleaban por “lo menos seis u ocho semanas para la traslación, estudio y elaboración de los informes, en el supuesto de una actividad constante y en unas oficinas donde todos los funcionarios estuvieran en su puesto y cumplieran matemáticamente con su obligación [y] habrían de agregarse unos días más para el correo.” (p. 323) Y suponía pues un organismo con “un total de 7.286 trabajadores aptos para desempeñar con inteligencia y actividad los trabajos que requería aquel modo de practicar la resistencia al capital.” (p.324).

Y en aquel entonces, dejando aparte la tasa elevada de analfabetismo entre los trabajadores (entre el 60 % mínimo - como en 1936 - y un 85%) la semana laboral era de seis días con unos 10-12 horas de trabajo al día.

Es preciso dar extractos de las conclusiones de Anselmo Lorenzo, publicadas en 1923.

Entusiasta por el ideal ante la elocuente a la par que sencilla y sugestiva demostración de Fanelli, parecíame que todos los trabajadores habían de sentir y comprender con igual rapidez e intensidad y cuando no, adoptando la máxima el fin justifica los medios, que todo el mundo profesa en mayor o menor escala, aunque hipócritamente se niegue por rehuir concomitancias con el antipático jesuitismo, por bueno tenía empujar dando a la ficción la apariencia de la realidad. Y empujé, junto con mis compañeros de la Alianza, hasta constituir una federación de federaciones que asustó a gobernantes ricos y aspirantes a serlo, y que en realidad era un castillo de naipes sin la menor solidez, que había de derrumbarse, como se derrumbó, ante el menor choque autoritario, no quedando de todo ello más realidad que los individuos convencidos y aun los fanáticos mientras les durase la cuerda y no viniera el escepticismo a desvanecer las ilusiones.

¿Qué sabía yo entonces de la influencia regresiva del atavismo ni de la lentitud progresiva de la evolución? ¿Quién pudiera culparme, ni a otros compañeros trabajadores aliancistas de que creyéramos sobreponernos al atavismo y a la evolución con actos de ilusorio radicalismo, cuando en el absurdo nos acompañaban y hasta se nos anticipaban hombres de privilegio que estudian en la Universidad y poseían títulos y grados académicos?

Hoy considero que las afirmaciones que haga o que hagan en nombre de una entidad grande o pequeña, llámese sociedad, asociación, liga, partido, masa, multitud, sólo tienen valor positivo según se aproximen a radicar en todos y en cada uno de los individuos que componen la corporación de que se trate. Un programa, un manifiesto, una manifestación, las conclusiones de un mitin, una votación, una sonada, aunque por su importancia material tenga carácter de revolución, nada significan si su interpretación corre exclusivamente a cargo de sus inspiradores y directores habiéndola de acatar el mismo pueblo a quien se pretende beneficiar.

¡Cuánto más beneficioso hubiera sido que, en vez de arrancar acuerdos y soluciones por sorpresa, se hubiera propuesto la Alianza una obra de educación y de instrucción, encaminada a obtener acuerdos y soluciones como sumas de voluntades conscientes! “ (p. 448).

Suelen escribir y decir los historiadores del socialismo y del sindicalismo en España que aquí no hubo creadores sino repetidores de las doctrinas de fuera, con la excepción de Ricardo Mella. Anselmo Lorenzo demuestra lo contrario no sólo por ser capaz de analizar y presentar enseñanzas, sino porque nos brinda una lógica entre la conducta militante cotidiana y el ideal correspondiente. Y ello sin necesidad de reflexiones marcuso-situacionistas como en mayo de 1968 y súbitas tomas de conciencia intelectuales tras el derrumbe de los totalitarismos afines de los años 1980.
Esta sensatez está en la raíz de lo mejor que creó el movimiento obrero español, sindicato único, huelgas de solidaridad, autogestión revolucionaria.

Frank Mintz (diciembre de 2004).