¿Se renunció a la Revolución? Respuesta de José Peirats (1966 - 1967)

Sábado 23 de julio de 2005, por Peirats José

Dos textos importantes de José Peirats en la revista Presencia N° 5, septiembre-octubre de 1966 y el N° 7, abril-mayo de 1967.

El texto a que alude Peirats está en este portal.


Encuesta : ¿Se renunció a la Revolución?

Presencia considera que la mejor forma de rendir homenaje a la gesta revolucionaria española cuyo XXX aniversario acaba de cumplirse, es adoptar ante ella una actitud crítica : de poco sirve mirar hacia atrás cuando la mirada se convierte en un simple culto al pasado, en un disciplinado coro de aplausos, en un deseo de admirar más que de comprender.

Es precisamente ese anhelo de comprensión el que nos ha incitado a organizar una encuesta sobre la revolución de 1936. Y hemos escogido para ello uno de sus aspectos más fundamentales, lo que equivale a decir el más complejo

- ¿Renunció el movimiento libertario español, en 1936: a llevar a cabo la revolución?

Bien sabemos que han sido muchos los compañeros que, a lo largo de los últimos treinta años, han abordado el tema en artículos, libros y ensayos. No aspiramos, pues, a plantear un interrogante con pretensiones sensacionalistas, sino a brindar, a través de nuestras páginas, una serie de respuestas que puedan constituir un panorama general de la cuestión. Sin ignorar que ha de tratarse - y ése es tal vez, el mayor interés de la encuesta - de un panorama desigual e incluso antagónico, de una suma de perspectivas quizá divergentes.

Surge, al llegar aquí, una pregunta inevitable : ¿servirá de algo ofrecer un panorama de ese género, servirá de algo difundir un conjunto de opiniones que pueden ser contradictorias? Presencia tiene la ingenuidad - o la tozudez - de creer que si. Más aún, tiene la convicción de que el camino de la verdad exige un largo zig-zag a través de juicios antagónicos e interpretaciones opuestas.

Vayamos ahora a los aspectos prácticos de nuestra encuesta. Tras debatir el problema, hemos desechado el sistema de establecer un cuestionario estricto en el que cada consultado hubiera tenido que manifestarse ateniéndose a unos puntos determinados. Consideramos que ese sistema, si bien tiene algunas ventajas, adolece de falta de flexibilidad y hubiese constituído un molde rígido. Optamos, en consecuencia, por plantear el tema mediante una única preguta de carácter general, que permita a cada uno de los consultados expresar, basándose en esos hechos históricos, su criterio respecto a a si se renunció o no a la revolución - y, en cualquiera de ambos caso, si debió haberse actuado tal como se actuó, e incluso si podía o no haberse actuado en otra forma.

Simplificando el problema, quizás no fuera exagerado decir que nuestra encuesta podría plantearse también en otros términos : “ Si volviera a repetirse el 19 de julio de 1936 - repitiéndose exactamente, como por arte de magia, las condiciones exactas de aquella época -, ¿debería el movimiento libertario obrar como lo hizo? »

(Esta Encuesta se ha cursado, por el momento, a los siguientes compañeros : Federica Montseny, José Peirats, Juan García Oliver y Diego Abad de Santillán.)

La Redacción de Presencia

Respuesta de José Peirats

- I -

En primer lugar es necesario hacer la presentación de las tendencias revolucionarias que, antes del 19 de julio de 1936, se manifestaban en el movimiento libertario español. Por orden de influencias había en primer lugar la tendencia del grupo que encabezaban García Olivier, Ascaso y Durruti. Aunque estos agitadores evitaban toda dependencia orgánica, la Federación Anarquista ibérica hacía esta tendencia suya. Se trataba de una concepción romántica clásica, de estirpe bakuniniana. Basábase en el golpe de audacia y se daba por descontado el contagio popular. El pueblo llevaba latente en su subconsciente un revolucionario nato. No había más que despertarlo mediante el ejemplo abnegado de las minorías. Esta corriente había llevado a cabo varios experimentos, que no despertaron ningún subconsciente y se saldaron por trágicos descalabros.

El ascendente de esta corriente se debe a su rivalidad victoriosa sobre la herejía «treintista». Acusados no sin fundamento de aclimatación a la democracia republicana, los «treintistas» fueron purgados de los cargos superiores y consi-derados como malditos. Esta discriminación fue popular y, por contragolpe, hizo subir las acciones de la que llamaremos corriente «faísta» (de F.A.I. - Federación Anarquista ibérica).

Veamos cómo presentaban los treintistas a sus rivales:

«Este concepto de la revolución, hijo de la más pura demagogia, patrocinado durante decenas de años por todos los partidos políticos que han intentado y logrado a veces asaltar el poder, tiene, aunque parezca paradójico, defensores en nuestros medios... Sin darse cuenta caen ellos en todos los vicios de la deragogia política, en vicios que nos llevarían a dar la revoiución, si se hiciera
en estas condiciones, y se triunfase, al primer partido político que se presentase, o bien a gobernar nosotros, a tomar el poder para gobernar como si fuéramos un partido político cualquiera ...».

Veamos como presentan los «treintistas» su propia tesis:

«Frente a este concepto simplista, clásico y un tanto peliculero de la revolución, que actualmente nos llevaría a un fascismo republicano, con disfraz de gorro frigio, pero fascismo al fin, se alza otro, el verdadero... Quiere éste que la preparación no sea solamente de elementos agresivos de combate, sino que se han de tener estos y, además, elementos morales, que hoy son más fuertes,
los más destructores y los más difíciles de vencer. No fía la revolución solamente a la audacia de las minorías más o menos audaces, sino que quiere un movimiento arrollador del pueblo en masa, de la clase trabajadora caminando hacia su liberación definitiva, de los sindicatos y de la Confederación, deter-minando el hecho, el gesto y el momento preciso a la revolución... Frente al concepto caótico e incoherente de la revolución que tienen los primeros, se alza el ordenado, previsor y coherente de los segundos. Aquello es jugar al motín, a la algarada, a la revolución; es, en realidad, retardar la verdadera revolución....»
.

A principios de 1934, cuando el proceso reaccionario de la política republicana llevaba a una situación revolucionaria generalizada a cierto sector socialista, se manifestó la tendencia aliancista expuesta magistralmente por el militante Orobón Fernández. Esta nueva tendencia salía al paso del exclusivismo revolu-cionario dominante.

«A la hora de la lucha - decía Orobón - los «demócratas» olvidan su filiación política y forman con arreglo a su filiación de clase. Aprendan con este ejemplo los camaradas que, por purismos deleznables, se encastillan en la teoría de «nosaltres sols». Para vencer al enemigo que se está acumulando es indispensable el bloque granítico de las fuerzas obreras. La fracción que vuelva las espaldas a esta necesidad se quedará sola y contraerá una grave respon-sabiiidad ante sí misma y ante la historia,,.»

Otros militantes evolucionábamos alrededor de una cuarta posición que representaba tal vez Eusebio C. Carbó. Recelábamos de las alianzas con los políticos oportunistas y circunstancialistas y de sus feudos sindicales. Pero concebíamos la revolución como un fenómeno condicionado por la participación del pueblo. Creíamos que al pueblo sólo lo movilizan ciertas coyunturas psicológicas emocionales. El papel del revolucionario es saber detectarlas a tiempo, explotarlas a fondo mediante la propaganda y encauzar por vías libertarias el desbordamiento popular cuando este se produce. Encauzar una revolución no representaba imponer nuestro derecho de propiedad sobre ella. Y aquélla no podía fabricarse por minorías audaces, en frío y a plazo fijo.

La tendencia maximalista produjo los tristes resultados de enero y diciembre de 1933. La aliancista fue digna de mejor suerte en tanto que mezcla explosiva de la insurrección asturiana de octubre de 1934.

- II -

En vísperas del congreso de la CNT de mayo de 1936 la tendencia maximalista fue tomando un sesgo alarmante. Uno de sus animadores defendió en discursos públicos y privados la « toma del Poder “ por el movimiento libertario. El ya anciano Federico Urales se haría reo de otra frase peligrosa: « Dictadura por dictadura: la nuestra ». A consecuencia de estas manifestaciones, el semanario que dirigía Carbó (Más Lejos) organizó una encuesta con unas preguntas muy significativas. A ellas contestaba Federica Montseny el 30 de abril de 1936 :

«Si un día la democracia representó el espíritu liberal del mundo, hoy, que hay planteado un problema económico y un duelo a muerte entre la sociadad moribunda y la concepción anarquista de la vida, toda solución intermedia, toda teoría del mal menor representa transigencia con la época y conservación del medio burgués en descomposición... Anarquía es antítesis de gobierno, de autoridad, de Poder. Mal puede acelerarse la marcha hacia la anarquía apoderándose los anarquistas del Poder que la niega y la destruye...»

El congreso de Zaragoza tenía que arbitrar entre dos experiencias : la deCasas Viejas, de enero de 1933, y la de Asturias, de octubre de 1934. Una las intervenciones más sustanciosas se expresaba así :

«Se ha hablado del criterio de un sector de nuestro movimiento en aquella época, pero acaso el aspecto revolucionario que representa el criterio de este sector sea un falso aspecto de la revolución, de una revolución jacobina y no anarquista. Este criterio podía representar una revolución de grupos, pero no una revolución del pueblo. Para la revolución hace falta la envergadura de un conjunto de circunstancias y la preparación orgánica... Es preciso decir que el 8 de enero fue un error, el primer errar revolucionario de la Confederación. Pese a que se haya dicho de Casas Viejas que fue una epopeya. Epopeyas como esas no convienen... En enero se cuenta con todo menos con los trabajadores... En su preparación había entrado más el concepto de la audacia que los restantes factores indispensables de organización y de circunstancias...»

Moralmente esta posición aliancista ganó la partida en el congreso. Pero a la hora de las decisiones la otra tendencia encontró la manera de meter la cola. De lo que resultó un emplazamiento de alianza revolucionaria a la UGT que más bien parecía un reto a combate singular. Psicológicamente inadmisible, el acuerdo de Zaragoza no pedía dar resultado y no lo dio. Por otra parte la coalición republicana-socialista había ganado las elecciones tres meses a-ntes y la operación demagógica preelectoral había sido desmontada. Mientras, el fascismo montaba sin demagogias su propia operación. Entre otras cosas, pues, la nueva posición aliancista revolucionaria llegaba con retraso.

- III -

Es indudable que hubo renuncia revolucionaria tan pronto quedó liquidada en Barcelona y Cataluña la sublevación militar. Y, sin embargo, la revolución no pudo presentarse bajo mejores auspicios. Se había dado el caso de antecedente psicológico popular. Cierto que la parte más dura de la tarea hubieron de asumirla las minorías abnegadas. Especialmente los hombres aguerridos de la CNT-FAI. Pero el pueblo, que comprendía la gravedad de los intereses puestos en juego, los respaldó masivamente, evitando todo vuelco de la situación. La renuncia se hacía precisamente en el momento en que un grupo de notables de la CNT-FAI había ido a la Generalidad a escuchar las lisonjas que tuvo a bien prodigarles el presidente Companys. Para el historiador, este grupo de notables, en el curso de un corto intervalo entró como vencedor y salió como vencido.-

García Oliver, uno de los actores de la entrevista, refiriéndose a ella, escribiría un año más tarde:

« La CNT y la FAI se decidieron por la colaboración y la democracia renun-ciando al totalitarismo revolucionario que había de conducir al estrangulamiento de la revolución por la dictadura confederal y anarquista.»

Ahora bien, estos hombres habían definido siempre su revolución como un acto de exclusivismo y de hegemonía. Es decir : totalitario. Va de sí, pues, que acababan de renunciar a su revolución pura y simplemente. Por las consecuencias de su acción colaboracionista gubernamental no tardarían también en renunciar a la revolución de los que no queríamos exclusivismos revolucionarios ni hegemonias. No sólo renunciaron ellos sino que nos obligaron a golpe de decreto y de claudicación a que renunciáramos nosotros.

Las tesis por las que se ha justificado esta actitud varían hasta el infinito.j-Van desde la supuesta calidad imprevisible de los acontecimientos hasta el supremo circunstancialismo de la guerra. Pero una actitud revolucionaria que se declara vencida al primer contacto con la revolución da la medida de la contextura deleznable de tales revolucionarios. El fenómeno tiene menos expli-cación si tenemos en cuenta que cuando estos hombres, que se habían jugado la vida recientemente en las barricadas, arrojaban la esponja, se vivía en Barcelona una explosión de victoria anarquista. Los tranvías, pintados de rojo y negro, paseaban a una multitud enardecida arriba y abajo. Los claxons de los coches trompeteaban como signo de alborozo y como consigna de guerra, las seis letras de la CNT-FAI.

Las noticias que se recibían de todas partes eran sólo inquietantes por lo confusas. Un pronunciamiento militar que fracasaba por liquidación total en Barcelona y Madrid era una causa ganada. Incluso los técnicos especialistas han coincidido en que el 20 de julio el fascismo español tenía perdida la partida. Si prosiguieron en su empeño fue porque se sabían asistidos por Mussolini y quizás por Hitler. Pero esto era desconocido de los republicanos del gobierno, cuanto más de los anarquistas de Barcelona. No hay una explicación plausible en las palabras de García Oliver. Aquellos hombres habían creado una doctrina revolucionara muy resuelta, la habían puesto en práctica repetidas veces en las circunstancias más adversas, y hacían ahora marcha atrás cuando todos sus triunfos parecían propicios. Nadie reconocería en ellos facultades de adivinación subrehumanas como para avizorar el porvenir que se avecinaba. Por qué, pues, retrocedieron?

Las explicaciones del que sería secretario general de la CNT son más generosas. Pero Mariano R. Vázquez se pronunció ya con hechos concretos a la vista. Según él, si bien Cataluña era un paraíso, en Valencia la guarnición continuaba sublevada pero sin salir de los cuarteles. En Madrid se había triunfado, pero estaba amenazado por el Guadarrama. Además el censo anarquista era minoritario en la capital de España. En Aragón, Zaragoza, Huesca y Teruel estaban en poder del fascio, así como la mitad de la región. En Andalucía los que se oponían a la máquina militar de Queipo y Yagüe se batían en retirada armados de escopetas de caza. Las potencias extranjeras amenazaban con los movimientos de sus escuadras frente a Barcelona. El espectáculo del pueblo armado en la calle los horrorizaba. Miles de anarquistas de Cataluña estaban combatiendo en los frentes y, además, hubo que desprenderse de fusiles y ametralladoras para resolver la situación de Valencia y reforzar a Madrid y Andalucía. En estas condiciones, pensar en la revolución era pensar en el suicidio.

¿Pero, se sabían todas estas cosas cuando el grupo de anarquistas optó por la colaboración? Veamos. El primer acto colaboracionista de envergadura fue la constitución del Comité de Milicias Antifascistas. No tengo a mano la fecha de constitución. Pero se puede deducir teniendo en cuenta que Durruti formó parte de él. Pues bien, Durruti salió para Aragón al frente de su columna el 24 de julio. O sea cinco días después de iniciados los combates callejeros. La sublevación militar no quedó dominada hasta el 20. Son, pues, cuatro días. Casi el tiempo necesario para que el Comité de Milicias preparase la columna expedicionaria. Luego aquel comité de colaboración se constituiría inmediatamente después de la capitulación de Atarazanas y de la entrevista con Companys. O sea el 21 de julio. En pleno apoteosis del triunfo anarquista.

- IV -

Alguien podría objetar: «No hubo tal renuncia, puesto que se fue a la colectivización revolucionaria de la economía. Pues bien, la colectivización fue obra espontánea de los trabajadores. La movilización anarquista había empezado bajo la consigna de huelga general revolucionaria lanzada por los comités el 18 de julio. Y el 28 del mismo mes exactamente los mismos comités ordenaban la vuelta al trabajo sin más aclaración. Pues bien, las primeras incautaciones de industrias empiezan por los servicios : el 21 rompen el fuego los ferroviarios, el 25 los transportes urbanos, el 26 la electricidad. Se comprende este romper el fuego por los servicios pues serían los primeros solicitados por las necesidades. Para las otras industrias no hubo urgencia hasta hacerse sentir fuertemente sus necesidades. Los comités de abastos o alimentación siguieron en orden de necesidades para alimentar a la población y los propios combatientes que guarnecían las barricadas.

Hasta los primeros días de agosto no se ocupa la CNT oficial y orgánicamente de canalizar las colectivizaciones. Quiere decir que la colectivización ya era una realidad al nivel técnico de los sindicatos. Estos detentaban todo el poder económico. Para sarcasmo las altas cumbres de la CNT intervienen por primera vez para que prevalezcan las exenciones de las firmas extranjeras que reclaman imperativamente los consulados. Otro de los contrastes lo constituyó el gobierno de la Generalidad, el cual también colectivizó a su manera al apoderarse de los bancos y las cuentas corrientes. Con este poder financiero en sus manos las autoridades oficiales de Madrid y Barcelona hipotecaron la revolución. Los propios comités de empresas colectivizadas tuvieron que pedir de rodillas créditos a las autoridades para pagar a los obreros y para la obtención de materias primas. El Estado tenía a la revolución sujeta por el estómago. La revolución económica quedaba hipotecada a los bancos que dominaba su irreconciliable enemigo, el Estado.

Las realizaciones económicas, culturales, artísticas y demás se panteaban y se resolvían al margen de las preocupaciones dominantes en los comités superiores de la CNT. Estos comités estaban obsesionados por los problemas de la guerra, la actitud diplomática internacional y las querellas políticas. Una verdadera obra revolucionaria es como una obra de arte. Y alguien, dijo que para hacer grandes cosas hay que estar entusiasmado. Metidos en los vericuetos políticos, laminados por la máquina estatal, los flamantes hombres públicos perdieron pronto su inocencia y fueron una especie de entes maléficos que rompían cuanto tocaban.

- V -

Propiamente hablando no se trataba de una renuncia sino de una entrega de la revolución. No se puede perdonar a los anarquistas, que son los técnicos más competentes en interpretación de los mecanismos políticos del Estado, el ser fácil presa de unas previsiones trilladas en los textos más elementales de teoría. Y mal se puede creer en la ingenuidad de esos hombres cuando se les ve tan fácilmente adaptadizos a los protocolos de la escenografía política, aunque cazurros ante las humillaciones. En el período 1936-39 se daba el caso de una nueva clase emergente, heredera de todas las taras de la clase desaparecida. De este neoclasismo no estaba exento el movimiento libertario por lo que respecta a ciertos niveles.

Aquel salto fue un trauma para la psicología de ciertos militantes. Preparado con cierto sigilo, se empleó la prensa con sostenidos de sofistificación y lavados de cerebro. Una frase de Durruti, desgraciada como algunas suyas, o que tal vez no pronunció nunca, sirvió a las Oficinas de Propaganda como bombardeo de intoxicación. Hubo el caso de la prensa dirigida. Y la destitución desde arriba de redactores que no se sometían a consignas.

La CNT fue llamada a gobernar para que sirviera de expediente. Recién incorporada al gobierno de Madrid tuvo que dar el visto bueno a la impopular escapada del ministerio hacia Valencia. Se necesitaba a la CNT para ayuciar a levantar al Estado, robustecerlo y arrojarlo contra la revolución: es decir, contra la propia CNT. Lo primero fue recrear los cuerpos represivos. Después la militarización de las milicias y su puesta en el puño de los ministros de la Gobernación y de Defensa. No se hizo prácticamente la guerra para conseguir esto. Y después de logrado ya no había tiempo de hacerla. El tributo de la CNT-FAI fue la entrega de 200.000 combatientes controlados en las brigadas confederales. El Estado seguía reclamando, y cayeron en el saco de la burocracia incompetente e inútil las industrias colectivizadas que tenían que ver con la guerra. Hasta los propios políticos de la Generalidad levantaron el grito al cielo cuando la intervención por el Estado central de la industria de guerra de Cataluña.

En mayo de 1937 la población anarquista barcelonesa, todavía con el pelo de la dehesa revolucionaria, dijo ¡basta! cuando el designio de quitarle las armas se hizo descarado. ¡Lo que quedaba por ver! Los ministros y ministrillos de la CNT convertidos en cuerpo de bomberos. Extinguido el incendio, los bomberos fueron despedidos como se despide a una criada achacosa. La escalada comunista ocupaba la cumbre del Himalaya. Se vivió en adelante en un clima de dictadura policíaca y castrense. Esta escalada no tuvo más que un adversario eficaz: el giro desastroso de la guerra. Este achaque crónico hacía de contrapeso ¡oh, paradoja! cuando el clima terrorista se hacía insoportable. Cuando se desplomó eI frente de Aragón en marzo de 1938 y una racha permanente de bombardeos tenía aterrorizada a la población barcelonesa, la CNT fue invitada a participar nuevamente en el gobierno para reforzar moralmente a éste. Pero tuvo que hacerse bajo las condiciones humillantes que impuso Negrín: un sólo ministro, que él escogería de una terna, y una cartera anodina : la de Instrucción Púbica. Este rninistro seria derrocado con el resto del equipo de Negrín por la sublevación Mera-Casado que acabó con la dictadura comunista al final de la guerra.

- VI -

Y pasemos a resumir. El 19 de julio de 1936, una revolución totalitaría anarquista hubiera sido una catástrofe. Aunque ciertamente no de larga duración. Adivinar esto último fue el único poder de anticipación que tuvieron aquellos ombres. Luego no renunciaron a la dictadura anarquista sino en la medida que en cierta comedia clásica se renuncia a la mano de doña Leonor. Por la misma razón no hubo transigencia ni sacrificio ideológico en aras de la unidad antifascista. Aquellos hombres eran esclavos de una idea revolucionaria fija. Y al fallarles la oportunidad carecieron de imaginación para hacer a derechas otra cosa. En estas condiciones, faltos de una ética verdaderamente anarquista, hicieron lo que en circunstancias parejas se suele hacer vulgarmente. Optar por el menor esfuerzo.

Pues bien, a los anarquistas les está prohibido hacer lo que todo el mundo hace vulgarmente.

Pero vayamos al caso. ¿Qué es lo que se podía hacer? O en otros términos : dados los hechos en presencia, caso de repetirse, ¿cómo habría que proceder?

Nadie quiere minorizar la importancia del problema planteado a los anarquistas el 20 de julio de 1936 cuando se vieron con la situación en las manos sin saber quéhacer con ella. Lo que se les reprocha no es la renuncia a la dictadura anarquista sino haber optado por la contrarrevolución. El dilema que esgrimían : o dictadura o colaboración gubernamental, es falso. Del punto de vista anarquista la dictadura y la colaboración gubernamental son una cosa parecida. Y dos cosas parecidas no pueden constituir dilema. Contrarrevolucionaria es la dictadura y contrarrevolucionario es el Estado. Ahora bien, si en el gobierno figuran los anarquistas, se refuerza por una parte el poder contrarrevolucionario del gobierno al tiempo que se debilita la oposición revolucionaria. De lo que se infiere que el sólo hecho de no colaborar los anarquistas en el gobierno hubiese reforzado la oposición revolucionaria y hubiese debilitado al mismo tiempo la capacidad contrarrevolucionaria del Estado.

¿Qué se hubiese perdido la guerra más pronto? En primer lugar habría que demostrar que el Estado hizo algo para ganarla desde que vio la posibilidad de poder acabar con la revolución. Seguramente no hubiera sido éste el caso de habérselas con una posición revolucionara forzada por los anarquistas y un gobierno debilitado por su ausencia. Sustituyamos, pues, la pregunta «¿Qué es lo que se podía hacer?» por esta otra: «¿Qué es lo que no se debió hacer?», y tendremos la mitad de la cuestión resuelta.

Por otra parte hay que meterse en la cabeza que una revolución, como otra acción político-social cualquiera, valen ante todo como medios y no como fines. Se pierde una revolución o se gana no por el resultado final o episódico sino por la huella indeleble y positiva que sabemos dejar en ella. Las revoluciones, en su aspecto episódico, están sujetas a las leyes de la decadencia, quizás con más rapidez que las otras cosas. Sólo la sobreviven las realizaciones constructivas y éticas ejemplares. Ambas cosas suelen ser contagiosas. De la gran revolución francesa fueron contagiosos el jacobinismo y el socialismo. El marxismo y el anarquismo.

El destino episódico de una revolución es lo de menos. Lo importante es el contenido en ideas y realizaciones luminosas, constructivas, libres. Estas sobreviven a todas las derrotas episódicas. ¿Cuándo nos curaremos de la manía funeraria de «la victoria por encima de todo »? El triunfo por encima de todo, como el «renunciamos a todo menos a la victoria», no es revolucionario sino maquiavelismo. Es absurdo que los hombres luchen sin identificar un principio moral elevado con la victoria. El principio de « la victoria ante todo » es no tener principios. Una revolución cuyo desenlace no tenga en cuenta los escrúpulos a reprimir y las víctimas a inmolar es cualquier cosa contraria a una verdadera revolución. Y, a la inversa, una caída digna tras una serie de episodios fecundos, no es más que una derrota provisional. El libertario debe preferir siempre estas «derrotas» a aquellas «victorias».

Pero vayamos a lo que importa. Con sus 200.000 hombres armados y cerca de un millón de afiliados organizados en los centros de producción, los anarquistas representaban una potencia económica formidable y una fuerza de disuasión no menos respetable. Haberse empleado en conservar esta fuerza, en articularla, fortalecerla, de cara a la guerra, de cara al Estado agresivo y de cara a la revolución, nos hubiera hecho imbatibles y nuestro servicio al antifascismo hubiera sido, al mismo tiempo, más eficaz. De la revolución del 19 de julio permanecerá como lección para las futuras generaciones, ante todo el ejemplo de un pueblo que no se dejó intimidar cuando todo el mundo besaba rastreramente, sacudido por el pánico, las huellas del caballo de Atila y del oso del Kremlin. En Barcelona y Madrid el 19 de julio de 1936 ; en Barcelona y en Madrid el 3 de mayo de 1937 y el 4 de marzo de 1939, respectivamente, el pueblo español riñó una batalla épica contra el fascismo sin distinción de color. Permanecerá el sufrimiento de este pueblo en su estoicismo, en su generosa donación de sangre en los frentes, en su hambre, en su éxodo o en su suplicio la cárcel y el paredón, en el universo concentracionario y en el horno crematorio.

Y permanecerá la obra socializadora de los sindicatos de la CNT, sus realizaciones culturales y artísticas sin pose, el sueño bucólico de las colectividades del campo, expresión de lo que mejor hay en el hombre: la solidaridad y el apoyo común en la sencillez. Emergerán todas las obras positivas llevadas a cabo con emoción, entusiasmo e imaginación. Irán barranco abajo los despropósitos y las villanías levantados sobre arena o en el fango.

José PEIRATS 1966

Adaraciones a unas apostillas

En el número 36 de la revista Noir et Rouge (diciembre de 1966) he visto una traducción de mi respuesta a la encuesta de Presencia (N° 5), ametrallada dee notas al pie de página. No me propongo refutar a mi anónimo anotador, sino aclarar algunas de las afirmaciones - mías o suyas - como no es dable hacer al correr de la pluma. Me mueve el hecho de que Noir et Rouge haya dado mi trabajo en pasto a la disección de sus lectores. A los cuales, dichas anotaciones, pudieran predisponer erróneamente. Apos-tillaré, pues, a mi vez lo extenso que requieran los casos.

El anotador (nota 1) pone en duda mi afirmación de que ciertos militantes destacados hurtaran el cuerpo a veces a toda dependencia orgánica. Al referir-me a García Oliver, Ascaso y Durruti, había tenido en mientes, entre otros, este caso concreto: En 1933, después del fracasadointentoinsurreccional del 8 de enero, alguien pidió explicaciones en el seno de la Federación Local de Grupos Anarquistas de Barcelona. La respuesta fue que Ascaso, Durruti y García Oliver no estaban controlados por la FAI. Personalmente tuve confirmación de esta despampanante respuesta cuando en 1934, o sea el año siguiente, fui secretario general de dicha Federación. Efectivamente,aquellos compañeros no pertenecían a ninguno de los grupos controlados por la FAI en Cataluña. Y, sin embargo, en las tribunas eran los que llevaban la voz cantante de la organización específica.

La explicación la encontrará el lector en un libro que acaba de publicar Ricardo Sanz. Me refiero a El sindi-calismo y la política. Este libro esta destinado a resaltar las actividades del grupo «Los Solidarios», que era una especie de núcleo autónomo en el sentido más amplio de la palabra. A este grupo pertenecían los compañeros antedichos.

Yo no he querido simplificar la táctica revolucionaria de Bakunín como se me reprocha en la nota 2. En todo caso la simplificaban aquellos compañeros que en el período que estamos tratando hacían una revolución cada año (a veces dos), bajo la advocación bakunista, a cual mas simplificada. Se pone en solfa mi apreciación (nota 3) de que los movimientos insurreccionales de 1933 carecieron de base popular. Para corregirme se recurre a los reportajes que publicó Eduardo de Guzmán en La Tierra de Madrid, que eran periodísticamente eufóricos por necesidad y hasta por deformación profesional. Aprovecho para aclarar que el director de La Tierra era un tal S. Cánovas Cervantes y no Eduardo de Guzmán. Este dirigiría durante la guerra el periódico confederal Castilla Libre. No conozco el artículo de Miguel Foz, pero estoy en medida de saber del espíritu de sacrificio de nuestros compañeros para enrolarse en aventuras caballerescas, muchas veces a sabiendas de su esterilidad. Pero de esta inmolación voluntaria y personal a un movimiento de envergadura popular va un trecho respetable. Está en claro que este factor popular decisivo no entró ni mucho menos en juego en los movimientos insurreccionales que mencionamos.

Al insertar en mi artículo extractos del manifiesto de los «Treinta» no fue para poner en evidencia la tendencia de Durruti como mi anotador afirma. Fue como base crítica y de confrontación de las tesis en presencia. Y aquí se me habrá de permitir otra herejía. En el llamado «Trío de la bencina» Durruti no era el hombre motor ni la eminencia gris sino el impulso y la generosidad desbordantes. Los otros papeles corresponden más bien a Asca-so, por su fría perspicacia y a Oliver por su fantasía arrebatada y arrebata-dora. Otra aclaración es que Pestaña no fue fundador de un «partido anar-quista» sino del Partido Sindicalista político.

Se me reprocha también (nota 6) no conceder la palabra a los representantes de la tendencia faísta. Lo hace mi anotador dándosela a Federica Montseny. Pues bien, Federica Montseny no pertenecía a la FAI en aquellas fechas, y, posiblemente, tampoco a la CNT. Hasta que no se reorganizó el sindicato de Profesiones Liberales era difícil poder ingresar en nuestra orga-nización si no se era asalariado.

Otra aclaración muy importante (a la nota 7) es que el término nosaltres sols, empleado por V. Orobón Fernández en su famosa requisitoria de principios de 1934, no se dirigía a los anarquistas catalanes. Es imaginario querer deducir de esta frase que hu-biera una guerra civil entre anarquistas catalanes y castellanos por cuestiones de regionalismo. La frase alude al prejuicio en ciertos niveles del anarquismo español, que consiste en un exclusivismo revolucionario autosuficiente. Y nobleza obliga aclarar la nota 9. Es cierto que Largo Caballero ccolaboró con la dicta-dura de Primo de Rivera como consejero de Estado. De esto a hacerle partidario de aquella dictadura nos parece un exceso de celo. Tampoco es exacto que él mismo se otorgase el título de Lenin Español. Coinciden muchas fuentes en que Caballero descubrió a Lenin cuando estuvo en la cárcel la última vez. El título fue un regalo de los comunistas. Un regalo envenenado, como todos los suyos.

Fue García Oliver quien se pronunció por la toma dei poder en una conferencia pública que dio en el local del sindicato de la Madera de Barcelona en enero o febrero de 1936. También había hecho esta afirmación en una reunión muy restringida de notables que se había celebrado antes en una de las secretarías de la redacción de Solidaridad Obrera. Entre los notables que estaban en la reunión recuerdo a Pedro Herrera, Santillán, Liberto Callejas y puede que J.J. Domenech. En aquella reunión se trataba de convocar una conferencia regional de sindicatos de Cataluña para evitar una campaña antielectoral como la que en noviembre de 1933 hizo perder las elecciones a las izquierdas. Estaban en vistas las elecciones del 16 de febrero y había miles de presos en las cárceles por lo sucesos de octubre de 1934. Plausible que fuera la intención, ello no quita que el conciliábulo se tuviese a espaldas de la Organización. De allí salió indudablemente la convocatoria de la conferencia que, efectivamente, reco-mendó una campaña antielectoral moderada. Tanto, que apenas tuvo lugar.

Tal vez alguien se pregunte cómo es posible que yo, que no formaba parte de la reunión, esté tan bien enterado. Yo era en la época redactor de noche de Solidaridad Obrera, y ocupaba una secretaría contigua. Las secretarías eran simples biombos de madera y no había techo. Además, el compañero Liberto Callejas iba y venía de una secretaría a la otra para comentar conmigo el desarrollo de la reunión. Lo hacía escandalizado al repetirme las afirmaciones de García Oliver.

No recuerdo exactamente en qué fecha y lugar pronunció Federico Urales su atrevida frase: «Dictadura por dic-tadura, la nuestra». En todo caso, en Solidaridad Obrera del martes 29 de septiembre de 1936, él mismo publicó un artículo en el que al justificar la táctica circunstancialista política se declaraba partidario de la dictadura del proletariado. No tengo delante el texto
pero lo que indico es una buena referencia.

Al aclarar las apostillas 16 y 17 me veo obligado a extenderme un poco más. Escribí en mi artículo de Pre-sencia : « La renuncia se hacía precisamente en el momento en que un grupo de notables de la CNT-FAI había ido a la Generalidad a escuchar las lisonjas que tuvo a bien prodigarles el presidente Companys. Para el historiador este grupo de notables, en el curso de un corto intervalo, entró como vencedor y salió como vencido ».

Mi anotador, a su vez, escribe : « La renuncia se hizo en una asamblea extraordinaria de todos los sindicatos de Barcelona y de Cataluña el 20 o el 21 de julio. La cuestión de la dictadura anarquista, de la realización del comu-nismo libertario, fue planteada por García Oliver y rechazado por la asamblea. Es curioso que nadie entre los historiadores haya citado esta reunión». Por si uno de esos historiadores fuese yo, puedo asegurar que nunca he tenido en manos ningún texto que se refiera esta asamblea. Pero la mención de “asamblea extraordinaria” es muy significativa. Indica que lo convocado fue una reunión de militantes al nivel regional y no un pleno regular con un oden del día regular a discutir regu-larmente por los sindicatos. Sino que fue una reunión de información a base de representantes de las federaciones, que no tenían atribución para pronunciarse. Plenos como estos se celebraron a menudo durante aquella época. El primer Pleno que podríase considerar regular fue el celebrado en Barcelona por los sindicatos de Cataluña el 24 de septiembre de 1936.

Mi anotador se refiere posiblemente a lo que afirma Mariano R Vázquez el informe del Comité Nacional de CNT al congreso de la AIT de diciembre de 1937. En aquel informe Vázrquez escribe lo siguiente:

«El día 21 de julio de 1936, se celebró en Barcelona, convocado por el Comité Regional de Cataluña, un Pleno regional de Federaciones Locales y Comarcales. En el mismo se analizaba y determinaba unánimemente no hablar de comunismo libertario mientras no conquistáramos la parte de España que estaba en poder de los facciosos. El Pleno decidía, por lo tanto, no ir a realizaciones totalitarias, por encontrarse en el dilema de que o imponía su dictadura, anulando violentamente a todos los que junto a ella - guardias o militantes de otros partidos - habían colaborado el 19 y 20 de julio en el triunfo sobre las fuerzas sublevadas, dictadura que, por otra parte, sería ahogada por el exterior aunque se impusiera en el interior. El Pleno se decidió por la colaboración y acordaba formar, con el voto en contra de una sola Comarcal, Bajo Llobregat, junto con todos los partidos y organizaciones, el Comité de Milicias Anti-fascistas. A él mandó la CNT y la FAI sus representantes por resolución de dicho Pleno».

Véase confirmado oficialmente que no se trata de una reunión de sindicatos sino de Comités Locales y Comar-cales. En suma: un Pleno de Comités. El segundo aspecto es que el Pleno acordó que la CNT-FAI formara parte del Comité de Milicias Antifascistas que, como veremos, había sugerido Com-panys. El tercer aspecto a retener es el de la fecha de este Pleno. Mariano R. Vázquez afirma que tuvo lugar el 21 de julio. Y debió saberlo pues en esa misma fecha era secretario regional de Cataluña. Si mi anotador no me hubiese suprimido al traducirme dos grandes párrafos, so pretexto de que polemizo, cuando todo mi artículo podría ser considerado polémico, sabríamos que el Comité de Milicias Antifascistas se formó ese mismo día 21 de julio. O sea inmediatamente después de terminar el Pleno. Prueba evidente de que todo estaba preparado para que los delegados convocados dieran simplemente su consentimiento.

Veamos, si no, lo ocurrido en la famosa entrevista con Companys. Es el propio García Oliver quien la describe en un artículo publicado en Solidaridad Obrera el 19 de julio de 1937. O sea un año más tarde. La entrevista tuvo lugar el día 20. GO escribe que llamados por el presidente Companys acudieron a la Generalidad «armados hasta los dientes, descamisados y sucios de polvo y humo». Llegaban, pues, de la barricada. El presidente los recibe de pie, los saluda como vencedores y lamentó haberlos perseguido « hasta anteayer » (o sea el 18 de julio). Estamos, pues, a 20 de julio.

Sigue hablando Companys para de-cirles que la CNT es dueña de Barcelona. Y que si no lo necesitan como presidente se retirará para ser un simple soldado en la guerra contra el fascismo. Por lo contrario, si creen que él y su partido pueden serles útiles, en otro salón están reunidos todos los representantes de los partidos anti-fascistas. Companys se ofrece para presidir la reunión con vistas a formar «un órgano apto para proseguir la lucha revolucionaria hasta afianzar la victoria ».

« Nosotros -dice García Oliver- habíamos sido llamados para escuchar. No pedíamos comprometernos a nada. Eran nuestras organizaciones las que habían de decidir ».

Pero la verdad es que asintieron en reunirse con los elementos políticos, entre los cuales estaban Andrés Nin y Juan Comorera. Cuando lo normal era no tomar ningún contacto con los partidos antes de que la Organización se pronunciase sobre el fondo del problema planteado. En fin, mi anotador afirma que en la asamblea o pleno del 21 GO planteó la cuestión de dictadura anarquista o comunismo libertario y que no fue seguido por la asamblea. Yo afirmo que si lo hizo fue sin convicción, convencido más bien de que la dictadura anarquista tenía el fracaso por delante. La dramática disyuntiva fue planteada para mejor apoyar su opción colaboracionista. Se renunciaba, pues, a la mano de doña Leonor, como aquel personaje de la comedia «La pata de cabra». En realidad doña Leonor había renunciado a él previamente con sus repetidos desplantes. GO confirmaeste paso de comedia al escribir arrogantemente : “ La CNT y la FAI se decidieron por la colaboración y la democracia, renunciando al totalitarismo revolucionario que había de con-ducir al estrangulamiento de la revolución por la dictadura confederal o anarquista ».

No creo necesario ocuparme del resto de las 41 notas. Pero sí vale la pena decir, que después del 19 de julio la mayor parte de los militantes se fueron al frente, poblaron los numerosos organismos propios u oficiales o acudieron a los pueblos y pequeñas ciudades del interior para predicar el nuevo evangelio de la colectivización. La dirección de los sindicatos poblóse de elementos inéditos nada o poco exigentes con las practicas orgánicas tradicionales. Los militantes veteranos situados en los cargos oficiales, en los mandos del ejército y en los comités superiores de la CNT-FAI ro tenían tanto interés por que la tradición federalista pre-valeciera. Era fácil convencer a los inéditos sobre la necesidad de dar mayor agilidad a la maniobra orgánica dadas las dramáticas exigencias de la guerra. Hacerles comprender que para seguir el ritmo que imponían los partidos políticos con quienes se colaboraba era necesario imitarles en sus procedimientos centralistas. Y era también fácil reducir a los pocos «pieles-rojas» irreductibles con coacciones manifiestas, maniobras de asedio y amenazas. Las iniciativas empezaron a partir de arriba. Había más asambleas de información que plenos. Y estos no podían hacer otra cosa que debatirse contra hechos con-sumados. Aquel sentido democrático tan particularmente nuestro se fue rarificando. Así fue sancionada la cola-boración con los políticos apadrinada por el grupo de notables el 21 de julio. Así hubo que inclinarse ante la cola-boración en el gobierno. Así hubo que capitular ante el Comité Ejecutivo del Movimiento Libertario. Así hubo que aceptar el « alto al fuego » cuando la provocación stalinista de los sucesos de mayo.

Aceptando el fatalismo de hechos, no es menos cierto que el movimiento libertario careció de imaginación al saltar de un brinco de una posición revolucionaria rabiosa al polo opuesto de su colaboración en la misión reaccionaria del Estado. Este terrible salto fue cuestión de horas.

José PEIRATS 1967