Téllez Antonio Solá La red de evasión del grupo Ponzán - anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Res. 25

Téllez Antonio Solá La red de evasión del grupo Ponzán - anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Res. 25

Sábado 4 de marzo de 2006, por frank

Téllez Antonio Solá La red de evasión del grupo Ponzán - anarquistas en la guerra secreta contra el franquismo y el nazismo (1936-1944), Barcelona, Virus, 1996, 414 pp. Res. 25

Se trata ante todo de un libro de defensa y homenaje a la acción y a la memoria del grupo anarcosindicalista español (con múltiples colaboradores franceses e ingleses, belgas, principalmente) dirigido por Francisco Ponzán entre 1939 y su asesinato cerca de Toulouse por la Gestapo en 1944.

Tenía treinta y tres años. Aragonés, hijo de ferroviario, maestro y en parte influenciado por Ramón Acín (profesor de artes plásticas - y pintor ahora reconocido - en la escuela normal de maestros de Huesca y propagandista admirado que formó múltiples anarcosindicalistas, combatientes antifascistas temibles y temidos), afiliado a la CNT desde los dieciocho años, combatió casi sin cesar de 1936 a 1944, con el objetivo de una CNT eficaz. Fue miembro del Consejo de Aragón y logró escapar a la represión ordenada por Negrín y Prieto y aplicada por el general Líster en agosto de 1937. Se integró luego en la 28 división (mandada por el cenetista Jover) como oficial y especialista del espionaje en 1937-1939.

La obra describe tanto las actividades específicamente libertarias y antifascistas como los meandros de los servicios secretos inglés, de De Gaulle, de Pétain y Vichy (éstos dos con cierta autonomía y opacidad). La red animada por Ponzán hizo pasar de Francia a Inglaterra pasando por España y Portugal a centenas de combatientes (sobre todo pilotos aliados de aviones derribados, escondidos en la Francia ocupada por los nazis, trasladados clandestinamente a la zona petainista) y, además, a antifascistas (a veces personalidades políticas). Uno siente dolor ante tanto heroísmo y generosidad desplegada y tan poco agradecimiento en Francia, y de haber actuado en Gran Bretaña hubiera sido por supuesto igual. Para los Estados los buenos anarquistas son los anarquistas muertos o quienes cuyas ideas están muertas.

Antonio Téllez convivió con los guerrilleros antifranquistas y, hacia 1947, al percatarse que dado el contexto militar e histórico iban a la masacre, les dedicó toda su vida (y mayormente los últimos años, cuando su salud era precaria). Por lo menos así recuerdo lo que me dijo hacía principios de 1972, cuando le publicamos en el exilio su primer libro sobre Sabaté. Dejo de lado la responsabilidad y las pocas luces de quienes - en la cúpula del movimiento libertario en exilio y en el interior - no fueron capaces del mismo análisis y de parar la sangría mortal de héroes.

A un año de la partida de Téllez es preciso fijar brevemente sus calidades de historiador como - la confianza que supo comunicar a los compañeros, amigos y familiares de los militantes desaparecidos para que le comunicasen datos, documentos y testimonios ; - la fruición por los detalles (fotos e indicación de los dos apellidos) sin dejarse desbordar por los mismos ; - la capacidad de sintetizar las reacciones y el carácter de las personas estudiadas ; - la síntesis de las circunstancias y un seudo alejamiento de la situación global del exilio y del movimiento anarcosindicalista español.

Como ejemplo de este rasgo, los títulos de los últimos capítulos de La guerrilla urbana en España Sabaté (París, 1972): “Exterminio, Complicaciones, Desesperanza, la muerte, Colofón” y la última frase “ciertos inhibidos [que] justificarían más tarde sus teorías despreciando a estos combatientes aislados.” La edición de Virus (Barcelona, 1992), Sabaté, guerrilla urbana en España (1945-1960), termina con los mismos capítulos, la misma frase y agrega uno sobre Capdevila, con ese final : “En Francia, nuevamente, sus compañeros de lucha guardaron prudente, pero incalificable silencio. Ni una sola voz se levantó para explicar al mundo quién era el caído. El régimen dictatorial de España segó su vida, pero el MLE hizo el trabajo de sepultero.”

Como para Facerías, al dedicar una obra magna y magnífica de rigor sobre Francisco Ponzán, Antonio Téllez salva la memoria de un compañero injustamente olvidado más de cincuenta años antes de esta publicación. Fiel a su constancia de no abordar detalladamente un conjunto, el historiador no plantea los primeros días del golpe fascista, la posición de espera, hasta pacifista de algunos dirigentes cenetistas de valor, como Ramón Acín en Huesca, Abós y otros (sin duda a causa de la masonería en aquel momento presente entre los insurrectos y los antifascistas) en Zaragoza. Tal ceguera y tal procedimiento sabotearon profundamente la autodefensa de los trabajadores y los antifascistas en general, cenetistas en particular. Dicho de otro modo, sólo se puede combatir por la violencia a los fascistas golpistas.

Otro problema, la CNT debilitada, durante los años que precedieron julio de 1936, por el conflicto entre los partidarios de la revolución inmediata - los faístas, Durruti, García Oliver, etc. - y los de una preparación revolucionaria - los treintistas, Pestaña, Peiró, etc. -, a menudo considerados como reformistas. Téllez da el ejemplo de uno de los fundadores de la Columna de Hierro (ver el pleno de milicias confederales), Francisco Mares (p. 150), que era treintista. Más allá de los debates artificialmente inflados, tenemos que permanecer lúcidos, actuar como libertario y construir de modo revolucionario sin obnubilarnos por las etiquetas.

El proyecto de Ponzán (especialista del contraespionaje durante la guerra y organizador de bases de información e infiltración en las zonas ocupadas por los franquistas desde fines de 1938 e inicio de 1939) de cara a la CNT era : “renacer en muchos corazones la fe que perdieron [...] Utilizar en primer lugar los compañeros que trabajen por Inglaterra y Francia y servirse de sus medios. Segundo, destinar una pequeña partida de dinero para los fines españoles. Y, tercero, no olvidar la acción, base del triunfo. ” (1939, p. 162) El Consejo General del Movimiento libertario no lo tuvo en cuenta en absoluto. En febrero de 1942, Ponzán proponía a un compañero partidario de una acción cenetista antifranquista (Juan Manuel Molina) una serie de consejos : “ Enterrar los sagrados principios y pensar en el siglo que vivimos. Dar aire a nuestras ideas y asomarse al mundo. Que los hombres puedan comprendernos y vean en nosotros valores para el futuro. [...] Ser intransigentes en lo que a la política se refiere y alejar la Organización de la misma. Excepción hecha de los municipios. [...] Nuestra Organización debe tener una sola dirección con un Comité ejecutivo. Menos asambleas y más disciplina. [...] El capitalismo se hunde y con él todas las doctrinas pseudorrevolucionarias. [...] Conservar la independencia. Y sobre todo renovarse. Que los pueblos vean somos nosotros los que rectificamos y enterramos aquello que creemos, y es absurdo. ” (pp. 311-312)

Estando en la acción, las ideas libertarias sólo pueden fundirse en movimientos de masas. Ponzán basaba su análisis sobre una asimilación del franquismo al nazismo y al mussolinismo, y una lucha única de los aliados contra esos tres flagelos. La experiencia histórica enseña que los enemigos de la víspera pueden convertirse en aliados luego. Sobre todo cuando, durante la guerra civil española, la finalidad de los países capitalistas y marxistas leninistas era enterrar la revolución social.

Ponzán propuso ideas contradictorias : por una parte, la adaptación del anarquismo a las necesidades diarias (de modo desgraciadamente demasiado escueto); por otra, disponer de un organismo poderoso y eficaz. Sobre este último punto, considero que sin rotación de las tareas y revocación permanente de la base a la cúpula, la dirección que puede ofrecer una organización es solamente una desviación autoritaria hacia el individualismo (por la vanagloria, por el dinero), como fue en parte el caso de la CNT durante la guerra civil y en el exilio.

(Les Temps maudits - N °1, junio de 1997, revisado en 2005)