Memoria de Angel Pestaña sobre el II Congreso de la Tercera Internacional

Domingo 16 de abril de 2006, por Pestaña Angel

El interés de este folleto es múltiple porque enseña que una adhesión espontánea poco meditada (“Lo dicho por las agencias oficiosas y oficiales fue lo suficiente para que nos declaráramos defensores incondicionales de la revolución rusa... nos pusimos incondicionalmente al lado de la revolución”) puso la CNT en aprieto.

Pestaña supo defender las posturas confederales :

“La revolución, según mi criterio, camaradas delegados, no es, no puede ser, la obra de un partido. Un partido no hace una revolución; un partido no va más allá de organizar un golpe de Estado y un golpe de Estado no es una revolución.... Decirnos que sin Partido Comunista no puede hacerse la revolución, y que sin ejército rojo no pueden conservarse sus conquistas, y que sin conquista del Poder no hay emancipación posible, y que sin dictadura no se destruye a la burguesía; es hacer afirmaciones, cuyas pruebas nadie puede aportar. Pues si serenamente examinamos lo sucedido en Rusia, no hallaremos de tales afirmaciones ninguna confirmación. Vosotros no hicisteis solos la revolución en Rusia; cooperasteis a que se hiciera y fuisteis más afortunados para lograr Poder.”

Pestaña, gracias a su analisis libertario, supo prever el fracaso bolchevique :

“Centralización absoluta; disciplina y cooperación con el Partido Comunista. Además, todos los cargos retribuidos, permanencias, secretarías, propaganda, comisiones de todas clases. Comités Nacionales de Federación de oficio o de toda la organización deben estar en manos de comunistas probados, para evitar que los dirigentes de la organización pongan ésta al servicio de la burguesía imperialista de todos los países, como sucedió en 1914. Hay que evitar una nueva traición de los jefes del movimiento sindical.

Combatí este criterio en el seno de la Comisión dictaminadora. Dije que la falta de lo ocurrido en 1914 con las organizaciones sindicales de todos los países beligerantes no radicaba precisamente en los hombres que estaban al frente, sino en la constitución interna de esas mismas organizaciones, que permite, a causa del centralismo absorbente y de la burocracia, que destruye toda la iniciativa individual; el que muchedumbres considerables acepten lo que un hombre les dice sin oponer una idea propia ni un razonamiento.

Que si es cierto, como afirma la ciencia y numerosas pruebas vienen cada día a demostrarlo, que la función crea el órgano, si no se modifican los sistemas de organización, por muy comunistas que sean sus nuevos directores, después de un cierto tiempo caerán en los mismos vicios que se pretende combatir.”

Pestaña denunció las zacandillas organizacionales del congreso :

“La presidencia hace el reglamento del Congreso, lo preside, como es natural; cada proposición nueva que se hace, aparte las tesis, o temas propuestos por el Comité del organismo que celebre el Congreso, deben ser presentados por escrito y a la presidencia, la cual dictamina si debe o no discutirse la proposición. Si lo acepta puede introducir modificaciones, aun cuando el criterio del autor sea opuesto, y si no lo acepta, puede el autor apelar al Congreso; pero como la presidencia se nombra de forma que representa a la mayoría, es como si se pidiera peras al olmo.

... intervino Souchy, el delegado de los sindicalistas alemanes, pronunciando un discurso importantísimo por el fondo y por la manera de abordar el problema antielectoral que imponía el Comité; pero a lo más recio de sus razonamientos, como habían transcurrido los diez minutos, se le retiró el uso de la palabra; sin embargo, a sus contradictores se les dejó hablar el tiempo que les vino en gana. Eso de los diez minutos era una ratera, y, según qué ratones, pasaban y repasaban y la trampa sin caer.”

Reproducido según la edición de Antonio Elorza Trayectoria Sindicalista, Madrid, Tebas, 1974, pp. 441-493

Relectura y presentación de Frank Mintz

Memoria que al Comité de la C. N. del T. presenta de su gestión en el II Congreso de la Tercera Internacional el delegado Angel Pestaña, Bibl. “Nueva Senda”, vol. III, Madrid [¿1921?]

Presentamos el segundo trabajo de “Nueva Senda”, titulado “Memorias”, del compañero Angel Pestaña, que fue como delegado de la C. N. del T.

Debido a las discrepancias existentes en la actualidad, creemos se acogerá con interés este folleto, pues aclarará algunos puntos sobre el ingreso o no a la Tercera Internacional.

No queremos hacer objeciones de ninguna clase que puedan favorecer o perjudicar al compañero Angel Pestaña; los hechos y el tiempo nos convencerán de lo que hubiere de cierto o incierto en este trabajo.

I

Una serie de noticias, a cual más confusas y contradictorias, empezaron a llegar de Rusia y circularon por toda Europa en las postrimerías del año 1917.

Nadie ignoraba ya que el zarismo había muerto en las jornadas de marzo del mismo año, pero por esta misma razón las noticias resultaban más impresionantes, pues como en ellas se hablaba de un nuevo movimiento revolucionario, podía dudarse si se trataba, en efecto, de un paso adelante dado por el pueblo ruso, o bien de un paso atrás.

¿Cómo extrañarse entonces de la duda y de la inquietud que sembraban tales noticias en cuantos habíamos respirado satisfechos al saber que el zarismo había pasado a mejor vida?

Porque, asombrarse, nos preguntábamos todos: “¿Qué ocurre nuevamente en el intenso país de los zares, tierra de injusticias y de tiranía, pero también de gestos gallardos y sublimes?” Ocurre que el pueblo, cansado ya de sufrir la nueva tiranía, ha destruido el régimen que se le quería imponer.

A partir de este momento no cejamos en querer averiguar lo que en el país de las estepas interminables había sucedido. Pronto se encargaron de decírnoslo las agencias oficiosas de todos los Gobiernos.

En Rusia, dijeron, se ha hecho un nuevo movimiento revolucionario sin precedentes en la historia. El régimen capitalista ha sido abatido definitivamente, implantando en su lugar el comunismo.

No necesitamos saber más. Lo dicho por las agencias oficiosas y oficiales fue lo suficiente para que nos declaráramos defensores incondicionales de la revolución rusa. Al mismo tiempo la burguesía, percatada del peligro que se le venía encima, se declaró adversaria irreductible y la combatió a sangre y fuego.

La lucha se hizo empeñada entre defensores y adversarios de la revolución rusa. Amigos y enemigos nos apostrofamos de lo lindo.

Al decir de unos, causaba espanto y horror contemplar aquel espectáculo. No eran revolucionarios, sino verdaderos asesinos. El crimen, al asesinato, el robo, el incendio, el saqueo, el pillaje, todo cuanto puede ocurrírseles a una horda de salvajes para satisfacer sus odiosos instintos, había sido puesto en práctica por los que se habían apoderado del Gobierno y despojado de su autoridad a los mandarines del régimen de Kerensky.

Según los otros, nada más hermoso. El pueblo, cansado de sufrir una tiranía secular y odiosa, había tomado las armas y barrido, como un vendaval furioso barre un campo de hojas secas, lo que parecía tan bien arraigado que hubiera hecho creer tenía raíces que llegaban al centro de la tierra.

Las riquezas que antes pertenecían a la casta de privilegiados habían sido declaradas comunes.

Los palacios, desalojados sus antiguos habitantes, habíanse instalados en ellos los que hasta aquel momento habitaban infames zahurdas.

En las fábricas, los ingenieros y directores venían a ser considerados como un obrero más. La tiranía que habían ejercido hasta entonces pasaba a la historia. En vez de ser los representantes de un señor que se enriquecía sin preocuparse más que de gastar lo que ellos le ganaban, eran los representantes del interés común, del interés del pueblo.

La tierra, tantas veces regada con el sudor de la frente del campesino, y muchas, no sólo con el sudor, sino con la propia sangre, no era propiedad de nadie, se había convertido en la propiedad de todos.

Los privilegios de casta y de clase, que tan odiosos se hacían en aquel país, por lo insultantes, quedaban totalmente suprimidos. En lo que había sido vasto imperio, dominado por una casta privilegiada, no quedaban más que ciudadanos de un país libre.

Nos hallábamos, pues, ante un acontecimiento de extremada importancia, pero sin poder precisar su alcance, ya que no sólo habíamos de pensar en la distancia que nos separaba de Rusia, sino también en la lucha fratricida que asolaba los campos de Europa, impidiéndonos conocer el alcance de lo que en Rusia había pasado.

No obstante todas estas dificultades, consecuentes a nuestros principios revolucionarios, desde el primer momento, sin titubeos vergonzosos, sin conocer exactamente el alcance de la revolución, ignorando si sus tendencias se aproximaban a nuestro pensamiento, pero convencidos de que toda revolución destruye un eslabón de la cadena del pasado, acercándonos algo más a lo porvenir, nos pusimos incondicionalmente al lado de la revolución, y en la tribuna, en la prensa, con la palabra y con la pluma reivindicamos a nuestros hermanos de clase de los feroces ataques que les hacía blanco la burguesía.

Empeñados en este combate de ciegos, pues ni los que negaban la revolución sabían por qué negaban, ni los que la afirmábamos sabíamos por qué afirmábamos, vino a celebrar su primer Congreso, después de la reorganización en 1916, la “Confederación Nacional del Trabajo”.

La ocasión no podía ser más propicia. Pues aparte la simpatía que hacia la revolución rusa habían mostrado todas las organizaciones sindicales a la Confederación adheridas, nos hallábamos ante el hecho de la organización de la Tercera Internacional, muerta a mano airada en los apacibles y caliginosos días que vieron fenecer al mes de julio y ocupar su puesto al de agosto de 1914.

La Tercera Internacional, recién organizada, llamaba a su seno a todo el proletariado revolucionario del mundo.

¿Permanecería sorda la Confederación española al llamamiento amoroso de sus hermanos los rusos?

Pronto lo íbamos a saber.

Convocado el Congreso para los días 10 al 20 de diciembre de 1919, en el Teatro de la Comedia, de Madrid, plantearíase en él la cuestión, decidiéndose si permaneceríamos al margen del llamamiento, aunque asistiendo con nuestra simpatía a la revolución, o bien nos incorporaríamos definitivamente a ella.

La solución no se hacía esperar, y hasta podían augurarse sus resultados.

Sin una sola protesta, por unanimidad absoluta, interpretando los delegados allí reunidos el sentir de la clase trabajadora española, acordaron la adhesión a la Tercera Internacional de Moscú. Nuestra simpatía por la revolución la entregamos en aquel voto de adhesión, sin reticencia alguna, como la hermosa enamorada se entrega al hombre de sus amores.

Pero en ese mismo Congreso afirmamos nuestros principios, por una declaración unánimemente aceptada, y nos dijimos: comunistas libertarios.

También se planteó en el Congreso la necesidad de que camaradas debidamente autorizados fueran a Rusia para estudiar la situación del país, presentar nuestra adhesión y luego informar a los obreros españoles acerca de lo que había visto.

Terminadas las tareas del Congreso, y apenas de retorno el Comité Confederal a Barcelona, preocupóse activamente de cumplimentar los acuerdos tomados.

Lo esencial era designar la delegación, aun cuando no resultaba difícil encontrar compañeros que pudieran desempeñar tal cometido.

Entre los compañeros militantes conocidos hay dos que, por sus condiciones especiales de capacidad y cultura, y, sobre todo, por su ecuanimidad y preparación, eran los llamados a satisfacer plenamente los deseos del Congreso. Su designación por el Comité Confederal se hizo sin la menor observación. Sólo faltaba comunicárselo y que ellos aceptaran. Pero los compañeros Pedro Vallina, de Sevilla, y Eleuterio Quintanilla, de Gijón, que eran los indicados, por azares atendibles, declinaron el ofrecimiento y rogaron fueran sustituidos, ya que les era imposible acceder a lo que de ellos se demandaba. Era un contratiempo molesto que precisaba solventar.

Reunido el Comité, acordó dirigirse a los compañeros Eusebio Carbó, de Valencia, y Salvador Quemades, de Barcelona, ofreciéndoles la delegación a Rusia. Estos compañeros, después de varias consultas, aceptaron la designación. Sólo faltaban los preparativos del viaje, y éstos empezaron rápidamente.

Todas estas gestiones se realizaban en el crítico momento en que la represión se había desencadenado de nuevo sobre la organización sindical barcelonesa, lo que no fue obstáculo para que prosiguieran, sin sufrir interrupción, aunque con más lentitud, pues como los compañeros designados para ir a Rusia y a los del Comité la Policía les iba a la zaga, había que guardarse para no caer en sus garras.

Como parecía que la represión iba a ser cruenta y de duración indefinida, teniendo además que aguantar el lock-out de la Patronal, y presintiendo que los deseos del Gobierno eran darnos la batalla en regla, reunióse el Comité Confederal y acordó, adelantándose quizá a futuros acontecimientos, recabar la solidaridad, proponiéndoles declarar el boicot a las mercancías españolas que llegaran a sus puertos y a sus fronteras de los obreros organizados de Portugal, Italia y Francia. También acordó que, como hacer tales gestiones por carta resultaría demasiado lento, era preferible delegar a tres compañeros que fueran a las naciones antedichas y, directamente, solicitaran lo que de sus organizaciones se deseaba.

Lo crítico de las circunstancias hacía se procurara hallar combinaciones que, sin abandonar lo de Rusia, se atendiera con preferencia a la gestión propuesta cerca de los países vecinos.

Para simplificar los inconvenientes, acordó el Comité que el compañero Carbó, designado para ir a Rusia, partiera a Italia, se entrevistara con la “Unione Sindacale” y las demás organizaciones, y una vez terminada su misión, Quemades partiría para unírsele en Italia y después continuarían el viaje a Rusia.

Un compañero que debía ir a Portugal estaba a punto de emprender el viaje, y yo, que fui delegado para ir a Francia, empecé los preparativos de marcha.

Mientras lo necesario para la partida de todos se activaba, recibió el Comité una carta de un compañero que trabajaba en el Havre (Francia), manifestando en la misma que tenía algunas probabilidades para llegar a Rusia, y si el Comité no tenía inconveniente el autorizarle para que en su nombre procurara conseguir mayores facilidades, él se comprometía, en cambio, a intentar el viaje a Rusia, y si lograba llegar, informaría a la Confederación de cuanto en aquel país ocurriera.

Como las probabilidades de llegar a Rusia no eran abundantes, considerando que los delegados de la Confederación no viajaban legalmente, y como yo debía partir de un momento a otro la capital francesa, se le contestó a dicho compañero comunicándole miviaje, indicándole al mismo tiempo que se entendiera conmigo para lo que solicitaba, y el Comité, a su vez, me propuso si, en caso de que las probabilidades de que el compañero residente en el Havre nos hablaba fueran factibles, tendría incorveniente en ir a Rusia. Pensaban, con sumo acierto, que preferible era llegar a Moscú tres delegados en vez de dos, que no que no llegara ninguno.

Por mi parte no hay inconveniente, contesté, y por poco aceptables que sean esas probabilidades, intentaré lo posible para realizar el viaje que me proponéis.

Al efecto de estar prevenido a todas las eventualidades, el Comité me extendió una credencial para el Gobierno de los Soviets, indicándoles el objeto de mi viaje, y otra para el Comité de la Tercera internacional, dando cuenta de nuestra adhesión y recomendándoles me dieran facilidades que me ayudaran a cumplir mi cometido.

En estas condiciones emprendí mi viaje a París.

Llegado que hube a la capital francesa, comencé las gestiones que a ella me habían llevado. Al mismo tiempo, para no desperdiciar ni un minuto, escribí al compañero del Havre, pidiéndole precisiones y diciéndole lo que el Comité me había propuesto. Su contestación no fue categórica ni precisa. No servía, pues, a mis necesidades.

En París yo debía entrevistarme con el Comité de la Confederación General del Trabajo, y también con los minoritarios. Al primero de éstos que visité fue a Pierre Monatte, que dirige el semanario sindicalista La Vie Ouvriere, el órgano de los sindicalistas de la izquierda.

Le expuse el objeto de mi ida a París, y al mismo tiempo el deseo de ir a Rusia, si podía lograr algún medio que me facilitara el viaje. Le expliqué lo del Havre y sus resultados negativos. El compañero Monatte me dijo que él acaso pudiera hacer algo en mi favor.

Efectivamente, dos días después, me hizo entrevistarse con una persona, la cual me manifestó “que si deseaba ir a Rusia, y en ello tenía empeño, existían probabilidades de lograrlo”.

Al mismo tiempo que comunicaba al Comité de la Confederación los resultados de las gestiones que realizaba para conseguir el boicot de las mercancías españolas, le puse al corriente de cuanto se relacionaba con el viaje a Rusia.

Ante la seguridad de lograrlo, manifestada por la persona a quien he mencionado, escribí al Comité pidiéndole indicaciones precisas de lo que debía hacer, pues mis trabajos cerca de las organizaciones francesas estaban a punto de terminar y quería saber si debía regresar a España o continuar adelante.

La respuesta del Comité no se hizo esperar. Y no sólo me aconsejaba continuar el viaje a Moscú, sino que, además, me decía: que habiendo fracasado el intento del compañero Carbó, por causas ajenas a la voluntad de este compañero, esperara unos días en París, donde Quemades llegaría de un momento a otro, para marchar los dos a Rusia.

El tiempo de espera lo aproveché para lograr obtener un pasaporte que me permitiera viajar algo más legalmente.

En estos preparativos me sorprendió la Policía, y me tuvo detenido seis horas en la Jefatura.

Por una casualidad fortuita escapé el ir a la cárcel; pero, como medida de simple policía, se me daban cuatro días de tiempo para abandonar el territorio francés.

Aquella misma tarde llegó Quemades a París. Le conté lo ocurrido y le dije que yo ya tenía los papeles a punto para emprender el viaje cuanto antes; pero resultó que él no tenía ninguno y no le era posible, en el tiempo que a mí me habían concedido para abandonar la Francia, preparárselos.

Convinimos en que yo marchara, el día antes de terminar el plazo, a Suiza, donde él vendría a encontrarme siempre que lograra obtener un pasaporte, y caso de no lograrlo, yo debía continuar el viaje de todas maneras.

Partí para Basilea el día señalado; escribí a Quemades, para saber el estado de su gestión, y como no pudiera lograr arreglarse los papeles, continué yo solo el viaje a Moscú.

La entrada en Alemania la obtuve gracias a unas estratagemas, pues, como estaba reciente el golpe de Estado de Von Kap, era dificilísimo obtener el visado del pasaporte.

Llegado a Berlín, tuve conocimiento de la convocatoria del II Congreso de la Tercera Internacional para el 15 de julio siguiente.

Entonces escribí al Comité, poniéndole en antecedentes de la convocatoria del Congreso y manifestándoles que mi opinión era de que a ese Congreso asistiera una delegación de la Confederación. Les pedía contestaran urgentemente si me autorizaban a tomar parte en el Congreso como delegado, o bien si querían designar a otros compañeros. Como mi viaje, en este caso, no tendría objetivo, ya que los compañeros nombrados podían desempeñar la misma misión, regresaría a España en cuanto recibiera su respuesta. La contestación fue afirmativa, en el sentido de asistir al Congreso como delegado de la Confederación.

Renuncio a relataros las vicisitudes que atravesé para lograr salir de Alemania. La lentitud, sobre todo, con que los preparativos se hacían, estuvieron a punto de hacerme desistir del viaje. La consideración de los gastos que se habían hecho para que la Confederación pudiera saber algo de lo que pasaba en Rusia y la vergüenza de considerarme vencido, me empujaron a obstinarme en el propósito.
Por fin, después de un mes de espera, abandoné Berlín, para dirigirme a Rusia; pero iba al azar, sin nada seguro, a la contingencia de cualquier obstáculo que pudiera atravesarse en el camino.

Embarqué en Sttein para Reval, sin saber si las autoridades de la capital de Estonia autorizarían penetráramos en su territorio.

El 24 de junio llegábamos a Reval, y gracias a las diligencias de la Embajada de Rusia en Estonia, se autorizó nuestro desembarque.

Al día siguiente partimos para Petrogrado, y, ¡por fin!, el 26, a las dos de la tarde, el tren que nos conducía entraba en territorio bolchevique.

Nuestra tenacidad triunfó de los obstáculos que a cada instante se interponían a nuestro paso.

El 27, a las ocho de la mañana, llegábamos a Petrogrado; al día siguiente emprendimos el viaje a Moscú, y el 28, a las once, también de la mañana, nos paseábamos por las calles de la capital, residencia del Gobierno de los Soviets.

He creído necesario relatar, aunque muy someramente, las circunstancias en que hice el viaje a Rusia, exponiendo de paso las causas que justifican tomara parte como delegado al Congreso de la Tercera Internacional, porque muchos compañeros se habían preguntado cómo era posible que, habiendo yo partido de España cuando no se sabía nada de tal Congreso, representara en él a la Confederación Nacional. Podrían hasta creer que, por mi cuenta y riesgo, sin consultas a nadie, y obrando sólo por mi criterio personal, había ostentado dicha representación. Quienes me conocen bien, saben que nunca hubiera cometido tal acción, pero los que no me conocen tanto, pudiera bailarles tal idea en la cabeza, y por si ello fuera posible, he querido desvanecerla, relatando someramente los pormenores que ponen en claro la verdad.

Y como esta Memoria está destinada a todos en general, me ha parecido que éste era el sitio más apropiado para insertar esas aclaraciones, pues ellas disiparán suspicacias, si las hubo, restableciendo las cosas en su verdadero lugar y sitio.

II

Compañeros:

De regreso de mi viaje a Rusia, donde representé, con vuestra aquiescencia y conformidad, a la Confederación Nacional del Trabajo en el II Congreso que la Tercera Internacional había convocado en Moscú para los días 20 de julio-agosto de 1920, cúmpleme manifestaros la grata acogida que nuestra organización tuvo en las sesiones de aquel comicio, así como daros cuenta de mi actuación y conducta, en tanto que delegado, para que vosotros digáis, después de haber leído esta Memoria, si cumplí con aquellos deberes inherentes a la misión que en mí depositasteis al confiarme la representación de nuestro organismo confederal.

Con la mayor claridad posible, acompañados de cuantos elementos de prueba sean necesarios, testimonios que justifiquen mis palabras, expondré mi actuación y participación en los debates del Congreso; compromisos que en nombre de nuestro organismo contraje; alcance y significado de los mismos; documentos que suscribí; causas y razones que a ello me obligaron, sin olvidar hasta que punto la Confederación queda comprometida por mi actuación; todo ello dentro de la más estricta imparcialidad, a fin de que el juicio que podáis haceros de esta lectura se acerque lo más posible a la realidad misma de los hechos.

Debo advertidos que no expondré ningún juicio ni crítica personal, siempre que no lo exija la mayor claridad expositiva de un problema cualquiera, porque creo llegaréis así más fácilmente a la entraña de la labor del Congreso, ya que en cuanto aquí exponga sólo las ideas allí manifestadas ocuparán el sitio de honor.

Tampoco trataré en esta Memoria nada que tenga relación con el estado político, social y económico vigente en Rusia, pues no sería lugar apropiado para una exposición de tal índole.

Cuanto se trató en el Congreso y mi participación en el mismo como delegado: he aquí el límite de este trabajo.

Apreciaciones de cómo se manifestaron allí las ideas; actitud de cada una de las delegaciones; alcance y trascendencia de los acuerdos tomados; mi posición frente a unos y a otros, serán la base principal de mi exposición, pues de ello se derivan lógicamente todas las restantes conclusiones.

Reconozco lo difícil de la tarea que debo realizar, pero las necesidades informativas de nuestra organización así lo exigen, y a ellas debemos sacrificar toda otra conveniencia.

Reconozco también que mi actuación como delegado en el Congreso adolece de ciertas cuestiones de detalle, de aquella clarividencia que hubiera sido precisa al delegado para comprender el alcance de algunas de las cuestiones sometidas a su examen, pero me remito a vuestra benevolencia, seguro que sabréis disculpar esas nimiedades en razón a las delicadas circunstancias de que me hallaba rodeado.

Puede ser que asomen, en la superficie de mis labios, algunos puntos de inconsecuencia, o, al menos, que por tal pueda tomarlos un escudriñador intransigente; si así fuera, apelo de nuevo a la benevolencia, convencido de que la intención que pudo guiarme a proceder de esa manera fuese sana y noble, y sólo circunstancias especiales y delicadísimas pudieron forzarme a ceder en aquello que yo consideraba intangible.

Mis actos todos en el Congreso; la actitud que desde el primer momento adopté; las ideas que expuse, y las discusiones mantenidas en las ideas expuestas por los demás, se inspiraron, todos, en los acuerdos tomados en nuestro Congreso del teatro de la Comedia, de Madrid, y si alguna contradicción existe entre lo hecho y dicho por mí en Moscú y los acuerdos del mencionado Congreso, no es hija de la mala voluntad; lo es de que mi comprensión no alcanzó a ver el fondo del problema, y nadie está obligado a hacer más de lo que sabe y puede.

Esas lagunas, esos vacíos, si los hay, unas y otros merecen disculpas, pues, aparte mi no muy extensa cultura, el contacto con la realidad, con la revolución, produjo en mí, como hubiera producido en cualquiera de vosotros, algo así como un desequilibrio momentáneo, hasta que la fuerza del razonamiento se impuso y volvió las aguas a su antiguo cauce.

Claro que no aspiro a una unanimidad absoluta que apruebe mi gestión; ello sería sumamente difícil, pues la esencia misma de nuestra organización rechaza tal supuesto; pero sí aspiro a que una mayoría la apruebe, siempre que cotejen y comparen mi actuación en el Congreso de Moscú con los acuerdos tomados en Madrid.

Fuera para mí grandemente doloroso pudiera alguno de mis compañeros demostrarme que no había respetado tales acuerdos, pues, en este caso, aunque una mayoría abrumadora aprobara mi gestión, la consideraría del todo infructuosa. Y, al revés, si los acuerdos han sido respetados, aun cuando la mayoría rechazara mi actuación, me consideraría satisfecho. No es alrededor de mayorías, que yo actúo y laboro, ya que éstas son vulnerables al tiempo y a los hombres: es alrededor de las ideas, pues éstas son eternas y rinden inteligencia y el saber de que sea capaz.

Reclamo, pues, de vosotros, compañeros del Comité, sereno y razonado estudio de cuanto a continuación escribo, porque tengo el convencimiento profundamente arraigado que, si en el examen y crítica la razón no se impone a las pasiones del momento, el juicio que emitáis será injusto y arbitrario. No creáis que pretendo con estas mis últimas palabras ofenderos ni herir vuestra susceptibilidad, pero sí deseo que os sustraigáis, en lo posible, a esas desrazonadas pasiones que de algún tiempo a a esta parte agitan nuestro campo, donde los partidarios y adversarios de la Tercera Internacional discuten y se apostrofan sin conocimiento de causa, pues si no os sustraéis a esa corriente impetuosa de pasiones, tengo la dolorosa convicción que no podréis apreciar el fondo y la serenidad que ocultan mis palabras. La pasión es mala consejera, pésima consejera, cuando debe razonarse sobre el resbaladizo terreno de ideas más o menos cristalizadas.

Que cada uno de vosotros lea atentamente esta Memoria; que cada uno de vosotros emita su sincera opinión; que cada uno de vosotros diga lo que piensa acerca de la manera como he realizado el mandato que se me confió, y cuando todos vos otros, componentes del Comité, hayáis expuesto el juicio que os merece
concurramos a la plaza pública, hablemos a nuestros compañeros, y tanto si hay unanimidad entre vosotros y yo, como si hay discreprancias, que sean ellos los que digan la última palabra. Vosotros me confiasteis el mandato en su nombre, yo os devuelvo esa confianza trazada en estas líneas; que ellos digan si vosotros estuvisteis acertados al designarme y yo cumplí el deseo que ellos acariciaban.

Todos laboramos por la misma causa; todos acariciamos un mismo ideal: nuestra emancipación; veamos si en el modo de lograr y conseguir esa emancipación deseada estamos también de acuerdo unos y otros.

Pero, lo repito, y ahora es para todos, juzguemos serenamente.

Debo recordaros, compañeros del Comité, antes de entrar a reseñar la labor del Congreso, la forma en que el mandato me fue otorgado. Es cuestión importantísima, pues habiendo yo partido de España cuando aún no se había convocado el Congreso, pudiera creer la organización que tomé parte en el mismo sin un mandato expreso del Comité Confederal. Toda duda que cualquier compañero pudiera abrigar en esta cuestión sería altamente perjudicial para vosotros, para mí y para el problema que vamos a debatir.

No creo sea este lugar apropiado para relataros las incidencias del viaje, y por lo mismo, renuncio a ello; pero sí creo sea oportuno deciros que tardé cerca de tres meses en llegar a Rusia; tantas eran las dificultades que a cada momento obstaculizaban y se interponían en mi camino.

Recordaréis perfectamente que, al salir de Barcelona, la misión que llevaba a Rusia, en caso de poder realizar el viaje, se limitaba a estudiar la organización política, social y económica que en aquel país ha establecido el Gobierno de los Soviets, y, además, entregar personalmente nuestra adhesión a la Tercera Internacional.

Cuando hube llegado a Berlín, y tuve conocimiento del Congreso convocado para el día 15 de julio (aun cuando las sesiones empezaron el 20, la convocatoria era para el 15) en Moscú, os escribí exponiendo mi opinión de que la Confederación debía hallarse representada en el mismo.

Os decía que podíais designar a otros compañeros para tal delegación, si así lo creíais conveniente, o bien yo mismo podía cumplirla, siempre que me autorizarais para ello.

Vuestra contestación fue afirmativa en mi favor y os agradezco tal confianza.

Para nada hablamos del criterio que yo debiera sustentar en el Congreso, pues, tácitamente, a lo menos por mi parte, quedaba admitido no poder ser otro que el expuesto y aprobado en el Congreso de la Confederación en Madrid. Si así no hubiese sido, yo no habría aceptado la delegación. Repugna a mi conciencia de hombre defender ideas que no siento, y como las acordadas en Madrid están de acuerdo con mi pensamiento, al haberme hecho indicaciones en otro sentido, surgiría la dualidad, y yo me hubiese inclinado por lo que en Madrid habíamos aceptado todos.

En este convencimiento continué el viaje a Rusia, y si iba contento porque palparía la verdad, una tristeza embargaba mi ánimo; que esa verdad fuese superior a mi capacidad asimilativa y no la comprendiera en toda su grandeza.

A medida que la distancia del término del viaje disminuía, se acrecentaban humanamente mis temores; ¡cuán pequeño rne consideraba para comprender los acontecimientos que se ofrecerían a mis ojos! ¡Cómo hubiera deseado tener un cerebro de águila para penetrarlos en todos sus recónditos misterios y luego relatar a mis ansiosos compañeros cuanto había visto y cuanto había apreciado! No ha sido así: lamentémoslo todos. La voluntad, esa palanca poderosa, a pesar de que tenga un punto de apoyo, no basta a mover el mundo; me refiero al mundo de las ideas. Se necesita algo más que la voluntad, por muy poderosa que ésta sea; este algo más es la inteligencia. Pero...

Llegué a la frontera rusa el 26 de junio; el 27 a Petrogrado, desde donde partí para Moscú, llegando a esta población en la mañana del día siguiente.

En el mismo tren que yo viajaba, pero en su coche especial. hacía el viaje Zinovief, y enterado de ello, me invitó a pasar a su vagón, y hablamos largamente de la situación de España, que a decir verdad, le era casi completamente desconocida.

Sólo algunos vagos recuerdos y el nombre Barcelona unido a ellos.

Desde la estación, y en automóvil, nos dirigimos al domicilio social de la Tercera Internacional, donde debía celebrarse una reunión del Comité en pleno para tratar de la contestación que iba a darse a Cachin y Frosard, delegados del Partido Socialista francés, en su demanda de ingreso en la Tercera Internacional.

Como en la conversación sostenida por Zinovief en el viaje le había expuesto la misión que me llevaba a Rusia, fui invitado a formar parte er dicha reunión, lo que acepté gustoso.

III

Comenzó la reunión, y después de haber dado Zinovief, que presidía, conocimiento a los reunidos de la adhesión de la Confederación española, dio lectura de la contestación que a los delegados franceses daba el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional. Era la contestación un tanto dura y no dejaba de tener demasiada acritud para ser dada a individuos que, aun reconociendo los errores y torpezas que habían cometido, y que su venida a Moscú podía ser el último y más grande acto de oportunismo, debió limarse un poco, pues a nada conduce, creo yo, la dureza y acritud en la expresión para quienes se confiesan vencidos.

Aceptó y aprobó el Comité la respuesta que había elaborado el Ejecutivo, y luego pasóse a discutir la segunda parte de la petición de los delegados franceses: su asistencia al Congreso en calidad de delegados consultivos.

Antes de empezar esta discusión, Zinovief propuso que la Confederación española fuera admitida como componente del Comité de la Tercera Internacional, aceptándose la propuesta.

Los criterios, en la petición de los delegados franceses, mostráronse bastante divididos y opuestos, y la discusión se hizo empeñada y reñidísima, pues mientras unos consideraban que bastante beligerancia se les había concedido escuchándolos y dándolos una contestación, sin saber cuál sería la actitud que adoptarían en lo futuro, ya que su pasado tampoco los abonaba; otros eran partidarios de que la beligerancia que hasta entonces se les había otorgado no fuera regateada, pues si bien su conducta pasada no era garantía para lo porvenir, en cambio debía considerarse que su venida a Moscú no era la consecuencia de su voluntad personal, y aun cuando la hubiese sido, siempre hubiese parecido dudosa; era más bien la voluntad del proletariado francés de acercarse a la revolución, y a éste se le concedía la beligerancia. Verdad que los delegados que había enviado el Partido Socialista francés a Moscú no podían ser para la Tercera Internacional individuos de suma garantía, pero, así y todo, debía facilitárseles la aproximación, ya que su buen deseo explícitamente quedaba demostrado.

Entre los delegados que sostenían este último criterio me contaba yo, y así lo expuse, con las razones que nos parecieron más racionales.

Por fin la mayoría se inclinó por el último punto de vista, y los delegados del Partido Socialista francés fueron admitidos a participar del Congreso a título consultivo.

Como fuera temprano y sobrara tiempo, y a más de la Confederación habían concurrido otras delegaciones sindicales, recién llegados sus representantes a Moscú, el camarada Luzovsky, en nombre de la Confederación General del Trabajo rusa, planteó la cuestión de organizar una internacional sindical revolucionaria. Y, al efecto, como primer acto afirmativo que demostrara la voluntad de las organizaciones sindicales en Rusia presentes de llegar a la organización de dicha internacional, daría lectura a un documento que ya habían suscrito algunas organizaciones sindicales extranjeras. Pero como las delegaciones nuevas aumentaban y no tenían conocimiento del mismo, y acaso tuvieran alguna objeción que hacer, lo leería, advirtiendo que la aceptación del documento no enajenaba la actitud futura de cada una de las organizaciones adheridas a la Tercera Internacional hasta entonces, pues proponía también convocar a una conferencia internacional de organizaciones sindicales revolucionarias para, definitivamente, constituir la “Internacional Sindical Revolucionaria”, donde se sentarían las bases definitivas de dicho organismo.

El documento leído por Luzovsky es el siguiente:

“A los Sindicatos de todos los países :

Los abajo firmantes, representantes de las organizaciones sindicales de Rusia, Italia, Bulgaria, Yugoslavia, Georgia, convocados por el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional,

Considerando: Que la situación de todos los trabajadores después de la guerra imperialista exige una acción cada día más clara y enérgica sobre el terreno de la lucha de clases para destruir el sistema capitalista e instalar el comunismo;

Que esta acción debe ser llevada internacionalmente con la acción más estrecha de todos los trabajadores organizados, no por una categoría profesional, como antes, sino por industrias;

Que las reformas llamadas sociales, tales como la reducción de la jornada de trabajo, el aumento en los salarios, la reglamentación de trabajo, etcétera, aun facilitando en circunstancias determinadas la lucha de clases, son impotentes para resolver el problema social;

Que en la mayor parte de los países beligerantes, donde la mayoría de los Sindicatos son partidarios del neutralismo (apoliticismo), han pasado a ser durante los dolorosos años de la guerra los siervos del capitalismo imperialista, y han desempeñado un papel funesto, retardando la emancipación de los trabajadores;

Que es una necesidad de la clase obrera organizarse sindicalmente en una fuerte organización revolucionaria de clase, que al lado de la organización política del proletariado comunista internacional, y en relación estrecha con ella, pueda desplegar toda la fuerza para el triunfo de la Revolución social y de la República universal de los Soviets;

Que las clases poseedoras hacen el más grande esfuerzo para estrangular por todos los medios el movimiento libertador de los oprimidos

Que a la dictadura hay que oponer, como medio decisivo y transitorio, la dictadura del proletariado, la sola capaz de quebrantar la resistencia de los explotadores y de asegurar y consolidar la conquista del Poder por el proletariado;

Que la Federación Internacional de Sindicatos de Amsterdam es incapaz, a causa de su programa y de su acción, de hacer triunfar los principios arriba mencionados y de asegurar la victoria a las masas proletarias en todos los paises,

Deciden: Condenar toda táctica dirigida a hacer salir los elementos de vanguardia de las organizaciones sindicales existentes. Deben, por el contrario, ejercer una acción enérgica para eliminar de la dirección del movimiento sindical a los oportunistas que han colaborado y colaboran con la burguesía, aceptando la guerra, y que continúan sirviendo los intereses del capitalismo imperialista, participando en la Sociedad de las Naciones;

Sostener en el seno mismo de las organizaciones sindicales del mundo entero una propaganda metódica, creando en cada una de ellas un núcleo comunista, cuyo esfuerzo incesante acabará por imponer nuestro punto de vista;

Crear un Comité de acción y de lucha internacional para la transformación en este sentido del movimiento sindical. Este Comité funcionará como Consejo internacional provisional de los Sindicatos obreros, de acuerdo con el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional, en las condiciones que serán establecidas por el Congreso. El Consejo se compondrá de representantes de todas las organizaciones nacionales obreras adherentes. Un representante del Consejo internacional sindical será admitido en el Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional, y un representante de ésta formará parte del Consejo internacional provisional de los Sindicatos obreros.”

Firman este documento -dijo Luzovsky-, hasta ahora: yo, por los trabajadores organizados rusos; D’Aragona, por la Confederacione Generale del Lavoro, de Italia; Chabline, por los Sindicatos búlgaros; Milkitch, por los yugoslavos; Mikadze, por los georgianos, y, como todos sabéis, una delegación obrera inglesa acaba de partir de retorno a su país, que vino a estudiar las condiciones de Rusia; les hablé de la proposición que aquí os acabo de hacer, y me dieron su firma en blanco para constituir ese Comité internacional. No obstante, no he querido hacerlo constar para evitar futuras eventualidades.

Ahora los delegados nuevamente aquí venidos, y que representan organizaciones sindicales, pueden exponer su criterio acerca de la proposición, ya aceptada por las representaciones de los países firmantes.

Varios delegados hicieron uso de la palabra, exponiendo su criterio. Cabe hacer notar que muchos delegados de los que fueron a Rusia a tomar parte en el Congreso, la mayoría, representaban a organizaciones sindicales, pero también a partidos comunistas. Que representáramos a organizaciones sindicales exclusivamente, apenas pasaríamos de media docena.

Entre los primeros que hablaron acerca del documento leído por Luzovsky, y que en realidad expusieron puntos de vista contrapuestos y diferentes, sólo cabe mencionar dos : Tanner, de los Comités de Fábrica de Inglaterra, y Souchy, de los sindicalistas federalistas alemanes.

Sostenía el primero que condenar categóricamente, como lo hacía el documento, el que en un país cualquiera los partidarios de la lucha de clases revolucionaria no pudieran escindir la organización cuando estuviesen convencidos de la imposibilidad de modificar lo ya existente, era una arbitrariedad, tan incomprensible, que no se le alcanzaba a él como los componentes de la Tercera Internacional, que conocían Inglaterra, por haberla habitado, y las Trades-Unions, por haber pertenecido, hicieran tal proposición al Congreso.

Él también estaba de acuerdo en apurar todos los medios imaginables antes de llegar a la escisión, como lo probaba la actitud suya y la de sus amigos, creando los Comités de Fábrica, cuya misión era remover el fondo de las organizaciones sindicales inglesas, para ver de orientarlas en otros caminos que los seguidos hasta entonces, pero la experiencia desprendida del ensayo en realización estaba a punto de demostrarles la imposibilidad de conseguir lo que se habían propuesto.

Con estos antecedentes, dijo, muy dignos de tenerse en cuenta, pues la práctica los había revelado, aceptar aquella parte del documento sin modificarla, equivalía a condenar a perpetua esterilidad el esfuerzo abnegado de algunos miles de activos camaradas.

Y no solamente esta parte del documento era para él inaceptable; también lo era aquella donde se proponía, aunque veladamente, aceptar el principio de la dictadura las organizaciones obreras, pero confiando su aplicación, cuando este caso llegara, al Partido Comunista. Caso que la dictadura fuese necesario, también podrían ejercerla las organizaciones obreras. Y lo que digo de la dictadura tiene su aplicación a la conquista del Poder y demás.

Lo restante del documento me parece aceptable, aun cuando debiera modificarse su redacción.

Souchy, de los sindicalistas alemanes, dijo que suscribía lo dicho por Tanner, en cuanto a la escisión en el seno de las organizaciones sindicales; pero respecto a la dictadura y a la conquista del Poder, la organización que a él lo había delegado no aceptaba tales principios. Aceptaban el comunismo, pero sin dictadura ni dictadores.

Cuando terminaron estos compañeros, hice a mi vez uso de la palabra.

Tres extremos de los que abarca el documento -dije- van a ser objeto de un examen tan rápido como concreto, ya que sobre ellos la organización que yo represento aquí ha tomado acuerdos concretos que se separan totalmente del punto de vista que en él se mantiene. Son éstos: el “apoliticismo”, la conquista del Poder y la dictadura del proletariado.

Como si mirara los acontecimientos vuelto de espalda a la historia, condena el documento el apoliticismo practicado por algunas organizaciones sindicales. Y tan vuelto de espaldas está, que no ve, o no ha querido ver, que casi todos los organismos sindicales que han intervenido en la guerra, ayudando al imperialismo capitalista en la gran obra de destrucción, eran políticos, es decir, lo contrario de lo que afirma el documento. Una rápida enumeración demostrará cuanto digo.

En Alemania, Austria-Hungría, Serbia, Rumania, Bélgica, Inglaterra, las organizaciones sindicales eran políticas; hacían política de acuerdo con los partidos socialistas; ¿puede negarse su participación en la guerra?

Francia, Portugal, Estados Unidos y Repúblicas sudamericanas, las organizaciones sindicales eran apolíticas; ¿cuántas tomaron parte en la guerra?

Francia es la única a la que tal reproche puede dirigírsele. Y si queremos hacer una concesión en este extremo, podríamos admitir, entre las organizaciones apolíticas que participaron en la catástrofe, a la “American of Labour Party”, cuyo líder, Gompers, se codea con los jefes de Estado de Europa, aun cuando debo decir que el apoliticismo de la “American of Labour Party” es completamente platónico.

Por lo demás: ni Portugal, ni las Repúblicas sudamericanas, ni Italia, si exceptuamos a la Confederación del Lavoro, que aunque política no ha intervenido, que yo sepa, en sostener a los causantes de la catástrofe, pero tampoco los ha combatido; los países de organización apolítica, no sólo no han ayudado al capitalismo guerrero, han hecho más: lo han combatido en la medida de sus fuerzas. Y para completar el cuadro diré que algunas organizaciones políticas sudamericanas, y otras de Europa, pero de países neutrales, y no quiero olvidar a España, manifestaron sus entusiasmos guerreros deseando el triunfo de tal o cual grupo de beligerantes.

¿Dónde está, pues, la lógica que ha servido a redactar ese párrafo del documento?

Los otros dos extremos son los que se refieren a la conquista del Poder y a la dictadura del proletariado. Pocas palabras bastarán a exponer lo que piensa la Confederación que yo represento sobre esas dos cuestiones.

En la segunda decena del mes de diciembre del año pasado celebró la Confederación su primer Congreso en Madrid, y, por unanimidad absoluta de los quinientos delegados presentes, acordó que su finalidad era la implantación del comunismo libertario.

¿Para qué hacer consideraciones acerca de la oposición entre lo que os acabo de manifestar y lo que el documento propone? Sería perder el tiempo, y no creo estemos aquí para eso.

Dos palabras más os diré sobre el párrafo en el que se preIoniza la cooperación estrecha con el proletariado comunista político.

La Confederación acepta cooperar con cuantas organizaciones sean revolucionarias y vayan contra el régimen capitalista, pero se reserva el derecho de hacerlo cuándo y como lo crea conveniente. Pues no creo que sobre el particular acepte nada que enajene su libertad de acción.

Varios otros oradores intervinieron en el debate, y como la discusión se prolongaba y el acuerdo no parecía por parte alguna, se propuso y fue aceptado que vistas las diferencias de apreciación que acerca del documento se habían manifestado, y como la preparación del Congreso requería no perder mucho tiempo en discusiones preliminares, nos reuniéramos todos los delegados que representábamos organizaciones sindicales con Luzovsky, aquel mismo día por la tarde, en una de las habitaciones del hotel donde nos hospedábamos y viéramos de modificar aquél o bien redactar otro documento, que llevando la conformidad de todos fuera presentado al Congreso para su aprobación. Además se proponía dar por terminada la reunión, como así se hizo.

A las siete de la tarde dio principio la reunión de delegados de organizaciones en el hotel.

Había delegaciones de Alemania, Italia, Yugoslavia, Francia, Holanda, Suecia, Inglaterra, España, Georgia, Bulgaria, Estados Unidos (I. W. W.) y no recuerdo si algún otro país, aparte Rusia representada por Luzovsky.

Como el recuerdo de la discusión de por la mañana estaba demasiado vivo en la mente de cada uno, la discusión se hizo en seguida interesante.

Las diferencias se acentuaron, agrupándose según la actitud que cada uno de los delegados había adoptado en la reunión de por la mañana.

El delegado de los sindicalistas alemanes y el de los Comités de Fábrica de Inglaterra, camaradas Souchy y Tanner, habían redactado un documento en contraposición al de Luzovsky, con cuyo texto estaba yo de acuerdo.

Apenas empezada la reunión solicitaron su lectura, pero la mayoría lo rechazó.

Este documento representaba el criterio que por la mañana había sustentado, exceptuando lo referente a la dictadura y conquista del Poder que para nada los mentaba, y, en cambio, se ocupaba preferentemente de convocar a una Conferencia Internacional a todas las organizaciones sindicales revolucionarias, para constituir la internacional sindical, y en ella discutir la línea de conducta que los Sindicatos debían adoptar en lo futuro.

La discusión, como ya he dicho, se generalizó en seguida, y una vez rechazada la proposición de los alemanes e ingleses, Luzovsky propuso se discutiera párrafo por párrafo y cada uno propusiera las enmiendas y modificaciones que estimara pertinentes, y donde no hubiera unanimidad se pasaría a votación y sería aceptado lo que acordara la mayoría.

Entonces pedí la palabra para definir claramente mi situación, pues era delicadísima, y por la votación que acababa de hacerse preveía lo que iba a resultar, como así fue.

Digo que mi situación era delicadísima, y no exagero. La de los otros que tampoco estaban de acuerdo con el documento no era igual. Sus organizaciones no estaban adheridas a la Tercera Internacional y, por tanto, podían negarse a suscribir el documento. Yo, no. Desde el momento que la Confederación había tomado el acuerdo de adherirse y lo había hecho efectivo, yo quedaba sujeto a suscribir cuantos acuerdos tomara la mayoría, pues no hacerlo era equivalente a revocar el acuerdo de Madrid, y esto, en buena lógica, no podía hacerlo. ¿Quién era yo para revocar un acuerdo de un Congreso?

Así es que entre una adhesión que me ligaba a lo que acordase el organismo al que nos habíamos adherido, y un documento aprobado por la mayoría de componentes de este organismo, yo no tenía más que una solución: salvar mi responsabilidad, y diferir todas las resultantes del documento a la decisión que acordara la Confederación, después de mi regreso y de conocer el texto y alcance del mismo.

Obrando así, compañeros del Comité, creí cumplir con mi deber dejando a salvo los principios de la Confederación.

Y queriendo apurar todos los recursos, hasta los más inocentes, al firmar, en vez de poner: “Por la Confederación Nacional del Trabajo, Angel Pestaña”, puse: “de la” Confederación, etcétera, etc. Me pareció que escribiendo “de la” Confederación en vez de “por la” Confederación aminoraba el compromiso que para ésta representaba mi firma en el documento.

Hice como el avestruz, que ante el peligro esconde la cabeza, como si tal actitud aminorara sus efectos.

Así, pues, cuando la palabra me fue concedida dije lo siguiente: “Que ya sabían los delegados las manifestaciones que había hecho en la reunión de la mañana, contrarias a la conquista del Poder político y a la dictadura del proletariado, agregando la salvedad, acerca de la cooperación con el proletariado comunista político. Que tales manifestaciones no eran ni exprimían un criterio personal, aun cuando en realidad yo estaba de acuerdo con ellos, sino el criterio de la Confederación Nacional española, aprobado por unanimidad en un Congreso. Ahora bien, si la mayoría de los presentes aceptaba el documento tal y cual Luzovsky lo había redactado, yo me hallaba ante una situación completamente anormal y difícil de resolver, ya que por un acuerdo del mismo Congreso donde se aceptaron principios contrarios a la conquista del Poder y a la dictadura, me veía obligado a suscribir ese documento, pues no hacerlo era revocar, por mi cuenta y riesgo, sin el consentimiento de la organización que lo había tomado, el acuerdo de adhesión a la Tercera Internacional. Pues como se adhiere a una organización se han de acatar los acuerdos que la mayoría tome o bien retirar la adhesión.

En consecuencia, manifesté: si la mayoría me impone aceptar el documento sin modificación alguna, lo firmaré, pero haciendo las salvedades siguientes: Todo cuanto se refiera a la conquista del Poder político, a la dictadura del proletariado y a la cooperación con el proletariado político comunista, queda a las resultantes de los acuerdos posteriores que la Confederación tome, una vez yo haya regresado a España, y tenga el Comité Confederal conocimiento de lo aquí acordado. Ello no quiere decir me niegue a la discusión de dicho documento, ni a cooperar para la organización de la I. S. R., mis reservas no van más allá de los extremos citados.
Terminada de hacer esta declaración empezó la discusión tal como Luzovsky había propuesto: párrafo por párrafo.

El primero y segundo pasaron sin discusión, no así el tercero.

En esto, aparte las observaciones que hicieron otros delegados, yo sostuve y amplié mis manifestaciones de por la mañana. Dije que nosotros éramos apolíticos y, no obstante, habíamos combatido la guerra con cuantos medios teníamos a nuestro alcance. Y resultaba paradójico firmáramos un documento que condenaba nuestra acción y nuestros principios.

Luzovsky contestó que, en parte, tenía razón, pero nada más que en parte. Pues ya decía el documento que “en la mayor parte de los países beligerantes”. Repliqué que ni aun así podía aceptarlo, pues estaba el caso de Portugal, de América del Sur, y, además, que si bien eran palabras que hablaban del pasado, sólo tomaban de él la experiencia, pero en cuanto a la acción se referían al porvenir y aquí nacía la dificultad.

Se acordó, por fin, variar la redacción del párrafo citado - 1 -.

El cuarto originó larga y reñidísima discusión, pues éramos varios los delegados que sosteníamos el principio de la completa autonomía sindical.

Sin terminar la discusión sobre este párrafo se suspendió la reunión, pues era ya muy tarde.

He de advertir que las discusiones se hacen interminables por el número de traducciones que deben hacerse. Acordamos reunirnos al día siguiente para ver si llegábamos a un acuerdo.

A las once de la mañana del otro día empezamos la reunión, discutimos hasta media tarde; la suspendimos para comer y la reanudamos por la noche; la suspendimos para el día siguiente, y al día siguiente tampoco pudimos llegar a un acuerdo. Discutíamos no sólo sobre el párrafo cuarto; fueron objeto de discusión la dictadura, el Poder, las escisiones en las organizaciones sindicales, etc.

En resumidas cuentas: llevábamos tres días reuniéndonos y cada vez eran más hondas las diferencias. Entonces Luzovsky propuso suspender las reuniones y ver lo que se hacía, pues no era posible llegar a un acuerdo.

Deseosa de que los delegados conocieran algo de Rusia, la Tercera Internacional organizó una excursión por el Volga; y como para la apertura del Congreso faltaban varios días y ya se susurraba que acaso sufriera un aplazamiento que permitiera llegar a los delegados que se anunciaban, y, como algunos de los que representaban organizaciones sindicales manifestaron querer ser de la excursión, y la excursión se prestaba a conocer algo de la Rusia que nosotros no veíamos, me decidí a partir con ellos.

Al regreso fuimos convocados de nuevo para resolver la cuestión planteada por el documento.

Luzovsky manifestó que, siendo imposible entendernos, como plenamente había sido demostrado, habían tomado el acuerdo que sólo podrían intervenir, en el nuevo período de discusión que se abría, los delegados de las organizaciones sindicales ya adheridas y aceptadas en la Tercera Internacional.

Al reanudar las reuniones en la condición propuesta, la solución estaba prevista. La mayoría la formaban los primeros firmantes del documento.

Nos hallábamos presentes en este segundo período delegados de Rusia, Italia, Yugoeslavia, Georgia, Bulgaria, Francia, España. Total, siete delegados; de ellos, cinco firmantes del documento.

Pregunté a Luzovsky si la modificación introducida en el párrafo tercero en el período anterior se mantenía o volvería a discutirse. Contestó que la modificación había sido aceptada y en las copias que se habían hecho de nuevo del documento, constaban. Por ese lado podía quedar tranquilo.

Reanudamos las reuniones, y exceptuando la enmienda a que os hago referencia, no quiso aceptarse ninguna otra.

Les hice ver el inconveniente que para nuestra organización representaba tal documento, ya que manteniéndole en su integridad como ellos hacían podían dar lugar a nuestra separación de la Tercera Internacional, cosa que sería lamentable y no beneficiosa para la causa de la revolución.

Contestóme Luzovsky que sobre la dictadura del proletariado y la conquista del Poder político, ellos no hacían ninguna concesión. Me convencí que era inútil toda persistencia.

Entonces, insistí de nuevo acerca de las reservas que había hecho sobre los tres extremos, y que ya conocéis.

Solicité se hicieran copias y se levantara acta de ellas.

Replicó Luzovsky que no había inconveniente en acceder a mi petición si desconfiaba de su palabra, y no lo creía necesario, además, puesto que tanto el documento como todos los trabajos que íbamos a emprender para organizar la Confederación internacional de sindicatos revolucionarios tenían carácter provisional; lo definitivo saldría en la Conferencia proyectada. Y que para salvar mi responsabilidad, si por parte de la Confederación había dudas, acerca de si yo había hecho o no las reservas a esas tres cuestiones, los delegados presentes podían testimoniar en mi favor - 2 -.

Me pareció incorrecto insistir y me di por satisfecho con sus palabras.

También sometió Luzovsky a nuestra discusión y aprobación el reglamento por el que se había de regir la próxima Conferencia internacional; texto de la convocatoria, fecha de la Conferencia y lugar de su celebración.

Sobre el reglamento y fecha de la convocatoria la discusión fue breve, no así por el lugar y texto de la convocatoria.

El reglamento, como no tenía importancia, fue aprobado en seguida. En cuanto a la fecha, Luzovsky proponía el 15 de noviembre, pero como pareció demasiado próxima esa fecha se acordó el 1 de enero de 1921.

En cuanto al lugar, Luzovsky proponía Rusia, yo propuse Italia o Suecia. Alegué que la Conferencia celebrada en Rusia no tendría eficacia alguna, pues la demasiada influencia del Partido Comunista ruso sería tan perjudicial a la Conferencia como lo es el manzanillo para el que se duerme a su sombra.

Luzovsky alegó la dificultad para ellos en salir de Rusia, ya que los Gobiernos de los otros países no les concedían pasaportes. Y también el peligro de que los Gobiernos de esos países no permitiesen su celebración. Este extremo quedó pendiente de resolución.

Otro tanto ocurrió con el texto de la convocatoria que se había de dirigir a las organizaciones sindicales del mundo.

Se decía, después de varias otras consideraciones sin gran importancia, que se invitaba a la Conferencia a las organizaciones sindicales nacionales, a las Federaciones nacionales e internacionales de oficio, Uniones locales y regionales que aceptaran la lucha de clases revolucionaria, la conquista del poder político y la dictadura del proletariado.

Manifesté mi disconformidad y dije que aquello era una segunda edición del documento, corregida y aumentada.

Que esa convocatoria cerraba el camino a muchas organizaciones que desearían venir, pero que no estaban del todo conformes con la dictadura y la conquista del Poder, y por lo tanto, la juzgaban un error.

Me parecía que una convocatoria así debía ser más amplia para que vinieran cuantos más mejor, y luego ya veríamos las que quedaban.

En estas discusiones nos hallábamos cuando los apremios para preparar la labor del Congreso, cuya fecha se acercaba, nos obligó a suspenderlas y diferirlas a la terminación del mismo.

El discutir los medios de organizar la Conferencia internacional sindical, no impedía que concurriéramos, además, a las reuniones del Comité de la Tercera Internacional, sólo que ahora estas reuniones se hacían más premiosas y más frecuentes, y nos obligaron a desatender una cuestión si no queríamos desatender a dos.

Después de la primera reunión del Comité de la Tercera internacional, donde discutimos lo referente a la contestación a dar a los delegados franceses y lo referente a los Sindicatos, continuamos abordando otros extremos. Algunos de gran transcendenciencia.

Uno de los primeros discutidos fue el relacionado con los diferentes partidos comunistas alemanes.

Sabido es que después de la escisión, aconsejada y sostenida desde Moscú, del Partido Socialista independiente, formando los disidentes el Partido Comunista alemán, éste se fracciononó a su vez, constituyendo el Partido Comunista obrero alemán. Se diferenciaban el uno del otro, en que el primero aconsejaba la acción sindical y política, negándolas el segundo. Este último también tenía alguna veleidad de nacionalismo. La importancia de esta segunda escisión queda demostrada desde el momento que el mismo Lenin escribió un libro (“El Comunismo de izquierda. Enfermedad infantil”) para coñbatirla.

Pero, no obstante, y debido a su importancia misma, en se guardaban ciertas atenciones al Partido Comunista obrero alemán, y si al partido oficial, reconocido por Rusia, se le hacía depositario de todas las cosas que tenían carácter oficial, con el otro se mantenían relaciones oficiosas, provocando esta dualidad de relaciones serios conflictos en Alemania.

A la sazón, se hallaba en Rusia Otto Ruler, que era el líder del Partido Comunista obrero alemán y trabajaba porque su partido fuera admitido al Congreso en las mismas condiciones que el Partido Comunista alemán, cuyos líderes lo eran por aquel entonces Paul Levi y Clara Zeiting (sic).

La solicitud de Otto provocó serios disgustos al Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional, pues éste, en su mayoría, se inclinaba por la admisión, a la que Radek, secretario de la Tercera Internacional, y algunos otros miembros eran opuestos. Pero aún no trascendía al seno del Comité. Hablaré de la solución que tuvo ese pleito a su debido tiempo.

En una de las primeras reuniones se discutió de política colonial, y dióse lectura de un manifiesto que todos los delegados presentes al Congreso de la Tercera Internacional debíamos firmar, dirigido a los pueblos de Oriente, convocándolos a un Congreso en Baku para el 1 de septiembre. El tema del manifiesto se aprobó, tras ligerísimas correcciones de forma. No así la tesis que se presentaba y que también debía discutirse en el Congreso, acerca de la política colonial.

Conocido debe seros el criterio de Lenin y del Partido Comunista ruso sobre esta cuestión, criterio que participaba y sostenía la Tercera Internacional.

Cree ese criterio que en las Colonias los Partidos Comunistas deben aliarse en toda circunstancia a los Partidos Nacionalistas, para sacudir el yugo de la metrópoli.

La delegación italiana, más particularmente, combatió ese criterio. Y hubo que dar la reunión por terminada sin poder llegar a un acuerdo.

Tratamos en reuniones posteriores, aparte cuestiones de detalle, cómo se votaría y cuántos votos serían otorgados a cada delegación. Se propuso, y fue aceptado, que a los países de primera categoría se les concedieran diez votos; a los de segunda, siete; a los de tercera, cinco; a los de cuarta, tres; a los de quinta, dos, y a los restantes, uno. España, o sea, la Confederación, quedó incluida en la segunda categoría, concediéndosenos siete votos.

Abordóse, por fin, lo relacionado con los partidos políticos alemanes. Paul Levi había llegado, y era el momento de deslindar los campos.

El Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional había, por su parte, tomado una decisión definitiva en el asunto, y por ello se admitía a Otto, en representación del Partido Comunista obrero alemán, a las deliberaciones del Congreso en iguales condiciones que el otro partido.

Levi combatió esta decisión del Comité Ejecutivo y amenazó con retornarse a Berlín si el Pleno del Comité la ratificaba. La discusión de este extremo fue por demás empeñadísima, y, a pesar de los esfuerzos de Levi, el Pleno ratificó el acuerdo del Ejecutivo. Sólo votaron en contra Levi, Radek, Serrati y algún otro.

Y sin que se sepa la causa, Levi, que amenazó con partir, no lo hizo; en cambio, Otto, a quien se admitió al Congreso, regresó a Alemania antes de que comenzara.

Vino después lo referente a los idiomas oficiales de la Conferencia. Aceptóse el alemán y el francés. Los ingleses, cuya delegación era bastante numerosa, aun cuando representaban a pequeñas fracciones, propusieron que el inglés fuera también considerado como idioma oficial. Por mayoría de votos fue rechazada la propuesta.

En esta misma reunión nombróse el “Prasidium”, o sea, la presidencia del Congreso.

El “Prasidium” es un organismo altamente significativo de lo que puede ser un Congreso donde el “Prasidium” se nombre. Yo lo ignoraba. Y como lo ignoraba, me parecía pueril el empeño de la delegación inglesa por forma parte del “Prasidium”, pues fueron descartados de su composición, a pesar de que los holandeses y otras delegaciones apoyaban su propuesta. Acostumbrado yo a nuestros Congresos, donde en cada sesión se nombra el presidente para la misma, y su misión se limita a encauzar las discusiones, conceder la palabra, poner a votación las proposiciones, etc., etc., y en la creencia de que allí también sería igual, no me parecía justificada la inquietud de los ingleses. Pero más tarde vi que tenían razón.

Os describiré brevemente lo que el “Prasidium” representa en un Congreso, porque si no difícilmente podrían comprenderse ciertas cosas. Sabed por adelantado que el “Prasidium” es el Congreso; lo demás, su caricatura, la del Congreso, quiero decir.

El “Prasidium” o presidencia (lo llamaremos presidencia por ser más fácil para nosotros), puede componerse de tres, de cinco, de siete individuos o más, aun cuando un número mayor de esta cifra es difícil que la alcance.

Las atribuciones de esta presidencia son muy otras y hasta diferentes de las que tiene la presidencia de nuestros Congresos. La presidencia hace el reglamento del Congreso, lo preside, como es natural; cada proposición nueva que se hace, aparte las tesis, o temas propuestos por el Comité del organismo que celebre el Congreso, deben ser presentados por escrito y a la presidencia, la cual dictamina si debe o no discutirse la proposición. Si lo acepta puede introducir modificaciones, aun cuando el criterio del autor sea opuesto, y si no lo acepta, puede el autor apelar al Congreso; pero como la presidencia se nombra de forma que representa a la mayoría, es como si se pidiera peras al olmo.

La presidencia puede alterar el orden del día y el de las discusiones; presentar proposiciones a la deliberación del Congreso y contestar a cuanto le pregunten y hablar cuando lo crea pertinente. En una palabra, la presidencia, tiene la iniciativa del Congreso, puede proponer y disponer a su antojo, los delegados no hacen más que discutir...

La comparación más exacta que hallo es la de nuestro Parlamento, pero sin banco azul, puesto que el banco azul es la misma presidencia. Suprimamos al presidente del Congreso en nuestro Parlamento, y pongamos en su lugar los ocupantes del banco azul; ya tenéis organizado un Congreso con su “Prasidium”.
Sabido es que en nuestro Parlamento el Gobierno tiene la iniciativa de los proyectos a presentar del orden en la discusión y de aceptar o no las proposiciones que puedan hacérsele, y, además, señalar cuando un diputado puede hablar sobre una interpelación, es decir, que la iniciativa de los debates parlamentarios son de la competencia del Gobierno; pues bien, en un Congreso de esa clase, la iniciativa corresponde a la presidencia.

Por eso en el nombramiento de la presidencia radica la labor más importante, y si una fracción alcanza la mayoría en la presidencia, es la dueña del Congreso e impone sus ideas.

En todo Congreso hay siempre, pues tácitamente resulta así de las discusiones, una derecha, una izquierda y un centro, si se celebran los Congresos en la forma que lo hacemos nosotros; esto no tiene una máxima importancia, pues como la presidencia no tiene atribuciones extraordinarias, la mayoría se ha de conquistar con razones, o con sofismas que lo parezcan, pero se hace a la luz del día y claramente en el salón de sesiones; pero con una presidencia como la detallada, la situación de cada grupo y el que se acepten o no sus puntos de vista, no está en la mayoría de los delegados, es la presidencia quien lo hace. Por eso la intriga y la situación excepcional de un grupo o fracción determinada, o el convencimiento que puede decidir las votaciones, es lo que le da entrada en la presidencia.

¿Comprendéis por qué dije que la presidencia es el Congreso y lo demás su caricatura?

Por mayoría de votos fueron elegidos para formar la presidencia: Lenin, por el Partido Comunista ruso; Zinovief, por la Tercera Internacional; Paul Levi, por el Partido Comunista alemán; Serrati, por el Partido Socialista italiano, y Rosmer, por el Comité de la Tercera Internacional de Francia.

Algunas otras cuestiones de menor cuantía y la comisión revisora de mandatos, que faltaban, quedaron acordados su nombramiento en una última reunión que se celebró al día siguien te; y dos días más tarde daba comienzo a sus tareas en el Congreso.

El Congreso

La sesión de apertura tuvo lugar en Petrogrado, a donde nos trasladamos los delegados en dos trenes especiales.

Celebróse en el antiguo Palacio Tamide (la Duma en tiempos del zarismo), y fue un acto verdaderamente impresionante.

Abrió la sesión Zinovief, haciendo un discurso de salutación a los delegados que allí representábamos organizaciones y partidos, y saludó también a los perseguidos y encarcelados por propagar sus ideas en los países de régimen capitalista. Terminó exponiendo su deseo de que el próximo Congreso de la Tercera Internacional fuese celebrado en otro país, pero bajo un régimen sovietista. Dijo, también, que en dicha sesión sólo harían uso de la palabra algunos oradores ya designados y terminaría con un discurso de Lenin.

Aprovechando la circunstancia de hallarnos reunidos en Petrogrado todas las delegaciones concurrentes al Congreso, organizáronse varios actos públicos, entre ellos un gran mitin monstruo en la plaza de Invierno, a la que tiene acceso la puerta principal del Palacio de Invierno, residencia en Petrogrado del ex zar.

A esta plaza condujo, en 1905, el famoso pope Gaponi aquella manifestación de hambrientos, que los guardias del Palacio fusilaban, tirando a mansalva, sobre mujeres, niños y ancianos.

Levantáronse varias tribunas, la principal delante de la misma puerta de Palacio, y las otras distribuidas en diferentes puntos de la plaza. En una de ellas hice uso de la palabra y prometí al pueblo ruso que nuestra organización haría lo posible para ayudarle en su lucha contra el capitalismo mundial coaligado contra la revolución.

Al día siguiente regresamos a Moscú, donde debían continuar las sesiones del Congreso.

Celebráronse éstas en un de los edificios del Kremlin, en el que se encuentran las salas del trono. En la sala mayor, de San Andrés, allí nos instalamos.

Abierta la sesión, Zinovief pronunció un discurso recomendando a los delegados la mayor serenidad en el examen de los temas a discutir, ya que de ello resultarían beneficios altamente provechosos para la clase obrera mundial.

“No olvidemos -dijo- el ansia de reivindicaciones que se manifiesta en millones de pechos proletarios; procuremos satisfacer sus ansias de redención y de lucha, dado, en los dictámenes que se aprueben, formas prácticas a ese anhelo que se manifiesta por doquier.

Nuestra misión es buscar extremos armónicos que, atrayendo hacia sí mismos el espíritu revolucionario que palpita y vive en el proletariado mundial, conduzcan a éste a la derrota definitiva del mundo capitalista, implantando el comunismo y la dictadura del proletariado.

Después de hacer algunas observaciones aclaratorias acerca del reglamento del Congreso, que la presidencia había elaborado, y en el que, entre otros artículos, figuraba uno por el cual se limitaba el tiempo que cada orador podía hacer uso de la palabra a diez minutos, exceptuando al ponente que no tenía tiempo limitado, pasó a defender la tesis, de que era ponente: “Role du Parti Comuniste”, que podremos traducir: “Necesidad del Partido Comunista”.

Durante hora y media estuvo razonando sus puntos de vista, y que concretaremos a tres: necesidad de crear los partidos comunistas para hacer la revolución, conquistando el Poder; organizar el ejército rojo para garantizar sus conquistas e imponer la dictadura del proletariado a fin de mejor destruir a la burguesía.

Numerosos delegados pidieron hacer uso de la palabra sobre dicho tema; yo también me incluyo entre ellos.

Cuantos hablaron antes que yo, coincidieron en lo fundamental con Zinovief; sólo discrepaban en cuestiones de detalle. Vinieron a afirmar, aunque partiendo de puntos de vista diferentes, que sin partidos comunistas fuertemente organizados y disciplinados, sin ejércitos rojos, y sin conquista del poder y sin dictadura, no podía hacerse la revolución, ni mantener las conquistas que ésta hubiera alcanzado; ni organizar el comunismo; ni destruir la burguesía.

Llegó mi turno y subí a la tribuna para hacer uso de ’a palabra.

Dije que la situación de los delegados no acordes con cuanto allí se había expuesto, era extremadamente delicada y difícil, ya que toda crítica hecha a los puntos de vista sustentados por la Tercera Internacional podían interpretarla nuestros adversarios como signo evidente de división entre el elemento trabajador, al apreciar la revolución, y no dejarían de explotar estas diferencias de apreciación para insinuar entre los obreros la especie de que la revolución era un fracaso, ya que no todos apreciábamos de igual modo sus resultados.

Son estas contingencias -continué-, que todos debemos recordar en el debate que se ha planteado, pues olvidarlas equivaldría a generar diferencias nada provechosas para la causa que defendemos: la emancipación de las clases obreras.

La revolución ha proyectado un poderoso rayo de simpatía entre los obreros de todo el mundo, y será doloroso que por entregarnos aquí a discusiones más o menos partidistas destruyéramos la labor que la simpatía ha realizado.

Por eso, nuestras críticas deben limitarse a los extremos que no estén de acuerdo con nuestro pensar y, aun aquí, limitarlos lo más posible.

Por mi parte esta es la conducta que me he trazado y de ella no saldré, si un olvido involuntario de mi propio pensamiento no me lleva a ello.

Dicho esto, entraré en el tema que aquí se está discutiendo.

A creer a cuantos oradores me han precedido en el uso de la palabra, la revolución en Europa y en el mundo entero queda supeditada a la organización de los Partidos Comunistas en todos los países.

Se ha afirmado, pero eso sí, sin aportar pruebas que puedan convencer, a lo menos a mí, y si no pruebas, cuando menos hipótesis razonables, que sin Partidos Comunistas no hay revolución, no se destruirá el capitalismo, y las clases trabajadoras no conquistarán jamás el derecho de ser libres.

Afirmación gratuita y hasta algo fuera de lugar por sus pretensiones, ya que con ello se quiere negar la historia y la génesis de todos los movimientos revolucionaris que la humanidad ha realizado en el lento y penoso camino que recorre para acercarse a su dicha.

Se nos ha dicho: Mirad a Rusia: contemplad este bello espectáculo; el ejemplo, este ejemplo debéis admirar y en él hallaréis la confirmación práctica de nuestros razonamientos.

Y yo digo: ¿Qué debemos de mirar? ¿Cuál es la contemplación que nos proponéis? Aquí no vemos más que una revolución ya hecha y el ensayo de un sistema de organización social, cuyos resultados no son lo suficientemente claros para que sobre ellos hagamos deducciones.

Nos ponéis delante del acto consumado y nos decís: ¡he ahí el ejemplo!
No es así, ni situándonos en tal extremo, como podremos juzgar las pretensiones de la Tercera Internacional.

Habéis olvidado algo muy esencial; lo más esencial para que vuestros razonamientos tuvieran la fuerza que pretendéis.

Habéis olvidado demostrarnos si fue el Partido Comunista el que hizo la revolución en Rusia.

Demostradme que fuisteis vosotros, que fue vuestro partido el que hizo la revolución, y entonces creeré en cuanto habéis dicho y trabajado por lograr lo que proponéis.

La revolución, según mi criterio, camaradas delegados, no es, no puede ser, la obra de un partido. Un partido no hace una revolución; un partido no va más allá de organizar un golpe de Estado y un golpe de Estado no es una revolución.

La revolución es la resultante de muchas causas cuya génesis la hallaremos en un mayor estado de cultura del pueblo, en el desnivel que se produce entre sus aspiraciones y la organización que rija y gobierne a este pueblo.

La revolución es la manifestación, más o menos violenta, de un estado de ánimo favorable a ese cambio en las normas que rigen la vida de un pueblo, y que, por una labor constante de varias generaciones que se han sucedido luchando por la aplicación de ese deseo, emerge de las sombras en un momento dado y barre, sin compasión, cuantos obstáculos se oponen a su fin.

La revolución es la idea que han adquirido las muchedumbres de un mejor estado social, y que no hallando cauces legales para manifestarse, por la oposición de las clases capitalistas, surge y se impone por la violencia.

La revolución es la consecuencia de un proceso evolutivo que se manifiesta en todas las clases de un país, pero particuparticularmente en las menesterosas, por ser ellas las que más sufren en el régimen capitalista, y no hay partido alguno que pueda atribuirse el privilegio de ser él solo quien ha creado ese proceso.

La revolución es un producto natural, que germina después de haber sembrado muchas ideas; regado el campo con la sangre de muchos mártires; arrancado las plantas malas a costa de inmensos sacrificios, y ¿qué partido, si no quiere que lo tomen en ridículo, podrá vanagloriarse de haber él solo sembrado de ideas el campo, regado y escardado? Ninguno; es decir, yo creo que ninguno; vosotros no sois de la misma opinión.

Decirnos que sin Partido Comunista no puede hacerse la revolución, y que sin ejército rojo no pueden conservarse sus conquistas, y que sin conquista del Poder no hay emancipación posible, y que sin dictadura no se destruye a la burguesía; es hacer afirmaciones, cuyas pruebas nadie puede aportar. Pues si serenamente examinamos lo sucedido en Rusia, no hallaremos de tales afirmaciones ninguna confirmación.

Vosotros no hicisteis solos la revolución en Rusia; cooperasteis a que se hiciera y fuisteis más afortunados para lograr Poder.

Al llegar aquí, como los diez minutos habían transcurrido, el presidente me lo indicó, y abandoné la tribuna.

Después de algunos oradores, que combatieron algunos de los extremos. que yo había tratado, subió a la tribuna Trotzky y habló más de tres cuartos de hora, combatiendo lo que yo .. había dicho.

Pedí de nuevo la palabra; me dijeron que la lista de oradores estaba cerrada.

Sin terminar de discutir este tema se levantó la sesión.

No extrañéis que se discuta poco, o por lo menos no juzguéis que se ha discutido poco por lo que aquí pueda decirse; pensad que cada discusión ha de traducirse, por lo menos, a cuatro idiomas y la contestación que se haga a ese discurso por idénticos trámites.

En la sesión siguiente, en la de la mañana, pues hubo día de tres sesiones, continuó la discusión del mismo tema. Zinovief, que habló de los últimos, empleó más de media hora para refutar lo que yo había dicho la noche anterior; insistí de nuevo pidiendo la palabra; se me contestó que el debate había terminado. Efectivamente. con unas actuaciones de la presidencia, se dio por terminado el debate y se levantó la sesión, dejando para por la tarde el nombramiento de una Comisión que estudiara algunas enmiendas de forma que se había propuesto y aceptado a la tesis de Zinovief.

En la de la tarde ocurrió un incidente, del que fui protagonista, y lo relato en confirmación de lo que dije acerca del papel que juega el “Presidium”.

Presidía Serrati, que dio por abierta la sesión manifestando que la presidencia se había reunido y acordado modificar el orden de la discusión.

Así como para el tema “Necesidad del Partido Comunista”, después de la exposición del ponente, se había entablado discusión general para conocer la opinión de los delegados, y luego nombrado una Comisión que recogiera las enmiendas aceptados por la mayoría, redactara de nuevo la tesis y se diera una última lectura para saber si había sido bien interpretado el deseo de los proponentes de las enmiendas, antes de someterlas a votación definitiva, en lo sucesivo, como las tesis habían sido repartidas en un folleto impreso y todos los delegados las conocían, para abreviar la tarea, se nombrarían comisiones de once, quince y diecisiete individuos, que se reunirían para dar dictamen, después de haber oído al ponente, y tanto si había acuerdo como si no lo había, entre el ponente y la Comisión, se daría lectura al dictamen de comisión en el Congreso para aprobación definitiva, y por si había alguna enmienda que proponer.

Dijo también que cada delegación nacional tenía derecho a proponer un individuo de su seno para cada una de las comisiones dictaminadoras; eran siete, y una vez propuestos, la presidencia aceptaría los que creyera más capacitados para aprobar la tesis ...

Pedí la palabra y protesté de la decisión de la presidencia proponiendo esas comisiones dictaminadoras, pues equivalía a sustraer al Congreso la discusión de los temas. Pero lo que me parecía insólito y lo reputaba como una comedia, era que nosotros, los delegados, tuviéramos el derecho de proponer y la presidencia el de aceptar los que le parecieran más aptos. Porque yo entendía que éramos nosotros, los delegados, los que debíamos proponer y aceptar, pues para aceptar la proposición de la presidencia valía tanto que, prescindiendo de quienes nosotros propusiéramos, la designara ella directamente.

-No podemos hacerlo -contestó Serrati, algo mosqueado-, porque no los conocemos.

-Los conocerá la presidencia para escogerlos cuando nosotros los hayamos propuesto -repliqué, vivamente-. Porque lo que nos propone equivale a una fábrica de mayorías.

-Queda terminado el incidente -me contestó.

He de deciros también que esta actitud mía causó cierta perplejidad en los delegados, pues, sin duda, esas son costumbres viejas y aclimatadas en la mayoría de esos países y de esas organizaciones políticas.

Otra cosa que llamó mi atención es que no se levantaban actas; sí que había seis o siete secretarios, pero dijeron que tomaban nota de lo que se dijera para publicarlo más tarde.

Así que me pareció no un Congreso, sino una discusión académica, donde el recipiendario hace un discurso y otro académico le contesta.

Pues todo se limita a un tema propuesto por el Comité; desarrollado por un individuo que él designa; discusión general sobre ese tema: modificaciones que se introducen, y luego publicación del tema para conocimiento del partido.

El espíritu que vive en un Congreso: las diferentes facetas y apreciaciones que puedan hacer los delegados, todo eso pasa a mejor vida, cae en el vacío.

Dos palabras sobre las votaciones. Os dije que según la importancia de la colectividad representada se le había concedido determinado número de votos. Yo creí que en el Congreso se votaría por lo acordado. No fue así. Cada delegado tenía un voto. Se votaba por individuo, y no por representación. Nombráronse las Comisiones, y yo fui designado para formar parte de la que había de dictaminar sobre los Sindicatos. Como las Comisiones se reunían para dictaminar y no había ningún dictamen, concurríamos a la sala, pero apenas si se discutía unos minutos y sobre cosas sin interés.

Además, una vez nombradas las Comisiones, creí ver que el Congreso había perdido todo su interés y se concentraban en lo que las Comisiones aprobaran.

Vino a sacarnos de ese sopor en que amenazábamos caer un hecho, cuya explicación no puedo dárosla, porque no la sé.

El tercero y cuarto día, al comenzar la sesión, Zinovief, que presidía, anunció que los camaradas Cachin y Frossard harían una declaración.

Cachin, el primero, subió a la tribuna, y después de reconocer que, efectivamente, en su pasada vida política había algunos desaciertos y no siempre habían estado a la altura que los acontecimientos reclamaban de ellos, se proponían hacer enmiendas, y que, de acuerdo con el Comité de la Tercera Internacional, aceptaban todas las condiciones que éste les imponía para el ingreso del Partido Socialista en la misma, y al día siguiente regresaban a Francia, a fin de cumplimentar los acuerdos contraídos.

Frossard, a su vez, ratificó lo dicho por Cachin, añadiendo que de buena fe, en lo sucesivo, laborarían al costado del proletariado revolucionario.

El asombro que produjeron estas declaraciones no es para descrito. Nadie, o muy pocos, se las esperaban. Además, que aquello era tomar al Congreso por el pito de un sereno. ¿Con qué derecho se había pactado a sus espaldas con Cachin y Frossard, habiendo en el Congreso otros delegados de Francia?

Pidieron éstos la palabra; protestaron de lo pactado, pero como si no, Cachin y Frossard regresaron a Francia, y lo hecho, hecho estaba.

Las sesiones perdían todo interés. Las muchas traducciones hacían interminable la menor discusión.

Además, cuando se iba a traducir en una lengua, los que no la entendían abandonaban el salón; cuando se terminaba esta traducción y se había de hacer otra, era preciso aguardar a que vinieran los de aquel país, lo que ocasionaba una pérdida de tiempo incalculable. Y a cada traducción se repetía el mismo caso. Y sólo había una mujer para traducir a todos los idiomas: la Angelico Balabánoba.

Uno de los temas que apasionó un tanto al Congreso, deteniendo un algo su decaimiento, fue el que trataba de la actuación electoral de los Partidos Comunistas. Los partidarios de la abstención eran muchos, y sólo la disciplina y el que Lenin lo impusiera pudo triunfar de la corriente en contra que se manifestaba. Una de las delegaciones que se mostraron más irreductibles fue la holandesa. No quería ceder, y sólo el número la aplastó, a pesar de sus lógicos razonamientos.

En este tema, que tanta importancia tenía, intervino Souchy, el delegado de los sindicalistas alemanes, pronunciando un discurso importantísimo por el fondo y por la manera de abordar el problema antielectoral que imponía el Comité; pero a lo más recio de sus razonamientos, como habían transcurrido los diez minutos, se le retiró el uso de la palabra; sin embargo, a sus contradictores se les dejó hablar el tiempo que les vino en gana.

Eso de los diez minutos era una ratera, y, según qué ratones, pasaban y repasaban y la trampa sin caer.

Otro de los temas que sacudió un tanto la monotonía, y que por los precedentes estaba llamado a dar juego, era el de la Política colonial.

Lenin, que era el ponente, mantuvo su punto de de vista y Serrati combatió el criterio de Lenin. Manifestó que la delegación italiana se abstendría de tomar parte en la votación de aquel tema, pues él, como director del diario socialista de Milán, Avanti, había mantenido una campaña durante seis años contra ese mismo criterio que algunos socialistas italianos y muchos nacionalistas sostenían, y no quería con su voto, en un Congreso en Moscú, destruir lo que tanto tiempo le había costado edificar.

Pero Lenin mantuvo íntegramente su apreciación, y la mayoría del Congreso aprobó el criterio de Lenin.

La marcha del Congreso era desesperante, pues, aparte si hablaban Lenin o Trotzky, las discusiones trancurrían en medio de una indiferencia general, mientras que en las Comisiones se arreglaban todos los asuntos. Añadamos a esto que el cansancio de la Balabánoba se acentuaba cada día, y las traducciones las concretaba más y más, hasta no quedar apenas nada de lo que había dicho el orador.

Teniendo en cuenta esta dificultad de los idiomas y pensando que simplificar esta dificultad sería muy ventajoso, y acordándome del acuerdo tomado en Madrid por la Confederación, en un escrito propuse a la presidencia sometiera a la discusión del Congreso declarara para Congresos sucesivos el "Esperanto", como idioma auxiliar. Cuando presenté la proposición, me dijeron que lo discutirían y me darían la contestación de lo acordado sobre ella.

Cuando llevábamos ya catorce o quince días de sesión, la delegación inglesa se acrecentó con la llegada de nuevos delegados y entonces la presidencia propuso que, visto el número de delegados ingleses que tomaban parte en el Congreso, se suprimiera el francés como idioma oficial, reemplazándolo por el inglés. La propuesta fue aprobada.

A partir de este momento, se me hace más difícil seguir al día el Congreso, como hasta ahora; pues, contando siempre con el cansancio de la traductora, que iba en aumento, tardes hubo y sesiones enteras en las que no se hizo ni una sola traducción al francés.

En una de estas sesiones se discutieron las condiciones de ingreso de los Partidos Socialistas en la Tercera Internacional. Las condiciones que constaban en el folleto de que antes hemos hablado eran catorce.

La Comisión dictaminadora las aumentó a dieciséis. Y como después del dictamen aún se hicieron por algunos delegados objeciones acerca de algunos puntos, se acordó que la Comisión, que aceptaba algunas de las últimas enmiendas presentadas, retirara el dictamen para nueva redacción, y una vez redactado diera lectura de él para la definitiva aprobación.

Que yo sepa, no volvió a leerse en ninguna, y pasarme desapercibido lo dudo bastante, pues no falté ni a una sola de las sesiones; comprenderéis por lo mismo cuál sería mi asombro al enterarme, apenas llegué a Berlín, de regreso, que las condiciones impuestas a los P. S. para ingresar en la III Internacional eran veintiuna.

Con la mano sobre la conciencia, debo deciros que el Congreso no las discutió. Si las discutió la Comisión dictaminadora, no lo sé, pero que en el Pleno del Congreso nada se habló de las veintiuna condiciones, puedo afirmarlo sin temor a equivocarme.

Otra de las sesiones bastante animada fue en la que se trató de la petición de ingreso en la III Internacional del P. S. independiente alemán.

En el último Congreso que este partido había celebrado, anterior al de la III Internacional, habíanse manifestado dos tendencias, aunque en el fondo sólo era una: adherir a Moscú; pero unos querían adherir imponiendo condiciones y los otros incondicionalmente. Los partidarios de adherir imponiendo condiciones habían obtenido la mayoría, pero tan exigua, que para evitar la escisión en el partido se acordó enviar a Moscú una delegación compuesta por dos individuos de cada tendencia para ver si era posible conciliar, de acuerdo con la III Internacional, los deseos de unos y de otros.

La sesión donde los cuatro delegados independientes debían hacer uso de la palabra prometía ser interesante, contando además que Levi, el delegado del P. C. alemán, no desperdiciaría la ocasión de combatir a sus antiguos compañeros de partido.

Y, efectivamente, las esperanzas no fueron defraudadas.

Dtmann y Stoecker, que eran los partidarios de la adhesión sin condiciones, atacaban duramente a sus compañeros de partido, Crispier y Ledebourg, que sostenían el criterio de adhesión imponiendo condiciones. Y Paul Levi, desde la presidencia, iba dibujando a unos y a otros. Digo dibujando en el sentido de debilitar a los adversarios para quedarse con la mayor tajada.

La discusión fue movida y accidentada y de ella saqué el convencimiento que la escisión del P. S. alemán tardaría en producirse el tiempo que tardaran en regresar a Berlín los delegados que habían ido a Moscú. Esta convicción se había hecho aparte de la discusión habida en el Congreso por los trabajos que se realizan entre bastidores. El salón del Congreso era la escena donde se repetía el papel anteriormente aprendido.

En las diferentes votaciones que se habían suscitado, cuando se citaba a España, siempre contestaba absteniéndose, lo que llamó la atención a varios delegados, y hablaron manifestando su extrañeza.

Entonces subí a la tribuna e hice la declaración siguiente: "Que yo representaba a una organización sindical antipolítica, y como cuantas discusiones se habían suscitado hasta el momento sólo incumbían a partidos políticos, me abstenía de votar, pues no quería, con mi voto, inclinar la resolución en ningún sentido, dado que yo no tenía compromiso en la ejecución de cuantos acuerdos se tomaran. Que no era una abstención en el sentido de no querer votar; era inhibirme en asuntos que para nada me incumbían, teniendo en cuenta el carácter de la organización por mí representada en el Congreso. Que votaría cuando se discutiera el tema referente a los Sindicatos y a alguna cuestión de detalle, pero en las otras me abstenía siempre.”

Ya os dije que fui designado para formar parte de la Comisión dictaminadora acerca de los Sindicatos. No creo ocioso deciros que en ella era el único delegado que representara a una organización sindical; sin representar al mismo tiempo a un partido político.

El ponente era Radek, y acaso no os diga nada nuevo diciéndoos que Radek es un antisindicalista rabioso, rabioso.

Para él los Sindicatos, si no sirven a los Partidos Comunistas, no tienen razón de ser.

Su criterio acerca de los Sindicatos es el mismo de la ponencia, y que puede resumirse en pocas palabras.

Centralización absoluta; disciplina y cooperación con el Partido Comunista. Además, todos los cargos retribuidos, permanencias, secretarías, propaganda, comisiones de todas clases. Comités Nacionales de Federación de oficio o de toda la organización deben estar en manos de comunistas probados, para evitar que los dirigentes de la organización pongan ésta al servicio de la burguesía imperialista de todos los países, como sucedió en 1914. Hay que evitar una nueva traición de los jefes del movimiento sindical.

Combatí este criterio en el seno de la Comisión dictaminadora. Dije que la falta de lo ocurrido en 1914 con las organizaciones sindicales de todos los países beligerantes no radicaba precisamente en los hombres que estaban al frente, sino en la constitución interna de esas mismas organizaciones, que permite, a causa del centralismo absorbente y de la burocracia, que destruye toda la iniciativa individual; el que muchedumbres considerables acepten lo que un hombre les dice sin oponer una idea propia ni un razonamiento.

Que si es cierto, como afirma la ciencia y numerosas pruebas vienen cada día a demostrarlo, que la función crea el órgano, si no se modifican los sistemas de organización, por muy comunistas que sean sus nuevos directores, después de un cierto tiempo caerán en los mismos vicios que se pretende combatir.

En consecuencia, yo proponía que no se limitara el dictamen a cambiar los hombres dejando las organizaciones tal cual estaban antes, sino que se cambien los hombres, pero también los métodos de organizar.

Me oyeron como quien oye llover y está bajo techado, e hicieron tanto caso de mis palabras como de las coplas de Calainos.

Allí no se iba a modificar ni a reformar; se iba a apoderarse de las secretarías y permanencias, para desde allí dirigir; lo demás no tenía importancia. Comprendí que perdía el tiempo y dejé de concurrir a las reuniones de la Comisión.

Vino, por fin, el día de discutir esta cuestión, y como los ingleses, el delegado de los sindicalistas alemanes y otros querían intervenir, la discusión prometía ser movida.

El dictamen de la Comisión era opuesto, en parte, al del ponente, pues, aunque no mucho, reclamaba la Comisión cierta autonomía para los Sindicatos, y Radek no quiso ceder.

Puesto a discusión el dictamen del ponente, invirtió más de una hora en su defensa.

La Comisión, que también había redactado otro dictamen y nombrado un ponente que lo defendiera, peroró casi una hora, defendiendo sus puntos de vista. Ya digo que la diferencia entre la Comisión y Radek era de forma, y no de fondo; pero como una y otro se mostraron irreductibles, he aquí por qué había dos dictámenes.

Cuando terminaron de hablar los ponentes, un número considerable de delegados pedimos la palabra.

Como la discusión amenazaba prolongarse, la presidencia dijo que, en vista de ser veintidós los inscritos para hablar sobre aquel tema, aun después de haber hablado dos ponentes, se había hecho una proposición en el sentido de nombrar tres camaradas por cada una de las dos tendencias manifestadas y cuando ellos hubieran terminado de hablar someter a votación el dictamen de la ponencia y el de la Comisión.

Dijo también que en la misma proposición se designaba a los individuos que habían de intervenir en el debate y que la presidencia aceptaba, y proponía al Congreso aceptase, y, ¡cosa rara!, ni yo, ni Souchi, ni los sindicalistas alemanes, que en realidad éramos la verdadera oposición en el terreno de las organizaciones sindicales, no figurábamos en la propuesta y fuimos implacablemente excluidos.

Terminado de hablar los propuestos se puso a votación y la mayoría aceptó la tesis de Radek. No quise ni votar. ¡Para qué!

El Congreso se acercaba a su término.

Discutióse la relación de las juventudes socialistas con la Tercera Internacional. Y también algo relacionado con la organización de la mujer. Y en la última sesión el reglamento de la Tercera Internacional. Por cierto que el artículo 14 originó viva oposición por parte de la delegación inglesa.

En el artículo mencionado se dice lo siguiente, que fue lo que originó la actitud de los delegados ingleses, con la cooperación de otros, incluso la mía: "En los próximos Congresos mundiales de la Tercera Internacional, las organizaciones sindicales nacionales a ella adheridas estarán representadas en ellos por conducto de los delegados del Partido Comunista de su país. ”

Lo subrayado es mío, pues quiero llamar vuestra atención acerca de lo que lo citado representa para la Confederación en lo sucesivo.

La delegación inglesa solicitó se suprimiera esa parte del artículo, pues, decían, con ello se quita toda personalidad a las grandes organizaciones nacionales. Pero ni su protesta, ni la mía, ni la de otros valió.

Por mayoría quedó aprobada la proposición del Comité.

Como sabía que aquella era la última sesión del Congreso y mi proposición acerca del "Esperanto” había, sin duda, pasado al olvido, pues nada se me había contestado, insistí cerca de Zinovief para que se diera lectura de dicha proposición y el Congreso emitiera su opinión sobre la misma.

Me contestó que discutirlo no era posible. Podía dar lectura de mi proposición, añadiendo al final que invitaba al Comité de la Tercera Internacional emitiera dictamen o encargara una ponencia a fin de discutirla en el próximo Congreso.

Así lo hice y el Comité contestó que la estudiaría.

Con aquella sesión terminaban las del Congreso, y el próximo sábado, pues era jueves, se celebraría la de clausura en el gran teatro de la Opera, de Moscú.
Antes de abandonar el salón, Luzovsky nos invitó a los mismos de antes, para que al día siguiente, viernes, y en aquella sala, nos reuniéramos, continuando la discusión interrumpida a fin de organizar la "Internacional Sindical revolucionaria”.

En esta nueva etapa sólo nos hallábamos presentes delegados de Rusia, Francia, España, Bulgaria y Yugoeslavia; los de Georgia e Italia habían retornado a sus países.

Luzovsky dio principio a la reunión, exponiendo la necesidad de activar los trabajos de preparación, para inmediatamente hacer el llamamiento al proletariado organizado del mundo, y éste se preparara a concurrir a la Conferencia sindical.

Hablé a mi vez y manifesté que después de la aprobación del artículo 14 del reglamento de la Tercera Internacional me parecía ocioso e inútil discutir ni siquiera organizar la Conferencia, pues, o bien se aceptaba el principio de autonomía absoluta de la I. S. R., o bien, dicho artículo 14, en el párrafo ya citado, establecía una incompatibilidad que no sabía si otras organizaciones allí representadas lo aceptarían, pero tenía la completa, la más firme seguridad que la Confederación que yo representaba no la suscribiría.

Las razones eran muchas, pero las más principales podían concretarse a dos: nuestra independencia frente a todos los partidos políticos, incluso las comunistas, que pudieran constituirse en España, y nuestra actuación exclusivamente antipolítica.

Que yo había hecho saber las características principales y más salientes de nuestra organización, y por ellas podían convencerse cuán lejos estábamos de lo que con tal artículo se pretendía.

Que nuestras luchas contra los partidos políticos son legendarias y uno de los más gloriosos blasones de nuestra actuación, pues con ella habíamos conseguido destruir la potencia de partidos cuya influencia entre las clases trabajadoras de España era innegable. Y aceptando las resultantes de tal acuerdo, habríamos destruido una influencia política para fomentar otra, cuyas ventajas no veía por parte alguna. Después de lo aprobado, terminé, me parece sin finalidad continuar discutiendo.

Luzovsky contestó que yo exageraba un tanto la situación, pues, si bien debían reconocerse como justos algunos de mis argumentos, no eran del todo lógicos los que se referían a la continuación de los trabajos de organización de una I. S. R.

Hagamos estos trabajos -continuó-, convoquemos la Conferencia, planteemos allí todas estas cuestiones, démosles una solución, y con arreglo a ello obremos en lo sucesivo.

Respondí a Luzovsky que como mi intención, impugnando y discutiendo los acuerdos, no tenía un carácter excesivamente negativo, aceptaba sus puntos de vista; continuaría ayudando en los trabajos de organización de la Conferencia sindical; haría todos los posibles porque la Confederación concurriera a ella con una delegación lo más numerosa posible y con criterios discutidos acerca de cuanto debíamos acordar, definiendo así y sentando nuestra posición con la firmeza y seguridad requerida. Pero que no se hicieran ilusiones, pues si el criterio de la Confederación no variaba, difícil aceptara lo que de ella se quería.

Acto seguido de esta discusión, Luzovsky nos presentó al camarada Tomsky - 3 -, uno de los miembros del Comité Ejecutivo de la Confederación General del Trabajo rusa, que debía reemplazarle en aquella ocasión, pues él, Luzovsky, partía para Suecia, Alemania y otros países, si los Gobiernos le autorizaban la entrada, delegado por su organización.

Como Tomsky había asistido a la reunión desde un principio, no fue preciso repetirlas, conociendo, por tanto, mi criterio. Después de señalar el orden del día de lo que habíamos de discutir el próximo lunes, pues el sábado se celebraba el mitin de clausura del Congreso y el domingo descansábamos, se dio por terminada esta reunión.

En la reunión del lunes nos ocupamos acerca del lugar donde la Conferencia debía celebrarse y del texto de la convocatoria. Tomsky se manifestó, desde el primer momento, bastante más conciliador que Luzovsky.

Sostenía también el criterio de que la Conferencia se celebrase en Moscú, y yo repetí mis anteriores manifestaciones y la proposición de que fueran Suecia o Italia los países donde se convocara. Propuse, además, que se lanzara la convocatoria sin designar ningún país; se consultara a las organizaciones de Italia y Suecia, y si aseguraban que los Gobiernos de sus países no pondrían inconveniente, un mes antes de la Conferencia, por lo menos, pues en un mes bien podía prepararse el viaje, para cualquier país que fuese, se designase la población de la Conferencia. Y sólo en el caso de que la contestación de esos dos países fuese negativa se convocara en Moscú. Esta proposición fue aceptada.

El texto de la convocatoria que, como dije en un principio, se limitaba a convocar a las organizaciones que aceptaran la conquista del Poder y la dictadura, y a la que Luzovsky no quería admitir modificación, intransigencia que había costado la total separación de nuestros trabajos, de los sindicalistas alemanes, Comités de Fábrica de Inglaterra e I. W. W. Norteamérica, fue modificada en el sentido siguiente: “Se convoca a la Conferencia a cuantas organizaciones sindicales nacionales, Federaciones de oficio nacionales e internacionales, Uniones regionales y departamentales que acepten la conquista del Poder político por la clase trabajadora y la dictadura del proletariado, y también se convoca a las que, sin haber hecho declaración alguna expresa en ese sentido, practiquen la lucha de las clases revolucionaria.”

Aprobada esta ampliación en la convocatoria de la Conferencia, propuse a Tomsky se hicieran gestiones para que los delegados de las organizaciones antes mencionadas y que no participaban de nuestros trabajos fueran invitados nuevamente. Aceptó y me encargó las realizara directamente, con autorización del Comité.

Cuando expuse a esos compañeros la ampliación hecha en la convocatoria y las nuevas corrientes conciliadoras, manifestadas por Tomsky, aceptaron volver a tomar parte en la preparación de la Conferencia.

Continuábamos trabajando en los preparativos de la misma cuando me avisaron de la llegada a Moscú del camarada Armando Borghi, secretario de "La Unione Sindacale Italiana”.

Entrevistóse conmigo apenas llegado y me indicó la razón de su viaje. Me dijo que "La Unione Sindacale” se había también adherido a la Tercera Internacional, y por carta, hacía ya muchos meses, habían comunicado a Moscú su adhesión. Que le extrañaba no figurara en ningún acto de los ejecutados por la Tercera Internacional, ni tampoco en las adhesiones al Congreso también de los trabajos preliminares que realizábamos para la el nombre de "La Unione Sindacale”. Habiendo sido excluida convocatoria de la Conferencia sindical internacional.

Contesté que nada sabía de su adhesión a la Tercera Internacional, y, habiendo preguntado al Comité de la Tercera si tenía relaciones o sabía algo que "La Unione Sindacale”, se me contestó siempre que nada sabían. En cuanto a incluirla en los trabajos de preparación de la Conferencia no podía haberse incluido, porque la Tercera nos había negado siempre que el organismo por él representado estuviera adherido a Moscú.

Más tarde supe que sí lo sabían, pero, por razones que ignoro, lo habían ocultado.

Presentóse al Comité de la Tercera Internacional y, después, al organizador de la Conferencia sindical.

De éste solicitó se excluyera a la Confederacione Generale del Lavoro, representado por D’Aragona, incluyendo en su lugar a “La Unione Sindacale”.

Alegaba en su favor el carácter reformista y de colaboración de clases de la primera y la influencia preponderante en ella de los socialistas italianos de la derecha, y aportaba en defensa del reemplazo por "La Unione Sindacale” que esta última mantenía vivo el espíritu de clase, la colaboración con ningún órgano representativo de la burguesía, y la defensa que desde el primer día había hecho de la revolución rusa.

Tomsky, y con él la mayoría, se negaron a acceder a la petición de Borghi. Entonces este camarada reclamó mi ayuda de manera decidida y enérgica, llegando hasta el rompimiento si era preciso.

Me puse a su disposición, pues aunque vagamente, tenía conocimiento de lo que habían hecho por la Confederación, y un deber de reciprocidad me obligaba a prestarle mi decidido con curso, que lo mismo le hubiera prestado aun sin mediar lo que ellos habían hecho por nosotros.

Le invité a que, de acuerdo, viéramos todas las soluciones que podían aceptarse antes de llegar a la ruptura definitiva. La máxima concesión que puedo hacer -dijo— es ser admitido a la organización de la Conferencia en igualdad de condiciones que la Confederencia del Lavoro.

Por la exclusión de esta última y su reemplazo por "La Unione Sindacale”, nos habíamos pronunciado nosotros, los alemanes, la I. W. W. de Norteamérica y los Comités de Fábrica de Inglaterra, y contra esa exclusión, Rusia, Francia, Bulgaria, Yugoeslavia y Georgia.

Discutióse nuevamente esta cuestión del reemplazo de una organización por otra y yo planteé la cuestión en los términos precisos, y Tomsky, y con él la mayoría, rechazaron nuestra petición.

Para evitar el rompimiento, Borghi hizo la segunda proposición, y, discutida largamente, fue aceptada. El conflicto se había conjurado, en parte.

En la misma reunión propuse, que para dar aliento y satisfacción a los compañeros adherentes de “La Unione Sindacale”, el Comité organizador de la I. S. R. hiciera la declaración siguiente: "El Comité organizador de la I. S. R. ve con suma simpatía la actitud enérgica frente a sus exploradores y el espíritu revolucionario de "La Unione Sindacale” italiana.

Esta proposición originó un vivísimo debate, y se levantó la reunión sin tomar acuerdo definitivo.

En la siguiente seguimos discutiéndola y Tomsky me rogó repetidamente la retirara. Y como yo no accediera a ello se levantó v solemnemente dijo: "En nombre del Partido Comunista ruso, y por razones de oportunidad política, no podemos aceptar esa proposición.”

Consulté con Borghi y este compañero, para evitar nuevos entorpecimientos, me aconsejó la retirara, lo que hice. Pero no sin manifestar a Tomsky que el oportunismo político de su partido estaba mal medido en esta ocasión, pues la proposición que yo había hecho era mucho más oportunista y se lo demostré.

Con esa declaración, le dije, sólo se pretende llamar la atención del proletariado que integra la Confederación del Lavoro. El compañero Borghi nos ha probado aquí el reformismo de esa organización, y como no es presumible que con la declaración propuesta los obreros se decidan a abandonar en masa la Confederacione, al ver que el Comité muestra sus simpatías por “La Unione Sindacale”, es muy lógico pretendan emularla. He aquí por qué mi proposición es de un oportunismo innegable, pero de oportunismo revolucionario. Si el del Partido Comunista ruso es otro oportunismo, entonces se justifica vuestra oposición.

Discutimos en aquella reunión, y en otras sucesivas, el medio más rápido de que la convocatoria para la Conferencia internacional sindical llegara a conocimiento de todas las organizaciones sindicales y también que surtiera el máximo de efectos.

Para lo primero se acordó que las estaciones radiográficas de Rusia la comunicaran a todos los países, y para lo segundo se propuso que cada delegado allí presente se encargara de convocar a las organizaciones de los países con quien tuvieran más afinidad y fueran más fronterizas.

A la Confederación se dio el mandato para que convocara a Portugal y países suramericanos, por la proximidad de frontera con el primero y la similitud de lengua los segundos.

Todos esos países, para los efectos del viaje, si hallaban dificultades, y para la convocatoria, formarían un conjunto con nosotros.

También se acordó que cada uno de los delegados allí presentes escribiéramos una carta, de esas que son tan pródigos en Rusia, a los obreros de los países a quienes debiéramos convocar, invitándoles a que hicieran acto de presencia en la Conferencia, demostrando así su simpatía por la revolución rusa y su deseo de integrarse a la I. S. R.

Yo debía escribir una, dirigida a los obreros organizados de los países que debíamos convocar y que ya he mencionado. Estas cartas, una vez redactadas y traducidas al ruso, para que el Comité conociera el texto, se enviarían por radio, firmadas por él.

La primera que se redactó y se nos leyó fue la dirigida a los obreros ingleses. Se discutió sobre su contenido y se acordó introducir algunas modificaciones.

Todos trabajamos activamente para terminar cuanto antes y estábamos más o menos satisfechos, porque a través de tantas vicisitudes llegábamos al fin, manteniendo cierta cordialidad y armonía. Pero... siempre hay algún pero, la cosa se enredó y terminó de mala manera lo que no parecía destinado a tal apoteosis.

Como dije, se acordó introducir algunas modificaciones a la carta dirigida a los obreros ingleses. Además acordamos que, una vez redactada con las enmiendas, se haría una copia para cada delegación, y, a su vez, cada delegado firmaría las copias de los demás, y así, cada uno tendríamos una copia con todas las firmas.

En una última reunión diose lectura definitiva a la carta inglesa y se aceptó. Como no había más que una copia se nos dijo que al día siguiente estarían todas y nos las enviarían al hotel para que las firmáramos.

En la reunión siguiente debía leerse la escrita por mí.

En efecto, al día siguiente, nos trajeron unas copias a firmar, pero en vez de las cartas a los ingleses, nos hallamos con el siguiente documento:

Que, traducido, dice:

"Nota del Comité Ejecutivo Provisional de la Internacional Industrial Roja, sobre la organización de la propaganda:

1.° Un Comité especial deberá ser organizado en cada país por el Partido Comunista, o por una organización industrial en cooperación con el Partido Comunista.

2.° El Comité se encargará de distribuir en todas las organizaciones de trabajadores, tanto Sindicatos como Uniones industriales, Federaciones y organizaciones sindicales, todas las circulares de las publicaciones de la Internacional industrial Roja.

3.° El Comité nombrará camaradas especialmente preparados para publicar nuevos periódicos profesionales o a utilizar los periódicos profesionales revolucionarios ya existentes, añadiéndoles suplementos que expresen el punto de vista de la Internacional Industrial Roja, y sosteniendo una propaganda enérgica contra la oficina de Sindicatos de Amsterdam.

4.° El Comité hará también una propaganda de crítica y de sueltos en los periódicos de los Sindicatos y polemizará en la prensa diaria.

5.° El Comité trabajará en estrecha cooperación con el Partido Comunista, siendo, no obstante, un órgano totalmente diferente y distinto del Partido Comunista.

6. ° El Comité contribuirá a convocar conferencias nacionales y locales, donde se discuta sobre cuestiones de organización internacional y escogerá oradores para la propaganda de nuestra política y organización.

7.° El Comité será compuesto de camaradas preferentemente comunistas, pertenecientes a organizaciones industriales, o que se encuentren en relaciones próximas con estas últimas. Los miembros del Comité serán elegidos por una organización industrial, con la aprobación del Partido Comunista y de su Comité Ejecutivo.

8.° En los países donde el método arriba indicado no pueda adoptarse, el Comité enviará, o contribuirá a enviar, a los camaradas designados por conducto del Partido Comunista, de esos países, con el fin de crear una organización parecida; “considerando como tales” - 4 - toda la América del Sur, Méjico, el Canadá, El Africa del Sur, la Australia y la Nueva Zelanda, en los que existe un movimiento sindical considerable y no hay ninguna organización comunista con ayuda de la cual podamos nosotros obrar.”

Leí dos o tres veces, muy atentamente, el documento y, después de reflexionar un instante, dije al portador: “Dile a Tomsky que en pro de una armonía entre la Tercera Internacional y nosotros he hecho concesiones que pueden acarrearme serios disgustos cuando regrese a mi país, pero que mi buena fe tiene un límite, como también lo tienen las concesiones que puedo hacer, y con lo concedido hasta ahora había llegado al límite.

Que firmar este documento, dejando aparte la forma de presentarlo, que considero indecorosa, por no calificarla más gravemente, representaría una vergüenza que mis compañeros no me perdonarían jamás, ni yo mismo no me la perdonaría tampoco.

Casualmente, cuando nos presentaron las copias, el compañero Borghi se hallaba en mi habitación; le pregunté, cuando se hubo marchado el camarada que los trajo, cuál era su opinión y qué pensaba hacer.

Se atusó un tanto la perilla, me miró de soslayo y respondió: “El otro día pedí me arreglaran el pasaporte para regresar a Italia; voy en seguida a ver si lo está, y, en caso afirmativo; mañana mismo tomo el tren y me voy.

Efectivamente, al día siguiente, partía para Petrogrado de regreso para Milán.

Expuesta queda mi actuación como delegado y algunas de mis impresiones del Congreso; a vosotros, compañeros del Comité Confedera] y a los componentes de la organización, toca decir si cumplí o no cumplí con mi deber.

* * *

Quiero en estas últimas páginas daros un resumen de la labor que hice al margen del Congreso, pero complementaria de mi misión.

Tres o cuatro artículos publicados en la Pravda, tratando del espíritu combativo de nuestra organización, de sus características y persecuciones. También hablaba en uno de ellos de la participación de la mujer en nuestras luchas sociales.

Un informe que me pidió la Tercera Internacional, solicitando que tratara en él, lo más concretamente posible, la situación de cadaunade las fuerzas sociales en España, sus métodos de lucha, adherentes, publicaciones, tiempo de actuación, etcétera, etc.

Os daré un resumen para ilustrar vuestro juicio y veáis si estuve en lo cierto.

Después de tratar someramente la intensidad de las luchas sociales en estos últimos tiempos y las persecuciones cada vez más violentas de que se nos hace objeto, y de detallar, someramente también, las condiciones económicas y políticas del obrero español, expongo la situación de las diferentes fuerzas sociales de la manera siguiente:

Partido Socialista: lo fundó hace unos treinta y cinco años su actual jefe, Pablo Iglesias. La residencia oficial la tiene en Madrid. Sus tendencias son francamente reformistas, habiendo permanecido fiel a la Segunda Internacional hasta el último momento.

Desde 1910 cuenta con representación parlamentaria; su minoría actual la componen cuatro diputados.

Tiene un órgano diario en la prensa, El Socialista, leído casi exclusivamente entre la clase trabajadora. A más del diario, que se publica en Madrid, cuenta con varios semanarios en provincias.

El número de afiliados en el partido es de unos cincuenta mil.

Su influencia se muestra más particularmente entre el proletariado de la capital de España, y en las regiones del Norte y Noroeste, Bilbao y su cuenca minera, y Asturias y su cuenca carbonífera, respectivamente.

Sigue en influencia la parte de Extremadura, y también tiene núcleos que le son adictos, aunque menos numerosos, en todas las regiones españolas.

Si bien, como he dicho al principio, es de tendencias marcadamente reformistas, existe en su seno una minoría bastante respetable que simpatiza más directamente que los otros con la revolución rusa y quisiera adherirse a la Tercera Internacional.

Unión General de Trabajadores: Es ésta, como su título indica, una organización sindical, pero afecta al Partido Socialista. Los componentes del Comité Central de la Unión General de Trabajadores y los del Partido son los mismos. No puede darse, pues, mayor compenetración.

Es marcadamente reformista también. Está adherida a la oficina de Sindicatos de Amsterdam; participó a la Conferencia de Washington y participa a las reuniones de la Conferencia del Trabajo en la Sociedad de las Naciones.

Su organización es centralista y por oficios, y no tiene órganos en la prensa. Pero dada la compenetración de que hablo más arriba, tanto El Socialista, a cuyo sostenimiento contribuyen los Sindicatos adheridos a la Unión, con subvenciones fijas y suscripciones voluntarias, como los semanarios socialistas de provincias, que también subvenciona, le sirven de expresión en su propaganda. Como publicación propia no tiene más que un Boletín trimestral, para el movimiento de los Sindicatos, altas y bajas y administración del Comité Central.

Su influencia se ejerce en las mismas zonas que la influencia del Partido Socialista y sus adherentes, según el último Congreso, son doscientos cincuenta mil.

Sufre, como toda organización sindical, momentos de crecimiento y de decrecimiento y, aunque fugazmente, ha contado en ciertas épocas mayor número de adherentes que en la actualidad y también de menos, notándose este último tiempo una tendencia al aumento.

Confederación Nacional del Trabajo: Reorganizada en 1916, tiene su domicilio social en Barcelona.

Representa esta entidad el espíritu revolucionario en España, en su forma combativa más extrema, predominando entre sus elementos orientadores los anarquistas.

Su principio organizativo es federalista, y tan buenos resultados ha obtenido del federalismo el proletariado de la Confederación que por nada ni por nadie se lo dejará arrebatar.

Su influencia se manifiesta más especialmente en Cataluña y Andalucía, esta última región eminentemente campesina.

Siguen en orden, por el número, Valencia y Aragón y seríamos ingratos si olvidáramos la región galaica, que sin ser muy numerosa es en cambio de viejas tradiciones revolucionarias.

Cuenta también con núcleos importantes en Asturias y Vizcaya. Sobre todo el de la primera región se distingue por su cultura y el segundo por su espíritu combativo.

La organización de sus Sindicatos es por zonas e industrias, sin Federaciones nacionales de oficio, las suprimió en su último Congreso; en cambio, siguiendo sus prinicipios federalistas tiene Federaciones locales en cada población industrial y luego Confederaciones regionales que unen a las Federaciones locales de toda la región.

Como órganos en la prensa cuenta con dos diarios (actualmente suspendidos por la persecución del Gobierno), uno en Barcelona y otro en Valencia, titulados los dos Solidaridad Obrera, y cuatro semanarios en Zaragoza, Bilbao, La Coruña y Sevilla, respectivamente, alguno también suspendido por orden del Gobierno.

Después de su reorganización, ha celebrado un Congreso en la capital de España, Madrid, al que han concurrido quinientos delegados, representando a un millón de trabajadores.

En dicho Congreso se acordó por unanimidad la adhesión a la Tercera Internacional, pero manteniendo los principios de la Primera Internacional.

El número de trabajadores representados en el Congreso ya dije que se elevó a un millón, pero contando las fluctuaciones, el Comité se adhiere a la Tercera Internacional con un efectivo de ochocientos mil adherentes.

Partido Comunista: Antes de mi salida de España no existía el Partido Comunista. Estando en París supe que las Juventudes Socialistas se habían separado del Partido Socialista y constituido el Comunista.

Sus efectivos los ignoro, aunque supongo no pasen de unos cuantos miles. Muy pocos.

Organo en la prensa, ha empezado a publicar un semanario titulado El Comunista.

No deben olvidarse los anarquistas. Pues aparte la influencia que ejercen en la Confederación Nacional del Trabajo, cuentan con sus grupos de afinidad y su prensa propia, Tierra y Libertad, el semanario más antiguo de España, está también suspendido por no quererse someter a la censura y por la persecución que sufren los compañeros que lo redactan.

Supongo quisierais, compañeros del Comité Confederal, expusiera mi opinión acerca de nuestra actitud en lo sucesivo para con la Tercera Internacional; no lo he querido hacer aquí por no involucrar lo que representa la actuación del delegado como tal y el juicio que pueda merecerle los resultados de esa misma actuación.
Lo que pienso de la Tercera Internacional irá en trabajo separado y aparte.

Barcelona y Cárcel, noviembre de 1921.

1) Según he podido enterarme, Luzovski, cometiendo una deslealtad imperdonable, aun cuando merezca otro calificativo más duro, ha dado a la publicidad el documento tal como él lo había redactado y sin las modificaciones introducidas. Yo lo traía modificado, pero, al ser detenido en Italia, me lo “quitó” la policía con otros muchos documentos. Como hay algunas copias que corren por ahí, si algún día puedo proporcionarme una la publicaré en prueba de lo que afirmo.

2) Son estos individuos los camaradas Luzovski, Rosmer, D’Aragona, Chabliny Milkitch, representando a Rusia, Francia, Italia, Bulgaria y Yugoeslavia, respectivamente. Y también puede testimoniar el camarada Souchy, de Alemania, y Tannes, de Inglaterra.

3) No confundirlo con Trotzky.

4) Lo que va entre comillas y subrayado lo agrego yo, para hacer comprensible lo que se pretende.