El movimiento de enero en Casas Viejas.

Jueves 14 de diciembre de 2006, por María Losada Urigüen

Una evocación importante gracias a la gentileza de la autora

AL OTRO LADO DE LA BARRICADA REPUBLICANA.
El movimiento de enero en Casas Viejas
.(*)

María Losada Urigüen (Becaria del Programa de Formación de Investigadores del Gobierno Vasco)

“Y al hacerlo rompéis el último lazo,
os alejáis definitivamente del pueblo,
os colocáis en lucha franca, abierta,
sin cuartel, del otro lado de la barricada...”
Eduardo de Guzmán

El episodio de Casas Viejas constituye uno de los principales detonantes de la crisis del primer bienio republicano. La historiografía más clásica lo dota de un peso muy importante y resalta su importancia en la caída de la coalición republicano-socialista, aunque sin profundizar en sus análisis. Los últimos estudios del caso (1) matizan esta conclusión y describen una situación insurreccional y un ámbito libertario mucho más ricos y complejos de lo que se había intuido hasta ahora. Conviene precisar algunas cuestiones antes de comenzar el relato de los sucesos del 10-12 de enero. Para comenzar, es importante señalar que el caso al que nos referimos se encuentra enmarcado dentro del movimiento del 8 de enero de 1933 (2). Este movimiento revolucionario es el segundo intento de los tres que acometería la CNT en su periodo insurreccional (en enero de 1932 y enero y diciembre de 1933). Pero aunque decimos que se encuentra dentro de este intento revolucionario, no obstante, está dotado de unas características diversas y específicas referidas a su contexto geográfico y cultural o a la capacidad de acción y a la implantación de cenetistas y faístas (3), sin olvidar nunca el referente común de los planes revolucionarios de 8 de enero; la aparente oportunidad abierta por la huelga general de la Federación Nacional de la Industria Ferroviaria y la potencialidad movilizadora del comunismo libertario y las consignas cenetistas. Todo esto a pesar de que tras su temprano fracaso la CNT tratase de desmarcarse del movimiento para eludir su responsabilidad en el desarrollo de la insurrección y su posterior represión.

La huelga de ferroviarios en enero y su inicial radicalización hacia posturas revolucionarias constituyó la oportunidad perfecta para que sectores de la CNT conocidos como faístas (aunque no necesariamente afiliados a la específica) y liderados por Juan García Oliver pusieran en práctica su teoría de la “gimnasia revolucionaria” (4). En ocasiones anteriores, en las que el conflicto ferroviario había enconado las relaciones de la FNIF (Federación Nacional de Industria Ferroviaria) con el gobierno, ya se había barajado la posibilidad de articular su protesta en torno a una huelga general revolucionaria. Sin embargo, los ferroviarios siempre deponían la lucha para alcanzar mejoras más o menos sustanciales en su situación laboral. Esto da muestra de que la impronta revolucionaria de este sector se veía determinada por la concesión o no de logros de mínimos. No resultan sorprendentes, entonces, las reticencias expresadas por Natividad Adalia (secretario del Comité Nacional de la FNIF) al delegado del Comité Nacional de la CNT que se entrevistó con él en Madrid a primeros de enero. Para el Comité Regional de Defensa de Cataluña (controlado por grupos que confiaban en la aplicación de la lucha violenta) no había marcha atrás en la situación: los ferroviarios se habían comprometido a impulsar la huelga general. Una explosión de un depósito de armas en la calle Mallorca de Barcelona alertó a la policía sobre el movimiento que se preparaba. Días más tarde, un arsenal mayor era localizado en Sants, lo que hizo que el Comité Regional de Defensa de Cataluña se inquietase ante la sospecha de que la policía pudiera tener los documentos de las reuniones secretas de la CNT. El miedo a que la policía desbaratara sus planes, incautándose del material y deteniendo a sus líderes, exacerbó la urgencia del CRD catalán.

El fracaso del movimiento de enero resultaba evidente ya el día nueve. CNT, preocupada por las circunstancias que habían envuelto el levantamiento y de las cuales, sin lugar a dudas, la Confederación pediría responsabilidades en el próximo congreso, trató de desmarcarse del proyecto revolucionario de manera un tanto improvisada (5).La prisa del CRD catalán y la confusión creada por una carta emitida por Manuel Rivas en calidad de secretario general del Comité de Defensa -cuya ambigüedad hizo que las regionales la interpretasen como un documento de Rivas como secretario de la CNT- debían traer, evidentemente, consecuencias en el seno del sindicato (6). Mientras tanto, la provincia de Cádiz se agitaba respondiendo a sus propios conflictos (7).

Los anarquistas de la comarca de Jerez comenzaron a preparar el levantamiento varios días antes del ocho de enero. Casas Viejas, a través de Juan Sopas -dirigente de la CNT local- quien trasladaba la información a José Monroy, presidente del centro obrero del pueblo. Éste, contrario al movimiento y temeroso por lo que los más radicales del pueblo pudiesen organizar no aireó la noticia hasta entrado el día ocho. Movidos por el terror al triunfo revolucionario de los campesinos, los alcaldes gaditanos demandaron la ayuda del Director General de Seguridad, Arturo Menéndez. Dirigentes de la FAI de Jerez hicieron circular una nota la mañana del martes en la que se indicaba: “a las diez de la noche, con todas las consecuencias”. El principal destinatario de la nota, el dirigente de la FAI de Medina Sidonia Manuel Llamas, encargó una vez en Medina a su compañero Osorio que trasladase la decisión a Casas Viejas. La idea era entregársela a Antonio Cabañas (Gallinito) quien, aunque no tenía un peso oficial en el sindicato, gozaba de la confianza de los jóvenes del pueblo y lideraba las Juventudes Libertarias. Sin embargo, al no encontrarlo, la nota le fue entregada a Juan Sopas, nada partidario de la insurrección. La tragedia podría haberse evitado, pero la suerte es caprichosa y quiso que Gallinito conociese la existencia de la nota. Aunque las noticias acerca del movimiento en todo el país eran muchas y diversas, todo apuntaba a que el fracaso en toda España era ya una realidad. Juan Sopas intentó evitar que la consigna revolucionaria llegase a manos de Gallinito, antes, al menos, de que se aclarase la situación de las otras provincias. Gallinito, acompañado de otros compañeros, exhortó a Sopas para que le diera la información y le advirtió de que de no hacerlo sería considerado un traidor por los vecinos.

Resulta evidente que los redactores de la nota querían que Casas Viejas se levantase a toda costa. La carta de Manuel Rivas obligaba a todas las regionales a respaldar a aquéllas que se levantasen. Sin embargo, la propia estructura de CNT habría comprendido que la autonomía de los diversos sindicatos los llevase a secundarlo o no siguiendo sus acuerdos asamblearios. Tal habría sido probablemente el caso de Benalup en la circunstancia de que la nota revolucionaria se hubiera dirigido, como resultaría lógico, a Juan Sopas o a Villarrubias, contrario a tal aventura y, a la sazón, secretario de la CNT del pueblo. Aún no se habían recibido las directrices acerca de lo que deberían hacer en el pueblo una vez establecido el comunismo libertario, cuando los principales dirigentes de la CNT de Casas Viejas hacía días que conocían los planes revolucionarios. Sin embargo, prefirieron esperar a las nueve de la noche del mismo día diez -poco después del episodio que acabamos de relatar- para hablarlo en la asamblea. Fuera como fuese, los sindicalistas ya sabían qué se iba a tratar en aquella reunión: ochenta o noventa hombres discutían dentro del sindicato y otros tantos charlaban en la calle.

Las cabezas visibles del sindicato de Benalup -Monroy, Villarrubia y Juan Estudillo- no eran partidarios de iniciar un conflicto violento con la fuerza pública en el pueblo. Temían la reacción de los más jóvenes al conocer el requerimiento de Jerez y, convencidos in extremis por el mismo Villarrubia, redactaron sus cartas de dimisión (8)que presentarían a la autoridad instantes después. Con ellas, a pesar de encabezar los preparativos revolucionarios tratando de controlar una situación por otra parte incontrolable e incontrolada, pretendían eludir sus responsabilidades como cargos oficiales del sindicato si la historia se torcía en las horas siguientes.

No todos los campesinos de Casas Viejas eran partidarios de la huelga general. Si hablamos en términos de revolución o comunismo libertario, el número de adheridos al movimiento quedaba reducido a unos pocos entusiastas con mucho arrojo y voluntad de transformación de la sociedad. Al hacer un estudio comparado de varias insurrecciones hemos podido comprobar que el procedimiento de captación de vecinos en el pueblo para la revolución en el suceso de Casas Viejas responde a una tendencia repetida (9). Tras la asamblea, en la que se dio a conocer la adhesión del pueblo a un movimiento de escala nacional y se fijaron las primeras acciones encaminadas a proclamar el comunismo libertario, varios hombres se pasearon por el pueblo, por sus calles, por sus casas, etc., tratando de convencer a los hombres (sobre todo a aquellos más útiles para la lucha, como los que tuvieran experiencia militar o poseyeran armas) para que se les unieran. Las tácticas usadas para esto iban desde la adulación, la coacción, la promesa de que el comunismo libertario sería la panacea que solucionase todos sus problemas o, en la mayor parte de los casos, la apelación a su honor personal y familiar y a su compromiso con la comunidad. A pesar de todo ello, las amenazas e insultos proferidos por Gallinito y sus compañeros no siempre lograban superar los lazos de lealtad contraídos con los años por los campesinos (10).

Una vez conocido el fracaso del movimiento -aunque con alguna confusión por las noticias que publicaba La Tierra sobre la huelga general en Zaragoza-, lo lógico habría sido abandonar los planes revolucionarios. No obstante, había tres razones para no hacerlo. Los campesinos, confiados en el potencial revolucionario de la CNT en España, no creyeron las noticias que desde la radio (11)les anunciaban el fracaso. Por otra parte, las Juventudes Libertarias del pueblo capitaneaban la rebelión arengando a los campesinos y planteando la cuestión de su participación en el movimiento como un ataque al honor, de modo que aquél que no participase quedaría autoexcluido de la comunidad. Finalmente, relacionado con lo anterior, no actuar significaba faltar a los compromisos adquiridos al dar su palabra de secundar la insurrección.

Algunos de los campesinos se mostraban reacios a contrariar a sus patronos embarcándose en una empresa revolucionaria que de seguro les apartaría del trabajo remunerado en el caso, más que probable, de fracasar. Aunque no podemos negar que en algunas ocasiones puede que esto se debiera al apego y al afecto que los trabajadores sentían por sus empleadores, la realidad es que muchos de ellos temían perder lo que entendían como un trato preferencial. Comprendían que muchos de sus compañeros sufrían unas condiciones de trabajo mucho peores que las suyas o simplemente hacía meses que no tenían un empleo (12).Mientras un grupo de exaltados convencía a los indecisos y se incautaba de las armas que quedasen escondidas en las casas, otro retiraba las municiones de Giménez Lago y una comisión pretendía aislar el pueblo, cortando el cable telefónico y haciendo una zanja a la entrada de la aldea. Movilizados ya todos los efectivos, procedieron a rodear el cuartel de la guardia civil (13).El comité revolucionario había asignado a unos y otros sus tareas.

Los sindicalistas de Casas Viejas esperaban en el cerro una señal previamente convenida que desde Medina Sidonia los empujase a la revolución. El hecho -desconocido por ellos- de que desde hacía horas un destacamento de la guardia civil había tomado el control de Medina, deteniendo a varios campesinos y obligando a huir al campo a otros tantos, hizo que la señal no fuese enviada. Sin embargo, la escasa visibilidad de la noche y las ilusiones puestas en una transformación radical de la sociedad facilitó que varios de los campesinos percibiesen que eran llamados a la lucha.

Hacia las cinco de la madrugada, varios jóvenes, capitaneados por Antonio Cabañas, quisieron entrevistarse con el alcalde pedáneo, Juan Bascuñana. Éste se negó a recibirlos al considerar que ni Gallinito tenía ninguna potestad para hablar en nombre de los sindicalistas del pueblo ni sus intenciones eran buenas. Más tarde, José Monroy lograba hablar con el alcalde, le describió la situación y le pidió que hablase con los guardias civiles para que el levantamiento pudiese desarrollarse pacíficamente. Dio su palabra de que si los guardias permanecían dentro del cuartel no habría tiroteos. El sargento García Álvarez ya conocía la situación al recibir a Bascuñana -Villarrubias se la había referido al entregarle su carta de dimisión- y consideraba su deber impedir cualquier alteración del orden en el pueblo. Trató de comunicar con Medina, pero la línea había sido ya cortada. El cuartel se encontraba rodeado por varios revolucionarios armados. El sargento García y el guardia Román García Chuesca salieron a apaciguar los ánimos. Lo que sucedió a partir de este momento no queda claro. A la salida de los dos guardias comenzó un tiroteo. La primera bala pudo salir de un arma de las autoridades, tratando de asustar a los campesinos, o puede que los vecinos se inquietasen al ver a los guardias armados y sin ningún interés en unirse a ellos. Los insurgentes habían puesto muchas de sus esperanzas en que los guardias aceptasen ser desarmados para unírseles a la proclamación del comunismo libertario. Si hubieran depuesto las armas, el asedio al cuartel habría terminado en ese momento. No lo hicieron y comenzó un tiroteo que terminaría saldándose con la muerte del sargento al día siguiente y del guardia, unos días más tarde (14).

La mañana del 11 de enero, sobre las siete (15), los campesinos se creían dueños del pueblo y una pieza más del engranaje revolucionario triunfante en toda España. Poco más de una hora tardaría la operadora de Medina en comprender que la comunicación con Casas Viejas había sido cortada. Aún los campesinos estaban entorpeciendo los accesos a la aldea cuando a las 10 llegó el mecánico de Medina con una escolta de guardias civiles, quienes les sorprendieron y detuvieron. Ajenos a estos contratiempos, los que asediaban el cuartel fueron relevados. Los hijos de Seisdedos (16), Perico y Paco Cruz, formaban parte de este grupo. La vida en el pueblo se desenvolvió de forma tranquila y sin sobresaltos hasta la llegada de los primeros refuerzos, sobre las dos de la tarde. Antes de esto, la actividad revolucionaria del pueblo siguió dos vías principales: el aprovisionamiento de víveres y la redacción de una carta para la comarcal cenetista de Jerez, pidiendo que les fuera entregado todo lo necesario para el buen desarrollo de la revolución (17).

Como ya hemos indicado, alrededor de las dos de la tarde llegaron al pueblo los primeros refuerzos de las fuerzas del orden, procedentes de Alcalá de los Gazules. Eran doce guardias civiles que se encontraban al mando del sargento Anarte. Andrés Vela -el cura del pueblo, escondido en su casa desde que horas antes tuviera las primeras noticias de lo que se preparaba- salió a la calle a entrevistarse con Anarte. Muchos de los vecinos del pueblo, no todos implicados en la insurrección, huyeron al campo o a otros pueblos. Conociendo el procedimiento en estos casos, movidos quizás por la costumbre, la mayoría pasó previamente por su casa para recoger alimentos y aquellos enseres que les fueran a ser más necesarios, pues la estancia en el monte podía ser prolongada. La familia Seisdedos, puede que convencida de que los demás vecinos harían lo mismo, se encerró en su choza. En realidad, nada hacía pensar que la represión alcanzaría los tintes que llegó a tener la madrugada del doce. El sargento y un guardia habían sido heridos, pero aún vivían y no existía ningún precedente claro de una represión como la del capitán Rojas en la corta vida de la República (18). A pesar de la aparente tranquilidad del pueblo -todo se encontraba en orden y los vecinos que no habían huido se encontraban en sus chozas-, los guardias se mostraban muy nerviosos y utilizaban sus armas, caldeando aún más la situación. Se ocuparon de los guardias heridos y vigilaron el pueblo sin mayores incidentes hasta las cinco de la tarde. En ese momento llegaba al pueblo el teniente Gregorio Fernández Artal, al mando de doce guardias de asalto y cuatro guardias civiles. El pueblo se encontraba en calma, de modo que inicialmente su tarea se limitó a cambiar la bandera confederal del sindicato por una tricolor. El teniente, ayudado por los guardias del pueblo Manuel García y Pedro Salvo, patrulló por el pueblo en busca de aquellos que hubieran participado en el tiroteo del cuartel. Al no encontrar a ninguno detuvieron como primer sospechoso a un joven que se encontraba enfermo en su casa: Manuel Quijada. Quijada fue apaleado para que delatase a los cabecillas (19). Fue entonces cuando comenzó el ataque a la choza de los Seisdedos (20). Fernando Lago, que sabía que su hija se encontraba en el interior, comenzó a disparar contra los guardias desde la loma. Más tarde eso le costaría la vida. Sería uno de los pocos ajusticiados que había disparado contra las fuerzas del orden.

A las siete y media de la tarde el director General de Seguridad, Arturo Menéndez, llamaba al capitán Rojas con nuevas órdenes: debía marchar de Jerez a Casas Viejas. La orden resulta de lo más sorprendente si pensamos que en el pueblo ya no existían alborotadores, la aldea se encontraba en orden y había más de treinta guardias velando para que éste se mantuviera. Además, los hombres de Rojas llevaban más de dos días sin dormir. La determinación y contundencia de las órdenes de Menéndez hacen pensar en la necesidad de dar un castigo ejemplar a los anarquistas. El tiroteo sobre la choza de Seisdedos continuó al menos hasta media hora después, cuando Artal pidió refuerzos al gobernador civil. Los refuerzos no llegaron hasta las diez de la noche: veinte guardias civiles a las órdenes del teniente García Castrillón. El gobernador civil había enviado junto con ellos a un delegado para que le mantuviese informado de todo cuanto sucediera, algo que el delegado cumplió escrupulosamente. El armamento que traían para contener una rebelión que, por otra parte, ya había sido sofocada horas antes, constaba de una ametralladora y varias granadas de mano; aparte de las armas de reglamento.

Los hombres de Rojas tuvieron que tomar muchas precauciones en su trayecto a Casas Viejas, los caminos estaban cortados y no era infrecuente el ataque de grupos dispersos escondidos tras las chumberas. No llegaron a su destino hasta las dos de la madrugada. Entonces, Rojas asumió el mando apoyado por Fernando de Arrigúnaga, delegado del gobernador civil de Cádiz. Este último estaba en posesión de un telegrama del gobernador, que decía traer Rojas, que ratificaba las órdenes de arrasar la choza. Se intensificó entonces el ataque a la choza en que murió el guardia Martín Díaz, al intentar acceder al interior. Otro guardia, Fidel Magrás, resultó herido mientras trataba de impedir que los ocupantes de la choza salieran de la choza que se estaba incendiando desde que los guardias arrojaran sobre su techumbre de paja piedras envueltas con algodón ardiendo. María Silva y Manuel García salieron entonces corriendo entre los disparos. Al verlos, el capitán Rojas ordenó que cesase el fuego al tratarse de dos muchachos. Alentados por esto, Francisco García y Manuela Lago intentaron la misma maniobra, muriendo los dos a escasos metros de la entrada.

Tres horas más duró el asedio hasta que el tejado de la choza terminó por ceder, resultando todos sus ocupantes muertos en el incendio en el interior. Rojas se apresuró a enviar un telegrama al director general de seguridad para comunicarle la noticia. Era preciso que los guardias descansasen y se evadieran de la situación tan tensa que acababan de vivir, de modo que durante un par de horas se esparcieron en la taberna del pueblo. Cabe pensar que Rojas tenía claro que no encontraría a los cabecillas de la insurrección en el pueblo, de lo contrario no se comprende que esperase dos horas para practicar las detenciones. Dos horas que los guardias pasaron bebiendo en la taberna del pueblo. Llevaban entonces más de sesenta horas sin dormir cuando Rojas ordenó el registro de todas las casas del pueblo. La orden era detener a cualquiera que estuviese en posesión de un arma. Entre golpes y amenazas, catorce hombres fueron detenidos y sacados de sus casas aduciendo que se trataba tan sólo de una detención para interrogarlos (21). En el pueblo tan sólo quedaban enfermos de tuberculosis y ancianos. Uno de ellos, Antonio Barberán, fue asesinado a la vista de su nieto porque los guardias pensaron que había arengado a los jóvenes del pueblo en contra de los señoritos, fomentando venganzas personales. Los vecinos esperaban en las casas, en silencio y a oscuras, pero con la seguridad de no haber tenido ninguna participación en los sucesos.

Los catorce detenidos fueron conducidos a la choza de Seisdedos, donde Rojas les mostró el cadáver de su compañero muerto. Fernando Lago, afectado al ver el cuerpo de su hija aún entre llamas exclamó: “¡Es mi hija!”. Rojas perdió los nervios y en unos segundos los guardias hicieron varias descargas sobre los detenidos, en presencia del delegado gubernativo. La escena terminó con varios vivas a la República y al capitán Manuel Rojas. Entonces, los guardias se retiraron y las mujeres del pueblo aprovecharon para acercarse a la choza en busca de sus familiares, desconociendo que habían sido fusilados. Allí permanecieron -sin cuidado ninguno, ensangrentando la calle rodeados de perros que lamían sus restos- al menos una hora más antes de que Federico Ortiz Villumbrales, el médico del pueblo, los trasladase al cementerio.

La mañana del día trece varias de las mujeres que quedaban en el pueblo recogieron alimentos para llevárselos a sus familiares que se encontraban ocultos en el campo. Allí, el desconocimiento de lo que sucedía en los pueblos cercanos y en el conjunto de España avivaba rumores como el de que la aviación bombardearía su posición. Movidos por el miedo, el cansancio y la convicción de que el anonimato de Medina y ciudades más grandes, donde apenas serían reconocidos, los salvaría al menos de parte del castigo, marcharon muchos de ellos a pie hacia Medina o Cádiz. Una vez que los insurgentes estuvieron al cabo de la calle de la represión de Casas Viejas comprendieron que no podían volver al pueblo sin que parte de ese drama los alcanzase. El frío y el hambre les hacían también volver a sus pueblos de origen, aún con miedo a lo que pudieran encontrarse.

Podemos concluir que la insurrección estuvo compuesta por jóvenes solteros que escapaban, por lo tanto, de las responsabilidades propias del cabeza de familia. El esquema de actuación del levantamiento respondió a un modelo común a otros: primero, una reunión en asamblea en la que se fijaron los comités que llevarían el peso de la revolución durante las horas siguientes. Así, unos compañeros reclutaron casa por casa a los vecinos y se hicieron cargo de las armas que había en el pueblo. El paso siguiente era proclamar el comunismo libertario en la localidad e intentar que los guardias y las autoridades bien se les uniesen o bien no entorpecieran el desarrollo de los acontecimientos, tratando siempre de que la insurrección se produjese dentro de un orden pacífico y sin venganzas personales. Paralelo a todo este movimiento, otra comisión intentaría cortar las comunicaciones del pueblo: carreteras, teléfono, etc.

La quema del archivo de arbitrios por parte de otro grupo de insurgentes se explica de la siguiente manera: para comenzar, el archivo de arbitrios era el máximo exponente del poder del Estado en Casas Viejas, dado que el resto de documentación estaba consignada en Medina Sidonia, a cuyo término municipal pertenecía Casas Viejas. Por otra parte, el archivo de arbitrios tenía un especial significado para los vecinos de Casas Viejas, dado que los grandes propietarios de Casas Viejas pagaban sus impuestos en la ciudad, de modo que el archivo de arbitrios se convertía para los campesinos en el reflejo de una cruel realidad en la que ellos soportaban el peso de la fiscalidad de la aldea. En realidad, la quema de los archivos forma parte del plan de actuación habitual en estos casos, como destrucción simbólica de la autoridad.

Una vez fracasado el levantamiento, los directamente implicados en los desórdenes y aquellos destacados en la brega sindical o en la conflictividad diaria del pueblo marcharon al monte. Esta escapada pudo ser precipitada, pero de ninguna manera improvisada. Desde hacía décadas los hombres de la comarca habían actuado de la misma manera, huyendo a la Sierra del Cuervo, el Alizoso, el Porretal, Carrizuelo o el Agujón, una zona en la que había cuevas donde podían ocultarse y guarecerse de las inclemencias del tiempo. Por eso no extraña que las mujeres del pueblo se organizasen la mañana del trece para llevarles comida, sin que eso delatase su paradero. Los campesinos permanecieron allí con la intención de resistir unos días ocultos mientras la situación se calmaba, para poder regresar a sus casas o a los pueblos y ciudades cercanas sin sufrir la primera oleada de represión, que sin duda se relajaría los días posteriores al levantamiento. Desde luego, los vecinos de Casas Viejas ni esperaban ni podían esperar una respuesta tan violenta e incontrolada como la que les opusieron las fuerzas del orden. Muestras de esto último serían la relativa tranquilidad con la que los vecinos del pueblo recibieron a los policías, en sus casas, pensando que -al igual que en anteriores ocasiones- nada podría sucederles si no habían participado activamente en el ataque a los guardias. También la presencia de los Seisdedos en el pueblo denota lo inesperado de la represión. Lo que sin duda resulta claro es que no existían precedentes de una lucha como la que se mantuvo en Casas Viejas la noche del doce de enero, en la que veintitrés campesinos resultaron muertos, ocho de ellos quemados, un anciano asesinado en el umbral de la puerta de su casa y catorce fusilados.

A pesar de lo que trastocase el orden una sublevación como la que relatamos, es importante señalar que los protagonistas del levantamiento no dejaron de actuar de acuerdo con sus pautas habituales de comportamiento. Así pues, resulta sintomático que los sindicalistas acudieran a hablar con el alcalde para que él intercediese por ellos ante la guardia civil. Esto carece de todo sentido una vez implantado el nuevo orden con el comunismo libertario, por lo que el alcalde ya no tendría ningún poder en el pueblo. Ninguno más allá que el que le confiriese la confianza de los vecinos. En esta misma línea, los sindicalistas no esperaron al día trece para aprovisionar de víveres a los vecinos. Sin embargo, se negaron a llevarse por su propia mano la mercancía sin pagarla, tanto en una tienda como en la taberna. Lo lógico en un contexto revolucionario sería haberse incautado de cuanto fuese necesario sin esperar a que la comarcal les ofreciese una alternativa al pago al contado de lo que retirasen.

Casas Viejas constituye un episodio más de la trayectoria revolucionaria de la CNT en su periodo insurreccional y también de la lucha de los campesinos gaditanos por una transformación radical de la sociedad. Las circunstancias que envolvieron la represión del levantamiento y la posterior crisis parlamentaria son cuestiones de importancia sin embargo no las hemos abordado aquí puesto que nuestro principal interés era relatar la experiencia revolucionaria de los campesinos de Casas Viejas.

*)Pretendemos aquí hacer una exposición de la insurrección de Casas Viejas ciñéndonos estrictamente a lo sucedido entre los días ocho y trece de enero de 1933 como una experiencia importante en sí misma, sin entrar en el posterior revuelo parlamentario que levantaría su proceso.

1)Son muchas las obras que se han ocupado del episodio de Casas Viejas. Quizás la mejor documentada, utilizando el prisma antropológico, sea la de Jerome Mintz, The Anarchists of Casas Viejas, Chicago, 1982. Otro libro escrito a partir de entrevistas realizadas en los años ochenta es el de Antonio Ramos Espejo, Después de Casas Viejas, Argos Vergara, Barcelona, 1984. Una referencia ineludible para el conocimiento de la situación gaditana en los años treinta es la monografía de José Luis Gutiérrez Molina, Crisis burguesa y unidad obrera. El sindicalismo en Cádiz durante la Segunda República, Madre Tierra, Madrid, 1994. El estudio de Brey y Maurice es uno de los primeros análisis que la historiografía dedicó a Casas Viejas. A pesar de haber sido ya superado, es pieza clave de cualquier trabajo a este respecto (Gerald Brey y Jacques Maurice, Historia y leyenda de Casas Viejas, Zero-ZYX, Bilbao, 1976).

2)Un análisis pormenorizado del movimiento de 8 de enero, a partir del testimonio del delegado de la AIT: Schapiro, Alexander, “Informe sobre la crisis de la CNT”, Estudios de Historia Social, nº 5-6, Madrid, 1978.

3)Existe una monografía con importantes aportaciones al estudio del caso gaditano, José Luis Gutiérrez Molina, La Idea revolucionaria. El anarquismo organizado en Andalucía y Cádiz durante los años treinta, Madre Tierra/Las 7 Entidades, Madrid/Sevilla, 1993.

4)Un artículo muy ilustrativo de la dinámica insurreccional en la España de la dictadura y la Segunda República el de Enric Ucelay da Cal y Susanna Tavera García: “Una revolución dentro de otra: la lógica insurreccional en la política española, 1924-1934”, Ayer, nº 13, año 1994.

5)"Esta revolución no es la nuestra”, CNT, 9-I-1933; Solidaridad Obrera, 12-I-1933. La mañana del ocho de enero Casares se entrevistó con Manuel Azaña para ponerle al corriente de los planes de la CNT y pedirle instrucciones.

6) El Comité Nacional de la CNT había advertido a los diversos comités de defensa que no adelantasen sus acciones. Manuel Rivas, miembro de la FAI y secretario general de la CNT y del Comité de Defensa, trasladó en una circular el seis de enero a todas las regionales cenetistas un mensaje que le llegaba de Cataluña: la huelga revolucionaria comenzaría el día ocho a las ocho de la tarde. Los ferroviarios no se les unirían hasta un día después. La circular fue enviada con la firma de Rivas en calidad de secretario del Comité de Defensa, en lugar de identificar su contenido como una decisión tomada por el entorno de García Oliver, por lo tanto no vinculante. La circular fue mal comprendida desde las diversas regionales, éstas identificaron la firma de Rivas como garantía de que el documento procedía de la secretaría de la CNT. En una carta anterior, fechada el 29 de diciembre, se dejaba clara la situación revolucionaria: todas las regionales deberían levantarse para apoyar el movimiento si una de ellas se lanzaba a la huelga general revolucionaria. El nuevo mensaje permitía escasas dudas: Cataluña se levantaría, por lo tanto todas deberían seguir sus pasos. Fuera o no un error intencionado, la realidad es que la noticia caló en muchos comités que, confundidos, entendían que aquello era una decisión firme tomada por el más alto órgano de la CNT.

7)El ocho de enero un obrero había resultado muerto en un altercado tras un partido de fútbol. A su vez, Cádiz recibía el movimiento revolucionario inmersa en una huelga de campesinos.

8)A finales de diciembre del año 32 el centro obrero de Casas Viejas celebró sus elecciones de representantes. Tras aquellas elecciones José Monroy debería haber dejado la presidencia en manos de Francisco Gutiérrez Rodríguez (Currestaca). La agitación de enero impidió la sucesión.

9)Para el estudio de otros casos podemos consultar el libro de Carlos Gil, La República en la plaza: los sucesos de Arnedo de 1932, Instituto de Estudios Riojanos, Logroño, 2002, o el artículo de Santiago de Pablo, “La CNT y los sucesos revolucionarios de Labastida en diciembre de 1933”, en Kultura, nº 8, 1985.

10) No nos consta que en estas actividades participasen también las mujeres. Ahora bien, una vez comenzada la insurrección, con el cuartel de la guardia civil asediado por varios militantes, María Silva, Manuela Lago y Antonio Cabañas enarbolando la bandera rojinegra del centro obrero se pasearon por el pueblo de manera festiva, animando a los ciudadanos a unirse a la huelga y gritando con entusiasmo que el comunismo libertario había sido proclamado en el pueblo.

11) Los cenetistas no disponían de una radio para informarse sobre el movimiento. Junto al sindicato se encontraba la escuela, donde el maestro, Manuel Sánchez, tenía una. Aquellos días varios eran los sindicalistas que se acercaban por la noche para escuchar las noticias.

112 Muchos de los campesinos lamentaban que el movimiento se hubiera dado precisamente en las fechas en las que, después de meses sin trabajar, podrían conseguir dinero para aguantar los siguientes meses. Una muestra de la situación de paro en la comarca es la presencia de cientos de campesinos en las plazas de los pueblos esperando ser contratados. Sobre las condiciones de vida de los jornaleros gaditanos se puede consultar los artículos de Luis Garrido,
“La configuración de una clase obrera agrícola en la Andalucía contemporánea: los jornaleros”, Historia Social, nº 28, 1997, o Cabral y Cabral, “Las gañanía de la campiña gaditana, 1900-1930. Una contribución al estudio de las condiciones de trabajo de los obreros agrícolas andaluces”, Historia Social, nº 9, invierno 1991. Es importante señalar, en ese sentido, que la nueva legislación republicana había resultado nefasta para los campesinos de Casas Viejas.

13) En ese momento, en Madrid, el director general de seguridad daba sus últimas órdenes al capitán Manuel Rojas Feijespán y al teniente Sancho Álvarez Rubio. Las directrices eran tomar en Atocha un tren nocturno que los llevaría a Jerez. Una vez allí, con noventa hombres a sus órdenes, registrar y clausurar los centros obreros e imponer el orden en la comarca de modo que: “(...) no debía haber ni heridos ni prisioneros”.

14) Precisamente las bajas causadas en el bando del orden explican la brutalidad de la represión de las horas posteriores.

15) Al hacer un estudio sobre una insurrección resulta indispensable fijar un calendario de la misma. En el caso de Casas Viejas este seguimiento se puede hacer con precisión, no obstante es importante recalcar que las distintas versiones varían a veces sustancialmente en este aspecto. Por ello hemos dado estos horarios como válidos a partir del cotejo de distintas versiones. La más plausible de todas es seguramente la de Jerome Mintz. En cualquier caso, resulta interesante hacer un análisis de las distintas versiones, de sus errores y de la posible intencionalidad de los mismos; un trabajo que realizamos ya en la investigación inédita Insurreccionalismo en España durante la II República. Casas Viejas, Arnedo, Labastida y que no reproducimos aquí por cuestiones de espacio.

16) El papel de Seisdedos en la insurrección fue magnificado en los reportajes de Eduardo de Guzmán para La Tierra y Ramón J. Sender para La Libertad. En realidad, la significación del viejo sindicalista en la insurrección debió reducirse a alguna posible intervención en la asamblea. Y al hecho de que fuesen dos de sus hijos algunos de los participantes más activos, protagonistas seguramente del asedio al cuartel. Es importante señalar que la imagen que los dos periodistas se llevaron del anciano estaba muy condicionada por los testimonios que escucharon en Casas Viejas, donde los vecinos trataban de culpar de lo sucedido a los que habían muerto para paliar las consecuencias de la represión.

17) A pesar de haber tomado el control del pueblo, los insurgentes no se incautaron ilícitamente de nada sino que pagaron todo aquello que tomaron tanto de la taberna como de la tienda del pueblo. Se trata de un comportamiento ligado al concepto de “economía moral” extendido en estos grupos y practicado habitualmente en los motines, de tal modo que incluso en situaciones de subversión de la realidad estas acciones no incluían el robo, ni otro tipo de comportamientos entendidos como moralmente negativos. Refieren este episodio: Pedro Romero, “Lo que dejó la monarquía. Casas Viejas”, Luz, 25-I-1933 y Ramón J. Sender, Viaje a la aldea del crimen, Vosa, Madrid, 2000, p. 100.

18) Enric Ucelay Da Cal y Susanna Tavera señalan que la represión en las agitaciones e insurrecciones anteriores no había resultado nunca tan brutal como en Casas Viejas. El no tener nada que perder animaba a los campesinos y obreros a levantarse. A partir de sucesos como los de Castilblanco, Arnedo o Casas Viejas y sobre todo de otro de mayor envergadura, el movimiento de octubre de 1934 en Asturias, el temor a las consecuencias actuó de freno a las ansias de estos colectivos.

19) Existen dos versiones acerca de la muerte de Quijada: la primera, el testimonio de su madre y su viuda, que explican que fue golpeado hasta perder la vida y posteriormente trasladado su cadáver a la choza incendiada. La segunda, que Artal lo utilizó para que parlamentase con los Seisdedos y tratase de convencerlos de que cualquier resistencia sería inútil. En esta segunda versión, Quijada decidiría quedarse con los Seisdedos y resistir a volver con los guardias en unos casos, mientras que en otros moriría asesinado al salir de la choza solo. Eduardo de Guzmán, “El sensacional dictamen de la comisión parlamentaria”, La Tierra, 11-III-1933; Sender, op. cit., p. 114 y Jerome Mintz, op. cit., p. 301.

20) En la choza se encontraban Curro Cruz (Seisdedos, de unos 70 años), sus hijos Perico (39 años) y Paco Cruz (36 años), Josefa Franco, nuera de Seisdedos que había quedado viuda y vivía con el anciano, sus hijos Francisco (18 años) y Manuel García (casi 13 años), el yerno de Seisdedos, Jerónimo Silva, María Silva (hija de María Cruz y Juan Silva) y Manuela Lago (amiga de María Silva).

21) Estos catorce hombres eran: Cristóbal Fernández Expósito, Balbino Fumaquero Montiano, Juan García Benítez, Juan Villanueva Garcés, Fernando Lago Gutiérrez, Juan García Franco, Andrés Montiano Cruz, Juan Silva González, José Utrera Toro, Manuel Benítez Sanchez, Manuel Pinto González, Manuel García Benítez, Rafael Mateo Vela y Juan Galindo González.