Esencia ideológica del Sindicalismo

Miércoles 18 de junio de 2008, por Galo Díez

Un folleto de un secretario nacional de CNT, con mucha garra, incluso hoy.

Para mejor consulta se indica la paginación del texto original.

Galo Díez Esencia ideológica del Sindicalismo

Publicaciones de “El Vidrio”

Gijón Imp. “La Victoria” [Libertad, 53] 1922

CARTA PRÓLOGO

A GALO DÍEZ

Nunca ha sido de mi devoción el papel de censor, y mucho menos cuando se trata de enjuiciar, no ya los actos, sino las “obras” que son resultado de la meditación y del estudio. Considerando yo la propia insignificancia, el minúsculo valer de mi labor intelectual, soy dado a la benevolencia al juzgar las producciones ajenas, y esta propensión de mi temperamento no me acredita, ciertamente, para la tarea que me recomiendas. Otro revisor cualquiera estaría mejor indicado, porque cumpliría más a conciencia la misión de presentar al lector el producto de tu ingenio.

Pero los requerimientos del, compañerismo pueden mucho: ellos, solamente ellos me obligaron a poner mis ojos en tus cuartillas. ¡Y sólo yo sé de sus parpadeos de vacilación, primero; de escrúpulo, después!

¿Qué le digo de su folleto a este bueno de Galo Díez? -me pregunto. Y acordándome súbitamente de que; si [p. 1] no eres baturro, mereces serlo por tu áspera franqueza, por tu ruda sinceridad, por la “bonhomie” campechana y cordial que resuma de todo tu ser como un fuerte perfume inconfundible, la tranquilidad vuelve a mí, y con ella la opinión ya hecha acerca de la obra.

Porque, en rigor, tu folleto es eso, lo que eres tu mismo: una obra de sinceridad, de rudeza, de fe; un producto sencillo, ingenuo, “primitivo” casi -y aun sin casi - de candor revolucionario.

No he pretendido ver en tu producción sutilezas de lenguaje ni profundidades de pensamiento; sé bien que no te propusiste ni calar tan hondo ni remontar tan alto. Por el contrario, me doy perfecta cuenta de qué sólo has querido fustigar la perezosa siesta mental y, espiritual en que viven los cerebros y las almas proletarias, estimulando de paso a la clase obrera al ejercicio, a la vez apasionado y consciente, de la acción de masas que es el sindicalismo, o más propiamente el movimiento sindical.

Y ello está muy bien, aunque pienso que no justifica la composición, impresión .y venta de un folleto.

Tal menester lo sirven adecuadamente el -ambiente caldeado de nuestras asambleas y comicios populares, cuando no la amplia tribuna de nuestro periodismo de batalla. Por eso estimo que, tu modesto propósito se compadece mal con los honores del opúsculo, que, por serlo, ya parece indicar largas vigilias de recogimiento y especulación intelectual.

Acaso hayas considerado que la actualidad doliente, trágica, del sindicalismo español cohonesta suficiente- [p. 2] mente tu empeño. ¡Ni aun como obra de circunstancias! ¡Qué lástima! ¡Con las cosas que hay que decir y que pueden decir los que experimentan, como tú, la necesidad imperiosa de entrar en comunicación con el gran público!

Y es que se entiende mal el apostolado y no se acierta a ejercerlo en sazón. Cada día me persuado más de que nuestros propagandistas viven divorciados del sentido de hacerse cargo y, salvo raras excepciones, ignoran u olvidan los imperativos de la realidad .y las exigencias de los tiempos. ¡Y menos mal si muchos conservan todavía el respeto de sí mismos y el santo temor de no servir siempre con acierto la causa a que se consagraron!

Aquí hago punto, caro Galo. Como temo haber ido demasiado lejos, me entrego a tu nobleza riojana, a la cual ofendería si creyera que se conformaba con un “Imprimatur” de pura fórmula, que sólo puede halagar a los necios. Los que no lo son, deben mayores respetos al lector.

Que él nos juzgue a todos y nos cubra con su perdón.

E. Quintanilla

Gijón, mayo 1922. [ p. 3]

ESENCIA Y MATERIA

La masa sin levadura, habréis oído muchas veces, sería algo soso, insustancial, incompleto, inaprovechable. En la vida real hay muchas cosas y muchas causas, que, si a su parte material no la animara y divinizara una sustancia espiritual, sería algo grosero y repudiable. La vida misma reducida exclusivamente a su parte material, resultaría algo irracional que no merecería la pena de vivirse.

Queremos decir que, toda materia necesita de un algo esencial que lo dé vida, lo anime, lo vivifique, lo embellezca o lo dé forma, encauce y armonice, para que sea más aceptable y aprovechable.

El árbol sin la savia que lo vivifica y fecundiza, sería un leño aprovechable para el fuego o puntales. Las estatuas o los cuadros sin la inteligencia y la habilidad del artista escultor o pintor quedarían reducidos a piedras, colores u otras materias sin expresión, aprovechables para rellenar pared o manchar puertas. El hombre, sin la inteligencia, sería un animal más, y sin la sangre, un pedazo de carne corrompible. La arcilla, la caliza y la arena, parte completamente material que se emplea para la confección del vidrio, sin el carbonato o sulfato que en la cocción lo convierte en masa compacta y manejable y el manganeso que [ p. 9] le da color, serían un montón de escombros para rellenar hoyos. Así las organizaciones obreras, cuya única aspiración, objeto o fin, fuera el de combatir lo que-considerara efectos de su malestar sin atacar a las cansas y tratar de suprimirlas, serían algo parecido al burro de noria que se pasa la vida dando vueltas y siempre está en el mismo sitio.

En las organizaciones obreras cuyos componentes no hayan hecho de su estómago el regulador de todos sus actos, hay, como en todas las cosas de la vida, una parte material y otra esencial, espiritual e ideológica, llámese como mejor plazca. Si sólo desarrolla la material o sea la conquista de reales y la disminución de horas, no pasará nunca de ser una especie de aperitivo o regulador estomacal y una imitadora del burro de noria o caballito del «tío vivo»: es, decir, que, después de varios siglos de lucha tenaz, seguirán siendo sus componentes corno el día que empezaron, una masa de asalariados explotados que apenas si pueden cubrir sus más perentorias necesidades. Y ha de ser así forzosamente; el trabajador es productor y consumidor si no ataca en sus cimientos el injusto derecho de propiedad particular que permite a unos apropiarse del producto de los otros, haciendo imposible la igualdad económica, base de armonía y fraternidad humanas y fuente de la verdadera libertad y justicia, todo real o peseta que consiga como productor, le será arrebatada inmediatamente como consumidor, porque, a mayor coste en la mano de obra, más precio en el producto puesto en venta, resultando cine, al fin de los años, habrán perdido el tiempo en escaramuzas y luchas intestinas para hallarse estancado en el círculo de asalariado explotado.

Todo esto es consecuencia de confundir lo secundario que es el materialismo de los reales más y. las [ p. 10] horas menos, en cuestión esencial, y lo esencial que es abolir la propiedad particular y los privilegios en cuestión secundaria. Para aquello basta con las escaramuzas huelguísticas; para esto, se necesita la tragedia de la revolución y corno esta no es ni puede ser obra de este o el otro gremio, sino de todos los explotados y escarnecidos, los trabajadores podrán agruparse para lo esencial, para la gran obra común para la revolución con todos los trabajadores. Y como ésta nos se hace con “padrenuestros”, cerebros atrofiados ni brazos cruzados, siendo el único medio de liberación posible, forzosamente las organizaciones obreras que de veras aspiren a emanciparse, han de dedicar la mayoría de sus esfuerzos y medios a hacer conciencias y voluntades revolucionarias.

Y lo mismo que digo de la organizaciones, digo de los periódicos, libros, folletos: que no olviden recoger en sus columnas, las más viriles vibraciones ideológicas y espirituales de donde destile lo esencial, o sea la doctrina y la savia revolucionaria que vivifique, y vigorice el ánimo de los sometidos por ignorancia.

Que el altruismo y abnegación sea la norma de todos y cada uno, en estos momentos, para que, dejando a un lado los materialismos realicemos lo esencial: la revolución, único medio de acabar con una esclavitud de tantos siglos. [ p. 11]

ENCAUZACIÓN Y CANALIZACIÓN

Trataba de demostrar en mi capítulo anterior que, materia sin esencia era algo bajo y grosero, rayano en virtud de animales irracionales. Esto lo decía tratando de demostrar que las colectividades obreras, cuya única misión fuera la de cobrar un jornal que les permitiera llenar la tripa o supeditado a ésta lo que debe ser cuestión primordial y fundamental, la de atacar consciente y decididamente los principales fundamentos de la presente desigualdad económica, no pasaban de ser unas sociedades estomacales, en las puertas de cuyos Centros debiera ponerse: «Todo por la tripa y para la tripa.»

Lo mismo, exactamente, podría decirse de sus periódicos, portavoces o profesionales, cuyos literarios guisos obreristas o gremialistas no fuesen adobados y sustanciados con una buena cantidad de salsa ideológica que los hará digeribles. A esos periódicos que del principio al final no hablan de otra cosa que si la reclamación tal, el conflicto cual, este encargado, aquél burgués, etc., etc.: al letrero que debajo del título dice: « Órgano de los obreros a o b », debiera añadírsele: “que el cerebro se les ha bajado al estómago y solo por él y para él piensan».

Seguimos y seguiremos sosteniendo pues que, al materialismo obrero, le es esencialísima la vivicadora savia de un ideal justo y humano, cuyos, fines bien [ p. 13]determinados vayan directamente a dar al traste con las clases y desigualdades que son la causa de las fraticidas luchas en que hoy se debate la humanidad; y mas que nunca, lo es en estos momentos en que el mundo entero sufre los espasmos del coito que, con ríos de sangre, introdujo en sus entrañas el microbio engendrador y germinador de nuevos ideales; en estos momentos en que revuelto el gallinero programista, con sus gritos y alharacas y hasta disfrazándose con nuevos títulos y nombres llamativos, existe un confusionismo lamentable y peligroso.

¿Pueden ni deben irse los trabajadores detrás del primer voceador de programas y menos en estos momentos en que son muchos los charlatanes que se los ofrecen como salvadores y en que, hasta los hay que, fracasados sus viejos específicos, para aparecer
otros, siendo los mismos, han dado vueltas a sus trajes viejos y cambiado algo su tono de voz? No; firmemente, no.
.
De algo han de servirles a los trabajadores veinte siglos de gastar energías y sacrificar vidas al servicio de mitológicas religiones y farsas políticas que sólo les creyeron útiles como limones estrujables. A los hombres debe juzgárseles por sus actos y no por sus palabras: a las ideas más que por la literatura de sus programas, por la esencia, la sustancia y la claridad de sus principios. Haciéndolo así, con ligero análisis les bastará para comprender que, únicamente, pueden y deben aceptar como guía de su marcha hacía la
emancipación, aquella idea cuyos principios le lleven a ella directamente y cuyos medíos y procedimientos de lucha no dejen portillos de entrada a los insinceros, arribistas y ambiciosos sin pizca de ideal y con exceso de egoísmo, buscadores de puestos, ostentaciones y prebendas. Y mejor aún sí tiene probada su calidad revolucionaria. [ p. 14]

¿Bastará haber dado con el ideal y que haya algunos que lo conozcan y comprendan? No.

Así como el río que por falta de seguridad y fortaleza en los muros o laderas que sirven de cauce a sus aguas, tiene escapes y sangrías sueltas que lo debilitan y reducen, así como la caldera de vapor que tiene escapes de vapor no puede mandar la fuerza
eficiente; así como miles y miles de hombres forman un ejército y este ejército una fuerza, por muchos que sean y fuertes que parezcan, sino se encauza debidamente su unidad de acción, si no se encauzan bien por un mismo cauce, sus arrestos, de poco les serviría su valor individual, frente a un enemigo menor pero mejor encauzado, les veréis huir en retirada vergonzosa.

Así, pues, para que las corrientes ideológicas que nos sirven de guía sean fecundas y fértiles, hay que encauzarlas y canalizarlas bien, evitando, saliendo al paso o cortando, todo escape, toda sangría, o todo desliz a su debido tiempo, Ya sea individual o colectivo si no queremos que con ello venga la desmoralización y el decaimiento, precursores del desastre.

Las colectividades pertenecientes a la Confederación Nacional del Trabajo, no teniendo que perder el tiempo buscando un ideal guía, ya lo tienen definido y determinado: el comunismo libertario.

Encaucemos y canalicemos bien nuestras luchas y acciones; encaucemos y canalicemos bien en sus principios la educación y la acción; estemos ojo avizor para atajar inmediatamente cualquier desliz, o escape, tanto individual como colectivo, y entonces veréis como, con el menor desgaste de esfuerzos y energías, sus corrientes probablemente revolucionarias, nos llevan vertiginosamente a desembocar en el bello mar de nuestras aspiraciones. [ p. 15]

EMPECEMOS POR EL PRINCIPIO

Continuando la labor ,que nos hemos propuesto desarrollar, la que según nuestro criterio ha de ser labor primordial que han de emprender los Sindicatos; después de haber afirmado que su conjunto, si de verdad quieren llegar rápida y conscientemente a un final de conquistas positivas y, vigorizadas de una justicia sin capitularizar; si de verdad no quieren malgastar energías y acantonar entusiasmos en ese revoltijo de mezquinas aspiraciones en que hasta hoy quedaron estrangulados sus nobles deseos, ha de encaminarse principalmente a que el materialismo tri[unfe ¿?] pero no absorba ni abogue el esencialismo o, espiritualismo, únicas armas y municiones con que puede ganar la batalla final, pero, especialmente, a saber encauzarlo, canalizándolo y enfocándolo hacia el objetivo principal: esto es en síntesis el resumen de lo tratado de demostrar en los dos capítulos anteriores; vamos a ver ahora, si en éste y, capítulos sucesivos, conseguiremos determinar a grandes rasgos lo que entendemos deben ser medios y objetivo del Sindicalismo revolucionario.

En primer lugar hemos de afirmar que el Sindicalismo, aunque eficaz, valiosísimo y si se quiere indispensable, no pasa de ser un medio para llegar a [ p. 17] un fin anhelado; nunca el fin por sí y ante sí: algo así como el vanguardia obligado, escrutador y apartador de obstáculos, de una columna en marcha forzada hacia la conquista de una posición, clave del triunfo total; es el efecto apropiado a una causa determinante que, cuando la causa haya desaparecido, por ley natural y lógica, se disolverá o concentrará en la idea o principios que le dieron savia, impulso y vida; es el brazo que por dinamismo impulsor ejecuta lo que determina el cerebro.

Sindicalismo, en un sentido material, es el conjunto de Sindicatos agrupados con determinadas orientaciones.

Los Sindicatos son algo así como campos de concentración a donde convergen todos los prisioneros de un injusto régimen de iniquidad social, llegan voluntariamente, pero a la mayoría le atrae, al menos en estos momentos, algo más elevado y práctico que el mísero olorcillo del bazofiesco rancho; les atrae la noble intención de agruparse y crear una fuerza, confabularse, ejercitarse y entrenarse para terminar por romper las cadenas de la irritante desigualdad económica, ligadura que hace imposible la convivencia de una Libertad, Justicia y Fraternidad sin pinturas ni postizos.

Vienen y venimos impulsados o arrastrados por veinte siglos de desengaños, traiciones y descalabros de todos los sistemas religiosos y políticos que les prometieron para explotarles y les explotan por ignorantes; cambiaron muchas veces de nombres, títulos
y sistemas, sin cambiar de situación. Pero estos veinte siglos de desengaños y descalabros, si bien les hicieron perder la confianza en todo aquello, partidos y personas, que no sea producto de su propio esfuerzo, sin embargo, no pudieron servir de purga capaz de deshacer el tremendo empacho de prejuicios, [ p. 18] rutinas y resabias, empelotonada al calor de una nefasta educación elaborada por fanáticos religiosos, aprovechados patrioteros, degenerados moralistas, imbéciles legisladores y parásitos fomentadores de
clases.

Es decir que, así como a los hospitales llegan los individuos con las lacras, úlceras y enfermedades del cuerpo; a los manicomios con los extravíos y debilidades mentales y a los asilos con la miseria retratada en sus facciones y sus trajes, así, a los Sindicatos sin influencias religiosas o politiqueras, llegan en el siglo XX los desposeídos y explotados con- el fatigoso lastre de su miseria moral, espiritual y material que espantaría, si a sus bordes no se viera florecer una buena voluntad.

¿Qué hacer ante tan dolorosa realidad? ¿Meterles inmediatamente en liza y faena? ¿Alargar su miseria para, explotarles con fines particulares como hicieron los otros? Meterles en la línea de fuego con las mismas armas, municiones o procedimientos que usaron en los abandonados partidos o mesnadas de caudillos, o bien sin conocer debidamente el uso y desarrollo de los nuevos? No. Al igual que en los establecimientos antes citados, lo primero que hay que hacer con los que llegan, es despojarles de sus harapos, darles un buen baño y aplicarles un reconstituyente; en una palabra, hacer que parezcan personas y no despojos humanos.

Eso es lo primero que tenemos que hacer nosotros: ir haciendo hombres de los que llegan casi bestias. Empezar por una ducha de educación racional. [ p. 19]

DUCHA DE EDUCACIÓN RACIONAL

«Hay que hacer hombres empezando por obsequiar a los que llegan con una ducha de educación racional», terminamos afirmando en nuestro capítulo anterior.

Indiscutiblemente, la educación es la base fundamental de la armonía, prosperidad y respeto social; pero esta, educación lo mismo puede ser faro luminoso que guíe al individuo hasta la posesión de su título de hombre, que narcótico que lo siga convirtiendo en cosa manejable, materia explotable o pelele sin voluntad propia. .

¿Puede servirnos a nosotros esa sopa o bazofia de educación oficial, condimentada con migas y despojos de la educación de acaparación burocrática, por cocineros hábilmente preparados a capricho y conveniencia de los «amos»? No. De ninguna manera.

Nosotros, ni podemos ni debemos seguir tolerando como educación encauzadora de los nuestros esa que, destilando de una religión tan absurda como tradicional convierte a los individuos en sumisos, pacientes, medrosos, hipócritas, supersticiosos y en todas esas abyecciones y degeneraciones señaladoras del hombre - cosa: que amparándose en el misterio, en lo desconocido e indemostrable: aconsejan arteramente, pacien- [ p. 21] cia, humildad y resignación en el único mundo real y palpable, ofreciendo en cambio prosperidades y goces para otro desconocido e inaceptable. Que quiere hacer hombres buenos, no por convicción, sino por la conveniencia o temor de los premios y castigos que promete o con que amenaza: y, por último que amoldándose a las convencionales circunstancias de todos los momentos y, sistemas, hace bueno no sólo con su complicidad, sino con su colaboración y esfuerzo esta injusta y criminal desigualdad social causa de tantas desventuras, siendo uno de sus fuertes puntales.

Nosotros no podemos ni debemos admitir como buena educación la llamada oficial que, en pugna la mayoría de las veces con la verdad, la razón y la Naturaleza, y en constante promiscuidad con la religión, hace del hombre un autómata sin voluntad,
criterio ni libertad, haciéndole vivir en constante desigualdad e inferioridad, anulándole como individualidad y reduciéndole a materia legislable, explotable y despreciable.

Nosotros no podemos ni debemos seguir admitiendo como aceptable esa enseñanza llamada laica tan cacareada por demócratas y radicales estatistas, porque su diferencia con la anterior no va más allá de suprimir de sus métodos el mejunje religioso, para aumentar las dosis de otro fetichismo más pernicioso: el del culto a la patria, en cuyas aras se sacrifican miles y millones de hombres y pesetas y se fomentan los odios de razas y de pueblos poniendo un valladar a la fraternal armonía universal entre los hombres todos.

Pero nosotros tenemos necesidad de destrozar los sentimientos, desroñar la voluntad y abrir cauces a la razón de los que a impulsos de la riada del desengaño vienen a parar a nuestros cauces, para que [ p. 22] sus tradicionales prejuicios, no neutralicen sus buenos propósitos de renovación.

Todo lo que se haga sin esa previa ducha de educación, resultará un tanto infecundo porque el veneno de las viejas pasiones y del corrompido ambiente, debilitarán y seguirán emponzoñando la armonía colectiva tan indispensable en toda labor transformadora. Sin transformar a los individuos es imposible transformar las costumbres, y los principios.

¿Cuál ha de ser pues la educación que nos sirva para realizar dicha labor? La que huyendo de sectarismos y dogmatismos perniciosos, arrancando de la Naturaleza, y basándose en la ciencia experimental, marche por los senderos de las verdades demostradas a descansar en los dominios de la razón; en una palabra, la que se conoce con el nombre de enseñanza Racionalista.

Es necesario que cada individuo haba de su cerebro un laboratorio donde constantemente analice sus decisiones, iniciativas y actos para no ser eterno comparsa de un segundo. Es necesario que cada individuo obre a impulsos de los dictados de su conciencia y no al conjuro de las monsergas divinas con ofrecimientos de candorosas bienaventuranzas o la amenaza de horribles tormentos en un inventado porvenir. Es necesario que sea bueno por convicción y no por temor o egoísmo: Es necesario en fin, que el individuo tenga solvencia moral y definidora, y cuando sea todo esto, será hombre porque habrá llegado a ser su propio amo, Dios y rey. Esto sólo puede conseguirse en los moldes de una educación racional; porque para empezar, consideramos indispensable una ducha de educación racional. [ p. 23]

MISIÓN DE LA EDUCACIÓN RACIONAL EN LOS SINDICATOS

Reconocido que los individuos vienen a los Sindicatos, más por intención que por convicción, y que llegan cargados de un pernicioso bagaje de prejuicios y pasiones, se impone como labor primordial aligerarles de tan funesta impedimenta trasformando sus
buenas inclinaciones en convicciones conscientes, máxime, teniendo en cuenta que han de desenvolverse en un ambiente vicioso y corrompido, en el cual, es forzoso destaquen su personalidad como precursores de un ideal regenerador y trasformador, y sabido es que, jamás pudo ofrecerse mayor garantía que la de la propia suficiencia y ejemplo. He aquí la misión de la educación racional en los Sindicatos; fundir a los individuos en el crisol de sus verdades naturales y racionales y devolverlos a la colectividad, sino perfectos, que es labor superior a una sola generación, si encariñados en el humano culto a una justicia, fraternidad y amor que arranque más del corazón qué de los labios; y de un vigoroso temple y espíritu revolucionario siempre dispuesto a luchar altruistamente contra las causas, los hombres y los medios que se opongan a su paso. [ p. 25]

Mientras los hombres no conozcan bien sus derechos y deberes, el origen, por qué y para qué, de las cosas, mal pueden cumplirlos o hacerlos respetar.

Por virtud de una serie de circunstancias, entre las que sobresalen, la educación, la tradición, las rancias creencias y. el ambiente, el individuo por regla general, cree que su origen se lo debe a la voluntad o designios de un ser o espíritu invisible con leyes y normas determinadas, él, divorciado de todo principio racional de las causas, incapaces de descifrar el enigma, en horrible duelo con la duda, vegeta aceptando en todo o en -parte ésas antirracionales leyes y normas, y más o menos seguramente, vive y muere viendo su crueldad. La educación racional que no conoce otras leyes y normas que las arrancadas a ese inmenso conjunto llamado Naturaleza, le demostrará que, su origen o ser, es el resultado de una ley natural de procreación, continuidad y transformación, y que su “yo” es su propio dios, y su conciencia su propio juez, la única que con sus organismos regula sus actos fisiológicos, sexuales, sensuales y sociales: y ya tenemos en principio formado el
hombre dios y rey.

Por razón de esas mismas circunstancias y normas divinas, el individuo desconocedor del origen de los elementos y las cosas; aceptando como designios naturales e indiscutibles la ya rancia organización social y sus injustos, inmorales e inhumanos principios, tolera con mayor o menor resignación las miserias y sufrimientos que de su despiadada desigualdad se derivan, limitándose a lo sumo a reclamar los mendrugos necesarios para llenar la tripa. La educación racional le demostrará que, la tierra, como los demás elementos naturales, el aire, el sol, la luz etc., tanto si fueran producto de la voluntad de un dios. (admitiendo la suposición de ese absurdo), como si fueran [ p. 26] el resultado del armonioso conjuntó Naturaleza, ni son, ni pueden ser propiedad exclusiva de unos cuantos, sino del exclusivo uso y servicio de todos, y que por lo tanto, el principio de propiedad particular que hoy, impera no puede ser otra cosa que un robo o expoliación hábilmente legalizados, por, unos cuantos, amparados en la ignorancia de los más; que la tierra con la ayuda de los elementos naturales y el esfuerzo del hombre, contiene, crea y produce más que lo que el hombre necesita para vivir satisfactoriamente en el orden material; que el dinero no pasa de ser un metal, cuyo valor, aparte los usos naturales, es nulo si los hombres no le conceden otro supuesto; que naciendo todos por ley natural, sin más títulos ni honores que el sencillísimo de “un ser más” y con las mismas necesidades de consumidores, forzosamente, por ley de vida y reciprocidad, todos (los útiles) han de ser productores. Y con esto va tenemos en principio formado el hombre, dios, rey y amo.

Por virtud de las dos razones y circunstancias señaladas, el individuo tolera, que, todos los conocimientos y descubrimientos científicos y las diversas enseñanzas que de ellos se derivan sean acaparados por unos cuantos y. que por ellos sean explotados los
inventos y adelantos progresivos en beneficio particular y en perjuicio de la humanidad; consiente y, hasta elige otros hombres, no mejores, sino más astutos, que se encargan de hacer leyes injustas e inhumanas que luego se le imponen, y pudiendo ser relativamente feliz, vive rodeado de miserias, escaseces, vejámenes, odios y rencores de clase, de pueblos de razas y colores. La educación racional, después de haberle demostrado su origen, el por qué y para qué de las cosas y los elementos que le enseñará la ciencia y sus adelantos son hijos y producto del conjunto colectivo y a él se deben, que ningún hombre [ p. 27] debe erigirse, sin ser un tirano, en determinador de las acciones de los demás; y que la miseria, la ignorancia y la esclavitud, como los odios de clases, raza, etc., siendo los efectos de la causa señalada, la mala organización social, en cuanto ésta sea transformada irán desapareciendo grandemente; y entonces la libertad individual no tendrá, otros límites que los que impongan el respecto mutuo, cada uno conocerá bien sus derechos y deberes, libres de irritantes desigualdades, tendrá cubiertas todas sus necesidades físicas y materiales, y habrán desaparecido los odios y rencores para dejar paso a la fraternidad universal, a la libertad amplia y respetuosa, y a un bienestar saludable. Se habrá formado al Hombre; dios, rey y amo consciente de sus derechos y deberes, o lo que es lo mismo, el anarquista revolucionario. [ p. 28]

LA EDUCACIÓN DE LA MUJER

He aquí una labor importantísima que los Sindicatos, los sindicalistas y muchos titulados anarquistas tienen abandonada y que es preciso emprender sin demora si no queremos que con ello perdure un serio obstáculo para la labor revolucionaria y para la
misma revolución.

La mujer, que por los siglos de los siglos ha sido la más esclava entre los esclavos, la mas inferior entre los de abajo; hoy, después de veinte siglos, cuando hemos llegado al de la civilización, sigue siendo la esclava escarnecida y menospreciada por la tradición, los prejuicios de sexos, las costumbres, las leyes y su propio amoldamiento, y por si esto fuera poco, tiene que ser esclava además, salvo raras excepciones, de la, soberbia, egoísmo y tiranía del macho, su compañero.

Hasta hace algunos anos, debido al esfuerzo muscular que los trabajos exigían y al tradicional concepto de su pretendida debilidad, excepción hecha de las campiñas agrícolas, la mujer no pasaba de ser objeto de lujo y exposición, carne de placer y criada del hombre; su misión y dominio no rebasaba los límites del lecho y del hogar. Pero hoy, debido a los adelantos necesarios, a la simplificación que dicha mecánica [ p. 29] ha introducido en toda clase de profesiones y trabajos, a la crudeza de las luchas sociales y a las ambiciones y egoísmo patronal, ¿quién se atrevería a negar que rompiendo sus viejas fronteras no ha invadido sin lucha y hasta con colaboraciones interesadas, dominios de los cuales hasta ahora estuvo alejada? Pero este rompimiento de los viejos moldes, que nosotros no podemos ni debemos combatir aunque señalemos sus defectos, no sólo no ha sido un paso hacia su liberación e independencia, sino un nuevo modismo de agrandar su esclavitud.

El egoísmo y la ambición patronal, viendo en la mujer mayor sumisión, ante la iniciada rebeldía y reclamaciones de los hombres y queriendo matar dos pájaros de un tiro, ahorrarse unas pesetas en jornales y suplantar a los rebeldes, ha abierto sus puertas de
par en par a las mujeres y a niños casi adolescentes. En esta nueva posición, en este nuevo sistema de ser explotada por la mitad del jornal que daban a sus maridos, hijos o hermanos; hoy cesantes, ¿cuántas y cuántas, no sólo dejan su juventud, su salud y, lo que
es peor, su honorabilidad por el soborno, la amenaza o la promesa, por los rincones de las fábricas o tras las vidrieras de los escritorios manchados con la baba lujuriosa del burgués o el señorito?

Por otra parte no conviene olvidar que la mujer compone la mitad del género humano; que es algo tan imprescindible e indispensable como la circulación de la sangre para nuestra existencia; y por último que, aun reducida al papel de compañera, madre
y cuidadora del hogar, no conviene olvidar que tiene una misión sagrada e importantísima a cumplir y de gran influencia en la inclinación de los hombres.

Teniendo una influencia tan importantísima la, mujer en la formación de los sentimientos de los niños: siendo algo tan de todos e indispensable, forzo- [ p. 30] samente habremos de convenir en la urgente necesidad de laborar por su emancipación moral, para que ella a su vez pase a ser, de dique obstaculizador, a colaboradora cariñosa.

No creemos sea atrevida la afirmación de que, pretender liberar a la mitad de la humanidad continuando la otra mitad esclava de los prejuicios, rutinas y desviaciones del pasado, es algo injusto y peligroso.

Y que la mujer es un elemento de grandísima influencia moral y material en el desarrollo y prosperidad de un ideal y en la ejecución de los actos que de ella se derivan, no creemos haya nadie que lo dude, pues bastaría para convencerse el grandísimo interés
que la religión y la iglesia ha puesto y pone en tener hipotecada su voluntad y sus simpatías, y la gran influencia que en ella ejerce todavía el confesionario.

¿Quién algo observador y psicólogo se atrevería a negarnos que en muchísimos casos la mujer viene a ser algo así como un termómetro graduador de la actuación de muchos hombres? ¿Quién podría negarnos que unas lágrimas o caricias de mujer suelen trasformar voluntades indomables y someter decisiones inquebrantables? ¿Quién se atrevería a desmentirnos que la mujer como su predisposición y falso concepto de la vida, en las luchas sociales y reivindicadoras, ha podado muchas enterezas y ha empujado hasta la traición a muchos hombres?

La mujer, salvo muy raras excepciones, ha sido la constante tiradora de la chaqueta del hombre en los momentos de conflicto en que más necesaria era la energía y la decisión. Nosotros la hemos visto constantemente llorando sus escaseces en el rincón de la cocina y plantándose en la puerta para impedir que su marido saliera a la calle a conquistar un mejor medio de vida. También hemos visto a compañeros valientes y decididos que no se asustaron dar la cara [ p. 31] ante los fusiles, doblegarse ante las lágrimas de su mujer.

Y como esto es cierto, los Sindicatos que aspiran a emanciparse y a transformar la sociedad por medio de la revolución, forzosamente habrán de preocuparse de esta cuestión y no cesar hasta conseguir que la mujer, en vez de tirar de la chaqueta al hombre, lo
empuje hacia la revolución: y mejor aún, hasta conquistar sus entusiasmos y colaboración para tan gloriosa empresa. [ p. 32]

LABOR ESTADÍSTICA

Planeada en los artículos anteriores, aunque ello haya sido a grandes rasgos, la que consideramos materia prima, savia y esencia, fuerza impulsora y determinante de todo principio revolucionario consciente, creemos haber dejado ordenados los elementos,
materiales y alimentos más importantes al alcance de nuestra mano, para realizar esa labor que consideramos precursora indispensable de toda revolución transformadora de crear espíritus, templar voluntades y modelar sentimientos; ahora sólo nos resta señalar en pocas líneas lo que consideramos preparación y entrenamiento elemental en el orden material.

Es probable que haya quien se extrañe que hayamos dedicado siete capítulos a lo que podríamos llamar iniciación espiritual y sólo dediquemos unas líneas a la preparación material. Nos explicaremos brevemente.

Las revoluciones pueden producirse de varias formas y obedeciendo a diversas causas. Entre ellas nos concretaremos a dos, por entender que son las únicas que guardan relación con nuestros propósitos. La revolución puede ser consciente, o lo que es lo mismo, producto de la convicción y la razón; o bien puede ser el efecto de una explosión de indignación produ- [ p. 33] cida por el exceso de miseria, tiranía o ambas cosas a la vez, en las que intervienen más el estómago y el instinto que el cerebro. Para la primera es indispensable una prerrevolución de conciencias realizada por la educación; a los alistados en sus filas ni se les soborna ni amolda con ofrecimientos y dádivas, ni se les amedrenta con amenazas y castigos, y cuando consiguen y realizan sus fines, ni se estancan ni se sientan sobre los laureles de su triunfo. Para la segunda, basta con que el hambre, las injusticias o los atropellos, provoquen la explosión violenta del odio e indignación gradualmente reconcentrados; a estos revolucionarios infinidad de veces se les ha aplacado con fingidas promesas, sobornadoras dádivas, o simplemente arrojándoles unos, mendrugos para que aplaquen los mordiscos del estómago y se entretengan en mascar, y si llegan a realizarla, difícilmente se puede esperar de ellos otra cosa que, después de la primera topada, se tumben a hacer la digestión.

La primera es destructora y creadora, destruye para abrirse camino y llegar, y crea para continuar y consolidar. La segunda destruye para saciarse, pero una vez harta, se estanca sin orientación. Nosotros indiscutiblemente, somos partidarios de la primera. ¿Quiere decir esto que, por ello, seamos de los que afirman ser indispensable esperar a hacer la revolución, a que toda la humanidad esté preparada y capacitada para hacerla y consolidarla dignamente; dejando que mientras tanto los desheredados hambrientos y escarnecidos aguanten y esperen? De ninguna manera. Nosotros, a pesar de entender que cuanto más preparados y capacitados estemos para hacer la revolución más pronto fácilmente y exenta de violencias la haremos; sus resultados serán más productivos y más segura y fuerte su consolidación entendemos que, debe aprovecharse cualquier circunstan- [ p. 34] cia favorable, para intentarla y hasta para provocarla; es más, creemos que debe hacerse todos los días un poco de revolución, de entrenamientos colectivos; pero, desde luego, sin que se lleguen a confundir la labor revolucionaria con las algaradas bullangueras ni con ciertas violencias, individuales, y mucho menos, con sistematización de procedimientos de cuyos resultados creo estamos bastante desengañados.

Estos entrenamientos, igual que la manera de orientarlos, entran de lleno en la parte material de la educación revolucionaria y se hallan amplia y claramente determinados en las tácticas y procedimientos que en la cuestión económica aconseja el Sindicalismo Revolucionario, encarnado actualmente en la Confederación del Trabajo de España; huelgas, boicots, label, sabotaje, etc., etc., y que por estar al alcance de los más, no creo necesario detallar y comentar ahora.

Pero, hemos afirmado y demostrado que la revolución es indispensable para la emancipación humana; más aún, que sin ella las reivindicaciones proletarias y humanas, no pasarán de ser algo así como el burro de la noria que, después de dar miles de vueltas,
siempre está en el mismo sitio por ir enganchado del pescuezo por un yugo; sostenido éste, como relación lógica, hemos afirmado también que la labor esencial del Sindicalismo Revolucionario, debe, ir encaminada a encauzar conciencias hacia ese fin y templar espíritus para su realización: pero también hemos afirmado que somos partidarios entusiastas de unos revolucionarios que sean capaces de hacer una revolución y sean capaces de sostenerla. Y como hasta ahora sólo hemos expuesto la manera de crear conciencias que se inclinen hacia la revolución y espíritus capaces de realizarla, para completar nuestra misión nos creemos obligados a exponer lo que a nuestro juicio pue- [ p. 35] de servir de base fundamental para consolidarla, sobre todo, después de las provechosas enseñanzas rusas. Esto vamos a hacerlo en pocas palabras:

Muchas han sido las veces que se ha dicho “que no sólo de pan vive el hombre”: pues bien, en este asunto de la revolución, invirtiendo los términos, conviene no olvidar que sin comer no puede vivir el hombre y que el hambre es su peor enemigo; queremos decir con esto que, si al día siguiente de la revolución, a los numerosos enemigos naturales se añade el desconcierto y el hambre, como resultado de un sensible desconocimiento de la colectiva producción y consumo, importación y exportación, distribución y ordenamiento, resultará que, hasta la mayoría de los que nos ayudaron a realizarla, volverán sus armas contra nosotros por no haber estado preparados para proporcionarles siquiera la mezquindad que disfrutaban el día antes. Con ello no sólo retrasaríamos el momento de
nuestra liberación sino que des prestigiaríamos nuestros principios.

¿Cómo evitar esto? Entendemos que el medio es sencillísimo; activando, practicando y fomentando en los sindicatos lo que se llama labor de estadística, no sólo en el orden local y nacional, sitio en el internacional y mundial. El sindicalismo debe saber cuánto, cómo y donde se produce en el mundo, por lo menos de todas las cosas indispensables a la vida humana; con qué materias y que cantidad de ellas se construye lo que no sea producto natural; con qué medios se cuenta para trasportarlo; qué déficit hay en la producción de una región o nación; qué superávit hay en otras; qué tierras son las más apropiadas para determinados productos, etc., etc. Una vez conocido esto por los sindicatos y bien estudiado por sus componentes, no sólo se podrá contestar a los patronos cuando digan que no pueden acceder a una mejora recla- [ p. 36] mada, sino que no habrá que temer al día siguiente de la revolución que el desconcierto y el hambre nos vuelva las cañas lanzas,

Creemos haber dejado expuesto con bastante claridad lo que consideramos esencia y materia indispensable para hacer una revolución y consolidarla, y terminamos afirmando que si el sindicalismo se encauza por los caminos señalados, no pasarían muchos años sin que diera a luz la revolución más grande y consciente que hubo en el mundo; sino lo hace, que no pida auxilio cuando se asfixie en sus propios materialismos. Los anarquistas, después de darle; cuanto podamos, seguiremos impasibles nuestro camino, sin volver la vista atrás como lo hicimos hasta ahora,

FRUTOS Y BENEFICOS DE LA ENSEÑANZA RACIONALISTA

Descrita a la ligera y a grandes rasgos la misión de la educación racionalista como arma sindical; trazado ya al croquis fundamental de sus resultados, consideramos oportuno no pasar por alto otra serie de frutos y beneficios, tanto de orden moral como material, que de ella puede derivarse.

Es innegable que, a la constitución de los Sindicatos y a la obligada convivencia de los trabajadores en camaderil agrupación, se ha operado en los usos, costumbres e inclinaciones de muchísimos obreros, una transformación saludable; la ignorancia, los vicios, las [ p. 37] pasiones y sobre todo, ese amor propio y hombría mal entendidos de andar a golpes y navajazos entre hermanos de clase, han sufrido un rudo golpe. Un contado número de años de agrupaciones sindicalistas, han curado más lacras sociales, que varios siglos de cristianismo, códigos y leyes.

Todo esto es cierto; pero si hemos de ser sinceros, hemos de confesar que, desagraciadamente, aún queda mucho que hacer. La solvencia moral es uno de los galardones que más orgullosamente puedan ostentar los hombres y muy especialmente han de llevarla como garantía los guerrilleros voluntarios de ideales sinceros, cuya misión es abrirse camino entre la tradición y la ignorancia, marchando por los senderos que, anteriormente, trillaron tantos y tantos traidores y arribistas, dejando tras de sí una estela do recelos, desconfianzas y desengaños. Quien haya convivido algún tiempo en el seno de los sindicatos, indudablemente habrá podido apreciar con especialidad en estos tiempos, mucha voluntad, entusiasmos y abnegación; brillante hoja de servicios como trabajador sindicado, pero deficiente como hombre y como pensador, y no se diga que los actos realizados fuera de los márgenes del Sindicato son vida privada, no, eso podrá ser disculpa, pero los que procuran de algo más, los convencidos de que la transformación social no puede llegar ni llegará con pagar bien la cuota y cumplir otros acuerdos rudimentarios de las asambleas: en una palabra, los que se llamen libertarios o sindicalistas conscientes, esos ni tienen, ni pueden, ni deben tener vicia privada que es parapeto de hipócritas, amorales o degenerados.

No se puede predicar fraternidad y luego ser un quisquilloso, vengativo, criticón, camorrista, difamador o envidioso. No se puede presumir de amante de la libertad y de luchador por la emancipación, y lue- [ p. 38] go ser un intransigente y amigo de imponerse en sus tertulias, reuniones y relaciones sociales, y en el hogar, con su compañera e hijos, un tirano e inquisidor, cuando no un miserable explotador. No se puede blasonar de consciente, capacitado y regenerador y ser un inmoral, jugador, vicioso, degenerado y alcohólico; y de esto, especialmente de esto último, aún queda por desgracia bastante en las filas de los blasonadores de revolucionarios y regeneradores modernos, y lo que es peor, entre los anotados como propagandistas de la tribuna, la prensa, etc., de la buena nueva. Y como entendemos que hay que predicar, hacer adeptos, e inspirar confianza a fuerza de buen ejemplo y solvencia moral en todos los órdenes, he aquí cuan beneficiosas serían nuestras clases nocturnas para mayores en los Sindicatos.

A los árboles se les doma y guía con la mano del hombre cuando son jóvenes; lo mismo puede hacerse cogiendo a los niños de los trabajadores educándolos en escuelas nuestras y a nuestro modo. Hay que arrancarles, si en algo se les aprecia y nos apreciamos, de esas escuelas donde, después de atiborrarles el cerebro de mentiras, absurdos y fantasías, el Estado, la burocracia, la clerigacia y la burguesía, los doman y moldean a su antojo: donde se fabrica toda esa carnaza de lamerones, alcahuetes. guardias, policías, carceleros, frailes esquiroles. Hay que evitar por egoísmo, amor propio y dignidad, el que la burguesía, por ignorancia o falsa educacion, se aprovisione en nuestras propias filas de toda clase de lacayos, esbirros, amparadores y defensores que, por un mísero jornal, por unos mendrugos, fusil en mano, y con exposición de su propia vida, defienden tirando contra sus hermanos, al tirano usurpador de sus propios intereses.

Por ignorancia o falsa educación se están cometiendo en la humanidad actos tan absurdos, que serán [ p. 39] el asombro de las generaciones venideras. Por ignorancia o falsa educación, el desheredado construyó palacios para habitar cuevas o buhardillas; hace universidades para no disponer de una buena escuela; produce ricos manjares y elabora hermosas telas, para comer despojos o migajas y vestir harapos o percalinas; edifica cárceles, asilos y hospitales que sólo a él, al rey de- la producción quedan preso o viejo y maltrecho cualquier piltrafa despreciable. Empuña el fusil y marcha sin protesta a que le maten o a matar a hombres, esclavos como él, sin saber porqué, como ni para qué, y, sin embargo, se descubre zalamero delante de quien le explota y le escarnece.

Todo esto y mucho más hacen miles y miles de obreros por ignorancia y falsa educación. ¿Puede negarse los frutos y beneficios que la educación racionalista reportaría al sindicalismo revolucionario con su poder destructor de errores y mentiras?