Atentados y práctica anarquista

Martes 29 de septiembre de 2009, por Kropotkine

Atentados y práctica anarquista

En nuestra literatura se ha señalado a menudo que los actos individuales o colectivos de protesta -calificados como terroristas- se realizan inevitablemente contra la actual organización social. En períodos no revolucionarios, suelen indicar una toma de conciencia social y elevan el deseo de independencia de las masas. Aportan un ejemplo de heroísmo individual al servicio de la causa social despertando a la mayoría de la gente indiferente. Al mismo tiempo socavan la fe en el poder de los opresores en política y en economía. Ya en épocas revolucionarias forman parte de una situación general y no son sólo obra de individuos dotados de un heroísmo excepcional, que responden a la opresión mediante la resistencia armada. Tampoco en ese momento han de ser realizados necesariamente por revolucionarios, que aprueban tales actos. Pero sin dejar de reconocer esta situación general, no hay que olvidar sin embargo que el sentido de todo acto terrorista se mide por sus resultados y por las impresiones que produce.

Esta observación puede servir de criterio para distinguir los actos que ayudan a la revolución y los que resultan ser una pérdida inútil de fuerza y de vidas humanas. La primera condición, de importancia vital, consiste en que los actos de un terrorista sean comprensibles para todos, sin largas explicaciones ni un complicado motivo. En cada localidad hay individuos tan conocidos por sus acciones (no importa si en todo el país o entre los vecinos de una comarca) que cualquier anuncio de un atentado contra ellos, de una manera inmediata y sin que sea necesario el apoyo de la propaganda revolucionaria, revela su pasado y el acto terrorista aparece con absoluta claridad. Si para comprender un acto el hombre de la calle, que no es militante, se tiene que romper la cabeza, la influencia de ese acto resulta nula o incluso negativa. El acto de protesta se convierte entonces para las masas en un crimen incomprensible.

Consideramos que la acción por el terror en política y en economía, ya sea centralizada o “espontánea”, es completamente artificial. Luchamos igualmente en contra de la opresión económica y política, la opresión del estado centralista y de los poderes locales.

En el problema del terror hay otro aspecto: el de la organización. Pensamos que el acto terrorista es el resultado de la decisión de individuos aislados o de círculos que les ayudan. Por eso el terror centralizado, en el que un individuo ejecuta las decisiones de los demás, va en contra de nuestros principios. Así como nos parece imposible alejar a los camaradas de los actos revolucionarios en nombre de la disciplina de partido, tampoco nos parece posible invitarlos a que brinden su vida por actos que ellos mismos no hayan decidido y pensado.

La principal diferencia sobre la cuestión del terror entre nosotros y los partidos políticos consiste en que no pensamos en absoluto que el terror puede servir como medio para cambiar el orden actual. En cambio lo consideramos como una manifestación completamente natural de la consciencia indignada y como un acto de autodefensa que precisamente por eso tiene un sentido de agitación, permitiendo el desarrollo del sentimiento de indignación en el pueblo.

Kropotkin (Kropotkin Acerca de los actos de protesta individual y colectiva, resolución adoptada en el Congreso anarcocomunista de octubre de 1906 en Londres; reproducida en Russkaya Revoliutsia Anarjizm, pp. 8-9, Londres 1907)