Díez Torre Alejandro R. Trabajan para la eternidad (Colectividades de trabajo y ayuda mutua durante la Guerra Civil en Aragón)

Sábado 16 de enero de 2010, por frank

Díez Torre Alejandro R. Trabajan para la eternidad (Colectividades de trabajo y ayuda mutua durante la Guerra Civil en Aragón), Madrid/Zaragoza, La Malatesta Editorial, Prensas Universitarias de Zaragoza, 2009, 539 pp.

La erudición y el rigor universitarios al servicio de la militancia. De ahí dos editoriales en los dos planos y la parte importante dedicada por el autor a los 62 documentos (301 pág., 214 pág. para su propio análisis), que abarcan todo el periodo y los problemas planteados y el último de 34 páginas sobre “perfiles de figuras colectivistas”. La muy rica iconografía tiene el alarde de corresponder casi siempre al lugar geográfico evocado.

El título (sacado de un reportaje del socialista Alardo Prats) no sólo es impactante, refleja la realidad de deshacer desde ya las bases del capitalismo con un trabajo solidario, que sedujo a no pocos pequeños propietarios campesinos ya adheridos al sindicalismo de CNT y de UGT y a otros que entraron en la creatividad reconstructora. Como cualquier realización horizontal de hoy por hoy, se aúnan para hundirla los buitres de la derecha y de la izquierda, en nombre de sus planes inmejorables para la sociedad (de hecho para sus propios beneficios). En el caso de Aragón, lo sintetizaron jubilados de Fraga en febrero de 1937 (que se beneficiaban de la recién creada Casa de los Ancianos) “ellos opinaban que todo se perdería un día, sea por el triunfo de los fascistas, sea por el del gobierno republicano” (p. 277); lo que no llegaron a prever fue que buena parte era obra de la alianza del partido comunista con los núcleos caciquiles tradicionales, consolidada por la intervención armada de las divisiones 11 (Líster) y 30 para desbaratar la autogestión en la base.

Desde que el hombre nace hasta que se muere, la Colectividad le protege, cuida de sus derechos y de sus deberes, que por sí mismos fija democráticamente en las asambleas. [...] Graus es un lugar de peregrinación para los trabajadores aragoneses y una escuela de reconstrucción económica y moral de nuestra patria.” (Reportaje del Ulises Monferrer en el periódico socialista Adelante, julio de 1937, pp. 421-423). “En un taller, un grupo de compañeros de la Colectividad [de Monzón, Huesca] fabricaban botellas incendiarias de diversos calibres para los aviones y los asaltos de las posiciones enemigas. Cuando Madrid pasaba por los momentos más apurados y pedía comida, esta [Federación] Comarcal de Colectividades envió un tren cargado de artículos de primera necesidad, gratuitamente.” (p. 524).

Es impactante ver cómo algunos socialistas del periodo 1936-1939 intuían perfectamente el valor de la reconstrucción económica y social dada por los trabajadores desde la base. Una acción para nada encerrada en el egoísmo, como fue el caso para la colectividad de Monzón y de centenas más en la España revolucionaria.

La obra de Alejandro Díez Torre restituye la riqueza polifacética de la autogestión aragonesa.

Por ejemplo, la preparación con “ un plan de higienización de viviendas y urbanización y estética de las vías públicas en los pueblos, aldeas y ciudades campesinas, así como también [para] el plan de construcción y reconstrucción de riegos, acequias, canales, carreteras vecinales, que favorezcan, por un lado, la producción campesina y, por otro, la comunicación con los grandes centros industriales, principales consumidores de los productos del campo, facilitando con esta colocación en el mercado de todas las materias primas derivadas de la tierra.” (Conferencia Agraria de Sindicatos de la CNT en Zaragoza, 4 de abril de 1936, pp. 227-228). Es la tradición anarcosindicalista con el enfoque de Kropotkin y el pensamiento de Joaquín Costa de honda renovación socioeconómica, por ejemplo, la magnífica frase “Proteged el árbol, como él os protege, y sirve a vosotros, y ayudadle a crecer y a multiplicarse” (p. 229), inmediatamente comprensible hoy para cualquier miembro de los pueblos originarios latinoamericanos y fuente de una ecología proletaria ya presente entre libertarios (Reclus).

Como lo evidenció Gastón Leval en enero de 1937 “es el campo quien desmintiendo la teoría marxista del industrialismo y de la mayor conciencia social del proletariado industrial, señala el camino y realiza la labor más honda.” (p. 483). Con la acotación de que la autogestión en la España revolucionaria demostró una enorme entrega de todos los trabajadores, sea cual sea su oficio, y a veces su origen de clase, con la adhesión de ingenieros, pequeños propietarios, el notario de Alcorisa, etc.

Una gran aportación del libro es la profunda osmosis entre CNT y UGT para crear el movimiento de colectivización y de solidaridad revolucionaria, como se ve en el acta de la asamblea del 21 de septiembre de 1936 en Albalate Luchador (antes y hoy Albalate del Arzobispo). “El camarada Chalet [UGT] pide la palabra y dice que hay que ir a la colectivización de todo lo incautado, pero sólo de aquellas tierras que los ricos se trabajaban en sus casas, [para] así el pueblo verá que los de la colectividad están bien y los otros no están como ellos, y así poco a poco entrarán en esta colectividad.” (p. 298). Y la misma unión destaca para protestar contra la intervención y los desmanes de los destacamentos militares del partido comunista. En Andorra, Teruel, “Lo primero que hicieron fue llamar al Comité compuesto por CNT y UGT a la comandancia, retenerlos algunas horas, y mientras atropellar a campesinos tranquilos [...] No iremos a descifrar todos los atropellos que en esta localidad hicieron la tan renombrada 30 División, porque necesitaríamos una resma de papel [...]” (pp. 443-444, documento firmado por UGT y CNT).

Múltiples otros aspectos se deberían señalar -el temple y la profundidad en la militancia, el papel de las mujeres, de las asambleas-, de este libro riquísimo.

Frank Mintz